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Víctor Doreste

Textos escogidos

De Faycán

Prólogo y parte del primer capítulo

Este libro no tiene prólogo, pero sí umbral. El prólogo ideal sería aquel que se escribiera sin conocer el libro. Si al leer una novela se nos ocurren ciertos juicios ¿por qué adelantarlos? ¿Constituyen acaso un prólogo o son en realidad un epílogo? No pongamos la veleta en el sótano.

El prólogo debía escribirlo nuestro mejor enemigo. Yo le he buscado, pero… no sabe escribir. Por el contrario, mis amigos escriben tan bien que harían desmerecer mi prosa. Y esta es la razón de que este libro nazca desamparado, sin trompetas ni amicales clarinadas, sin padrinazgo bautismal, enteco y ladrado, como la luna.

Víctor Doreste

Las Palmas de Gran Canaria, agosto de 1944.

No sé el tiempo que llevo husmeando desperdicios y aguantando pacientemente los puntapiés de los hombres y las pedradas de los niños. Sólo sé que ya presiento la hora en que mis pobres huesos han de relucir en algún sucio estercolero o sumirse en las sombras de alguna íntima botonadura.

Terribles pesadillas me atormentan, en cuanto me tiendo en el duro suelo que el destino me deparó por lecho. Me veo tendido sobre el pedregal de la playa. Un enjambre de moscas zumba sobre mi cuerpo terriblemente quieto. Mi rabo inmóvil no puede trallarlas.

Las verdes, liban en mis ojos el cuajo de la muerte. Las pardas, obscurecen el rojo de mi herida, la herida del perro vagabundo, la pedrada. Cuando me despierto, recuerdo aquella sentencia que los hombres aplican a las horas, y que nosotros, los pobres perros, podíamos dedicar con mayores razones a las piedras: Todas hieren; la última mata.

Otro síntoma de que mi perra vida está tocando a su fin, aparte de mi desollado rabo, es una fuerza imperiosa que engarza mis recuerdos y me llama a contar mi humilde vida aventurera.

Si no hubiera tenido la dicha de conocer a Cicerón y a nuestra alegre pandilla, no me hubiera decidido, seguramente, a relatar los episodios de mi insignificante existencia. Pero Cicerón sí es digno de pasar a la perruna posteridad. Conocía como ninguno los secretos de nuestro tierno y fiel corazón; nos enseñaba la medida y el límite en que debíamos servir y amar a los hombres y la manera de distinguir las yerbas que curan nuestras enfermedades. Y, sobre todo, nos enseñó la verdadera historia de la Caninidad.

La vida y enseñanzas de este insigne ejemplar de nuestra raza son, más que mis propias aventuras, la razón que me impulsa a contar mis memorias, a veces tristes, a ratos alegres, pero fiel retrato de lo visto y exacto eco de lo oído.

***

Empiezo por aclarar que no es empresa fácil para un perro desnutrido y senecto hilvanar sus vagos recuerdos. He de añadir, también, que unas veces contaré lo pasado como sucediendo y otras, desde el ahora, el tiempo contemplando.

Nosotros, criaturas de nuestra raza, -y esto lo ignoran los hombres- somos seres de muy flaca memoria. ¿Cómo, si no, podríamos perdonar y hasta querer a los terribles niños, a los hombres despiadados y al amo despótico? Les perdonamos, porque olvidamos sus agravios. Sólo se es rencoroso cuando se recuerda con clara precisión. Su buena memoria hace vengativo al hombre. ¿Cómo podríamos perdonar, si no, al vil y eternamente sentado constructor del arma por nosotros más temida? Me refiero a la bota del hombre, nuestro mayor azote después del guijarro canicida.

