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Félix Casanova de Ayala

Textos escogidos

DEL LIBRO EL INVERNADERO

EL INVERNADERO

1

Hiedra ya aurora,
muerta de frío en las oscuras galerías
y en el fleco de una noche
atrapada, fresca en la piedra
del color de la carne, encendida,
casi aire. En la gruta gime
la lluvia, no profunda y al mismo tiempo
helecho y coral,
boca y pasto,
yerba rojiza al olor
de mis pasos.

2

El invernadero apagado, las
flores palpitan con los ojos abiertos,
vestiglos morados en la sangre frondosa
del cementerio. Los ceremoniosos
pájaros cuelgan de las torres, sus
trinos son tiernas navajas, espejos
esféricos, lagos donde las lluvias paren
mohosos sueños,
los mármoles tiritan, en
el reloj longilabros detienen la hora
que está por llegar, risa de hienas,
el incienso enrojece
las madrigueras.

 

EL ZARZAL

3

(El cielo de las lluvias)

Oídme, hijos de yubartas de tierra,
con el callista a mis pies
arrancándome la costra de sol,
los gálbulos en las ánforas y
las flores de ataúd.
Soy un cuerpo de papel,
dormido en el arcón junto a
huesos de mariposa, gilbas camisas
de las Antillas. Deszúmame,
dócil miruello,
tocante y menudo.
El aire me golpea
con morro de delfín,
por eso os digo:
no busquéis mi dolor en las auroras,
escudriñadlo en los hilos de mi
osamenta.

Vejedad, ven,
repta por mi piel, me esperan
ángeles de microscopio,
adolescentes de tres senos
columpiándose.
Reflectante destello, vuelves a rozar
mi labio,
¿Qué hay en mi final?
Serás rumiaco de fondo de pozo.

Gorgojo rojizo
derrama su estómago sobre
los mazarís de plomo
con ruido de aguamarina, tragado por la
música… El pastor enmudece,
los niños piden guindas.
De nuevo los alfileres líquidos
hieren los campos,
los resucita con traje de cola.

Desentierra el corazón,
cesa la luz.

 

DEL LIBRO LA MEMORIA OLVIDADA

Si nos destrozamos en una pesadilla
que no tenga ni pies ni cabeza
y con el corazón dando tumbos sobre las
piedras
me obligas a llorar por ti,
a recoger las vísceras que dejas por el camino,
es entonces cuando me echo a dormir
a tomarte en algún sueño,
pero surge otra pesadilla
que tiene pies y cabeza,
algo así como la vida,
y es ahí donde acabas
de destrozarme.

 

SÍNDROME N.º7

Nada vale una vida
excepto otra vida,
así la luz de los ojos de madre
guiará mi balsa
serena y abismal.

 

DE UNA MALETA LLENA DE HOJAS, EN LA MEMORIA OLVIDADA

(A Jesús Cabrera Vidal)

De más allá del mar
vienes a contarme tu derrota
y esperas que yo te arrulle
y te preste un poco de viento.
Hoy, día de la carne abierta,
con tu olor a subterráneo
y tu pálida huella en las cosas,
amigo, urge saltar del tren
y dejar un disfraz vacío
velando el asiento:
así verás que tú eres el túnel
por donde los demás corremos.
(3/74)

 

A veces, cuando la noche me aprisiona,
suelo sentarme frente a una cabina
telefónica
y contemplo las bocas que hablan
para lejanos oídos.
Y cuando el hielo de la soledad
me ha desvenado, los barrenderos moros
canturrean tristemente
y las estrellas ocupan su lugar,
yo acaricio el teléfono
y le susurro sin usar monedas.

 

DE AGUA NEGRA, EN LA MEMORIA OLVIDADA

PROVERBIO YANKEE

Las fotografías
de hermosos jóvenes muertos
son casi siempre
el más perfecto
de los recuerdos
(14-5-75)

 

HABITACIÓN 128

Al final del invierno
te hablé tan rápido
como una armónica de boogie woogie,
y en cuarto oscuro como un sueño
vi moverse tus asustadizos pezones
como peces fuera del agua.
Y te juro por el fantasma de Hendrix
que oí la trompeta de ataque
del Séptimo de Caballería
y un grito siux
que te cruzó el sexo.
(17-4-75)

 

ERES UN BUEN MOMENTO PARA MORIRME

a María José

Amaneciendo y anocheciendo
a un mismo tiempo,
cariño, ¿no es ésta la forma
en que te gustaría vivir?
En mi cabeza hay un álbum
de fotos amarillentas
y lo voy completando con mis ojos,
con los más leves ruidos,
atrapando olores en el aire
y en cada sueño que sueño.
¿Sabes una cosa, pequeña?
La última página de mi álbum
tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,
un disco de rock’n’roll
y calcetines de colores.
Mis ojos han sido rápidos,
te he hecho el amor con la ropa puesta
a través de una
larga pajita dorada
mientras cruzabas la calle
con el cabello ardiendo.
Pero ahora son tus pies
quienes dan mis pasos,
¡así que no te equivoques
pues me caería!
Te bebo en cada vaso de agua
que sacia mi sed,
mis palabras son claras como niños pequeños
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar
un nuevo idioma
para conversar con tus tiernos maullidos
eléctricos
y los gritos de euforia
de la gente que vive en tu cabeza.
Debes saber que a veces
soy como un entierro interminable,
siempre triste y azul
subiendo y bajando
por la misma calle.
Pero otras veces soy un río de risa
corriéndome por toda la ribera,
haciendo el amor a la mar,
una felicidad contagiosa,
un revólver de amor, nena,
y voy a disparar justo a tu corazón
¡bang, bang!
¿te di?
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,
montaña de aguardiente
y tarde rojiza.
Eres un buen momento para morirme.
14 diciembre 1975

