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Natalia Sosa Ayala

Textos escogidos

 

Hipocresía

A Pedro Perdomo Acedo

No soy la que camina con la risa en la boca,
ni la que va de paso con la mano extendida.
No soy la compasiva, ni la triste y callada:
soy la que lleva en sí la hipocresía.

No os canséis de mirarme con la mirada abierta,
cual lobos al acecho de mi temor oculto.
Yo soy la hiedra extraña que trepa en una risa
y llora en la raíz, bajo la tierra roja.

Yo soy la piedra dura donde la mar se agota,
la fusta que no tiembla, la espuela congelada:
mi semblanza presento sin dolor y sin sombra.

Miradme, conocedme, sabedme de esta forma
terrible que no oculto.
Mañana seré otra de la que ahora escribe.
Su presencia está cerca:
ceñida a mi cintura
trepará
locamente
hasta mi boca.

Del libro Cuando es sombra la tarde, 1999. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018).

 

Mi primer poema

A mi padre, 1957.

¿Por qué fundiste, Señor, alma en mi cuerpo?
Pudiste ahorrar de tu pasión dolores,
si en vez de alma, me hubieses dado forma
de otro ser inconsciente.

En mí, siempre doliente tus llantos y clamores,
en mí, siempre tus ojos penosos y severos,
siempre unida tu pena a mi pecado.

¿Por qué, Señor, por qué me diste alma?
¿Por qué no me dejaste en barro convertida?

Hubiera sido hermoso ser senda o ser camino,
tener forma de árbol o ser rosa,
no ser de tu dolor el centro, mi destino.

Del libro Muchacha sin nombre y otros poemas, 1980. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018).

 

Muchacha sin nombre

No me llamo Natalia.
Jamás nací.
O si nací fue muerta.
El sol extendía sus primeros rayos
por una madrugada fatídica de marzo.
Mas no era yo la que su luz bebía.
Yo no existí jamás.
A lo sumo fui venas, manos, sangre,
un corazón pequeño y precintado
pero no fui jamás destinada a ser alguien.
Mi nombre, yo, Natalia,
estará inscrito en un papel cualquiera,
en labios que no saben lo que hablan,
en tardes remotísimas y ausentes,
acaso,
en el tiernísimo corazón de alguien.
Mas yo, yo no soy yo.
No soy Natalia.

Del libro Muchacha sin nombre y otros poemas, 1980. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018).

 

La extranjera

Como vapor de lluvia en el asfalto,
cada paso que emprendo se hace nube.
Soy la extranjera inquieta
que por la calle huye
en busca del hotel del que ha extraviado
nominación y número,
con el miedo brotando de los labios
y aterrados los ojos por lo cierto
de saberse en el exilio sola.

Mi nombre sólo es bruma entristecida
y nadie lo pronuncia, por extraño;
ni siquiera otro amor lo ha cobijado
en la terrible hora de tu olvido.
Extranjera en las noches que me aman,
e igual que gime el aire enfurecido
—oh, tus manos levísimas que el viento me arrebata—,
si otro aliento me siega la garganta,
mi nombre y tu distancia se estremecen
desde el dolor del alma.

En cada paso, en la pasión del sexo,
en el éxtasis de Dios, en la mañana clara;
en la ira inútil e infecunda
con que me enfrento a mi morir constante,
extranjera, extranjera y extraña
me definen,
extranjera y extraña me comporto.
¡Para siempre exiliada en el país del hombre!
Para siempre la sed de tu voz ida
que susurre a mi pena: compatriota.

Del libro Muchacha sin nombre y otros poemas, 1980. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018).

 

Frente a la isla

Mirad a esa mujer, dicen algunos,
callada frente al mar cada mañana.
Es una pobre loca soñadora,
una pobre mujer que desde siempre
soñó con ser gaviota y tener alas.
Mirad con qué insistencia se detiene
a contemplar la Isla, allá lejana.
¡Qué distante de su razón la nuestra!

Miradme, sí, miradme.
A juicios de los hombres ya no temo.
Helados juicios
que con desdén quisieron
congelar las hogueras de mi pecho.
No los oigo. Soy una pobre loca,
mas, al fin,
mis oídos cerré a las voces vanas.

Sólo la tristeza del mar es lo que escucho.
Oíd…
Cada mañana me acerco a recoger
de alguna de sus huellas
los restos destrozados.
Yo sé que habrá pisado alguna orilla
y aguardo el milagro de ese instante.

¿Llamáis a esto locura?
Seguid vosotros, pues, con la cordura:
si loca me creéis, no me hacéis daño.

Del libro Autorretrato, 1981. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018).

 

Indiferencia

A Manuel González Sosa

Ya no quiero ser la mujer triste,
me cansé del cantar de la tristeza,
de sepultar los años que me viven,
de, invariable, vestir de color negro.
No pediré perdón si me hacen daño
ni nunca ya será la compasión
mi eterna compañera.