 

DEL LIBRO EL DON DE VORACE

Texto que se encuentra en la contraportada de la primera edición

Estas son algunas de las cosas que viví, soñé e imaginé durante cuarenta días del verano del 74, y no estarían en sus manos si no fuera por eso que llamamos «literatura». El resultado del juego no tengo la menor idea de cuál es. En cierto modo puede que sean las aventuras de un extraño individuo que no dudo que sea un trozo de mí. Ahora, sólo unos meses después de la gestación, no recuerdo exactamente los motivos que me impulsaron a escribir estos folios y no ratifico algunas de las ideas que quizás expresé. Lo que sí recuerdo es que intenté aniquilar a cualquier bicho viviente, mito, institución o moralidad que cayese en mis manos. Yo, que creo que no creo en las palabras y, sin embargo, me divierto con ellas, que creo en la incomunicación pero intento comunicarme, no podría hacer algo con lo que siempre estuviera de acuerdo, y, naturalmente, no esto no es una excepción. Aquí hablo, llevándolo todo a un caso extremo de las situaciones ridículas, el no poder fingir ya más, el hazmerreír de la justicia humana y divina, el amor a los pequeños detalles, los ritos íntimos, las revoluciones de cada día, la cama y el altar, las sensaciones solitarias que tu vecino nunca conocerá, los fantasmas que cada cual arrastra y tal vez lo más importante: cuando las ilusiones que nos sostienen se derrumban como en una mala noche de Reyes, cuando esa maravillosa meta no es más que un estercolero y tampoco quieres mirar atrás.

Esta es una «nota» entre tantas «notas» que podría haber escrito sobre una «novela» entre tantas «novelas» que podría haber escrito acerca de uno de mis tantos «yo». De todas formas tampoco estaré de acuerdo con esto dentro de cierto tiempo, ¡pero qué le vamos a hacer!… Yo soy mi propio abuelo viendo mi infancia jugar

Enero 75

 

17

Estoy soñando literalmente: Desde hace siglos mi cuerpo trabaja sin descanso en el fondo de una mina. Abro la tierra con un hacha y los más raros minerales saltan como géiseres hasta cegar mis ojos. El zafiro estrellado paladea el aguamarina, el viento retumba con furia descuartizando ágatas y paredes de jade. Cangrejos crecen de los charcos de mi sangre con ópalos en las cavidades oculares. Berilos y turquesas macizan todos los huecos de la grita, granates uwarowitas forman un largo techo de estalactitas. La puerta de la gruta queda obstruida por una montaña de hormigas rojas. De repente un temblor helado me revuelve el cuerpo, grito, araño, me lanzo salvajemente contra la muralla de hormigas, les cerceno sus cráneos como los campesinos rapuzan la mies. Las muerdo y aplasto con mis pies descalzos, heridas se amontonan en mi carne, el tortuoso bregar atrofia mi figura con llagas. Por fin consigo hacer un hueco entre las hormigas, una pupila se sale de su órbita para tocar la luz del sol. Esto me da nuevos ánimos y, mientras estrujo con mis manos su tórax de gelatina, ellas me ponen la cara como la de un boxeador derrotado. Atrapo con un dedo el matojo e yerbas del exterior, poco a poco el resto del cuerpo también lo alcanza, los insectos hincan sus dientes rabiosos, al sentir que su presa se les escapa. Respiro aire. He salido hecho jirones, vuelvo el rostro y ya la muralla vívida se ha vuelto a cerrar, algunos de estos bichos han anidado en mi piel, me deshago de ellos con placer. Ha sido una auténtica revolución y he vencido. Me arrastro y gimo como un pájaro caído en un zarzal. En el centro del campo ojeo un espejo erguido. Avanzo tenazmente, como un ofidio acecha a su víctima… Al fin alcanzo el espejo: observo la más horrible figura humana. Todo mi cuerpo tiene una capa superpuesta, comienzo a desprenderme la piel que ha sufrido siglos de esclavización, la lucha contra los tiranos, el olor mohoso de la más profunda gruta. Me arranco el cuero cabelludo. Ni otra piel, la que siempre ha permanecido en mi interior salvaguardada de la inmundicia, es incolora y mis ojos verdes parecen dos esmeraldas en la nieve. Me desembarazo de la capa de pelo y musgo de la lengua, una costra pútrida sobre mis auténticos dientes de leche, la máscara cae como una casa derruida. Despedazo la epidermis de mi tórax, sexo, piernas. Quedo como un montículo de nieve y a mis pies un charco de carne purulenta y mugre. Me muevo ágilmente como un potro salvaje con las crines mojadas por la lluvia. Me encamino al gran río. El frío penetra mis huesos como cirios. Toco el agua y en agua me convierto.

 

DE YO HUBIERA O HUBIESE AMADO, DIARIO ÍNTIMO DE 1974

26-3-74

En los síndromes, más que agua, hay sangre. Esto no lo había calculado en un principio. De levantar un dedo a levantar un muñón, hay por medio un objeto-espíritu cortante. ¿Qué habrá sido? No sé. Por lo tanto tendré que abrir bifurcaciones en el sendero que me propuse: los poemas de agua, y los poemas de sangre (aunque bastante aguada), ¡juá! Ahora creo en algo más hiriente, más penetrante: ¿el aire mismo puede matar?… Será que busco un arma aún más mortífera. O mejor, ya la había hallado, pero sólo tenía el mango. Busco su filo.

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