Si marzo me creó, ¡era la primavera!
¿Por qué voy a ser yo quien me retorne a otoño
soñando que soy ave, o árbol, o sendero?
Quiero a los ojos mirarme abiertamente,
ver el gris de mi pelo y alegrarme,
caminar por las calles y escucharme
vibrar de amores llena.
¡Ya nadie dejaré que reconozca
que tengo un corazón tan vulnerable!

Indiferente y plena, ausente del dolor,
distante de lo bello, soberbia de ambición,
devolveré el amor al desamor supremo.
¿Que la luz me hará falta mientras tanto?
¿Que no podré vivir sin voz ajena?
¿Que volverá el recuerdo alguna tarde?
¿Que lloraré, tal vez, la misma pena?
¡Qué importa! Afilaré mis garfios
y alertaré mis dedos. Y, si alguien,
de nuevo, me suplica: extiéndeme la mano,
compañera, aclárame la sombra,
se volverá mi rostro indiferente,
indiferente y nuevo.

Del libro Autorretrato, 1981. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018).

 

Diciembre

Hoy llegas a mi puerta y me miras los ojos,
indagas en el fondo de mi pupila herida
buscando no sé qué de dejados despojos
o desastrosas huellas que olvidaron tu huida.

Me miras largamente. En silencio,
se han plegado tus labios misteriosos,
tus labios obstinados de color de ceniza.

No parecen las mismas al tocarme tus manos,
cuando apresaban locas el candor de la tierra;
tienen el abandono de armoniosa nostalgia
y mudez de diciembre, su hielo amargo y triste.

Para engañar mi angustia,
azul sandalia calzas de tenue primavera
y avientas brisas tiernas en mis desencantos.

¡Tantos besos diciembres!
¡Tantos pálidos besos como adioses del mundo!

Diciembre fue la sombra de aquel nombre presente
entibiado en auroras por tus lejanas manos.

Nuestros labios radiantes fueron solo diciembres
y llevaban el estigma de lo impúdico y torpe.

Me resisto a creerlo:
¡Nuestros labios tenían incendiados celestes,
labios con la suprema inocencia de los dioses!

Del libro Diciembre, 1992. (Incluido en el libro Soy éxodo y llegada. Torremozas, Madrid, 2021).

 

Presentimiento

A Pino Ojeda

No entiendo por qué,
a veces,
cuando es sombra la tarde y confusa es la luz,
surge un pensamiento constante de mi mundo,
no sé por qué lo gris,
el frío y lo indeciso,
se apoderan, terribles, de mi sueño más puro,
y lo vuelven atroz.
Acosada por ellos, elementos malditos,
el espanto es agua que refleja el terror,
el sentimiento previo de mi fin
–presentimiento de que él llegará
en la soledad de la pequeña casa–,
frente al mar,
casi sin dios,
como siempre
he vivido,
palpando ávidamente lo que veo.

Quiero dejar escrita
una palabra dulce,
colgar en la ventana un retal blanco.
Pero alguien
me encontrará
dormida,
con el nombre de Nada
al borde de mis labios.

Sí, así pudiera ser.
Así lo he presentido
y nada más deseo para la ida:
dos apasionados instantes tal vez, una caricia,
mi libertad terrena,
y un rosal
hundido
en el hambriento secano de mi huerto.

Sí, ha de ser así.
¿No ven que yo deseo
mi solitario goce,
hacerme mía, al fin,
únicamente?

Presiento que el hado, que vive de mi sangre,
conmigo irá camino del silencio.
Lo dejo reafirmado en estos versos:
moriré
junto al mar
con el adiós anónimo del viento.

Del libro Cuando es sombra la tarde, (Poemas 1996-1997), 1999. (Incluido en el libro Soy éxodo y llegada. Torremozas, Madrid, 2021).

 

El verso, sí fue mi patria

El verso sí fue mi patria
en la agonía sin nombre del exilio.
Fue solaz y compañero muchas tardes
de aquella embriaguez de vino que hoy recuerdo.
El verso fue mi techo y mi quimera:
como línea ascendente en el declive,
el verso me ofrendó su primavera
de palabras,
de rosas y de olvidos.
Fue mi patria el verso enamorado de las noches,
y de mi alma crecían y crecían
los habitantes de la tierra nueva.
En él me refugié cuando el destino
me fue empujando por un desfiladero
de desamor,
de angustia y soledades.
Y él me cobijó en los desengaños.
Por él, que me nutrió con la esperanza,
ajena entre colores, vi la vida.
Él me dio su lenguaje y su medida
y,
en su honda largura
¡qué poca cosa, para mí, era la pena!,
hallando fui la patria que perdía.
El verso, sí fue un compañero fiel para la intensa espera de la vida.
Si agredida yo fui por las fronteras,
si, sobre todo,
en el amor desconocida,
mi verso fue muralla y fue mi escudo.
Y, si al exilio las fuerzas me empujaron,
mi verso estaba allí,
también, tendido.

Del libro Los poemas de una mujer apátrida, 2003. (Incluido en el libro Soy éxodo y llegada. Torremozas, Madrid, 2021).

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