Recuerdo que, un día, Cicerón nos explicó con aquella claridad por ningún perro igualada, que el cruel zapatero era nuestro mayor enemigo. Antes, todos los perros creíamos que este ogro construía el arma terrible para que el hombre no sufriera el duro contacto de la piedra. Pero Cicerón nos hizo ver las cosas de distinta manera. Pluto, un perro que sabía mucho también, intentó contradecirle. Pero Pluto pertenecía a la vieja escuela; y prevaleció por una mayoría aplastante el criterio de Cicerón: “El día que los hombres caminen descalzos por el asfalto y se calcen en los pedregales de la playa, defenderé el punto de vista de Pluto. El hombre se calza, por el contrario, en los lugares asfaltados; y lo hace así, porque en ellos no encuentra el guijarro oportuno con que herir nuestros débiles lomos. Sin embargo, en los temidos pedregales de la playa, arsenal inagotable y descalabro de nuestra raza, el hombre anda descalzo sin sentir el dolor al hollar la puntiaguda piedra”. Y terminaba: “No sabemos quién construye las piedras; las botas, sí. Y yo le acuso como el mayor enemigo de nuestra noble raza”.

Cuando Cicerón nos regalaba con alguna de estas peroratas, solía quedarse con sus largas orejas gachas y su venerable y desollado rabo en silencio. Nosotros agitábamos nuestra alegre extremidad en señal de alborozo y asentimiento; mientras, Cicerón tomaba resuello y continuaba enseñándonos cosas siempre nuevas y sorprendentes.

***

Pero ya es hora de que cuente algo relacionado más directamente con mi criatura.

Mi madre era de pura raza canaria y estaba muy orgullosa de ello. De mi padre no puedo hablar. Según Pluto, los perros no tenemos padre; y los tíos son muy dudosos. Cicerón llegó a hacernos poner esto en tela de juicio. Más adelante, expondré las razones que aportaba a su argumento.

Para nosotros -esta era la manera de pensar que teníamos entonces- es y creo que será siempre un misterio el que los hombres tengan padre y madre. Habíamos notado, eso sí, que, cuando alguno de nosotros tenía una amistad íntima con alguna compañera y nacían unos cachorrillos, solían éstos tener nuestras propias manchas. Pero muchas veces no ocurría esto. Y aquí se apoyaba Pluto para echar por tierra la argumentación incomprensible de Cicerón. Cuando nació aquel famoso perro de las dos cabezas, la cuestión quedó zanjada por algún tiempo en favor de Pluto. “¿Quién era el padre de este perro?» -le preguntó a Cicerón-. Y éste, por primera vez en su vida, no supo qué contestar.

Estuvimos buscando por toda la isla al perro de las dos cabezas, pero todo fue en vano. Cicerón no se dio por vencido. “La madre -decía- tampoco tiene dos cabezas…”. “Pero no cabe duda que lo es” -le contestamos-. “Evidente, evidente…”. Y se rascaba, contrariado, una oreja.

Más adelante, he de contar la memorable sesión celebrada en su amplia y confortable cueva, en la que nos reveló el tremendo misterio.

Quedamos en que mi madre era de pura raza canaria; y tan parecida a mí que, cuando fui grandecito, me confundían nuestros propios compañeros. Este parecido llegó a darme serios disgustos, pues algunos se permitían ciertas libertades, que se dirimían a mordiscos, hasta que quedaba deshecho el error. Que yo sepa, no he tenido hermanos. Sin embargo, abrigo sobre esto algunas dudas. Los primeros recuerdos de mi infancia van unidos a un perrillo que mi madre cuidaba con igual solicitud que a mí. Con él comía; y mi madre nos lavaba a los dos con su larga y aterciopelada lengua. No puedo recordar cuándo le vi por última vez; pero esto debió suceder, seguramente, en una ocasión en que mi madre apenas paraba en la cueva que nos servía de albergue, hasta la llegada de aquel terrible perro de seis dedos que nos desahució con sus afilados colmillos. Mi madre estuvo algún tiempo sin probar bocado alguno, hasta que, un día, apareció con un hermoso hueso con tuétano que puso fin a su ayuno, y seguramente, a su tribulación.

Un día, en las inmediaciones del mercado, lugar para nosotros predilecto, me creí encontrar de pronto ante un charco de agua.

“Ante un charco, nos vemos a nosotros mismos” -nos había enseñado Cicerón-. Moví mi rabo, pero mi imagen lo mantuvo quieto. Probé con las orejas; y cuando las bajaba, la imagen hacía lo contrario. No estaba delante de un charco. Estaba delante de un perro. Pero de un perro que era yo mismo. Me acerqué a él; y al olerle, le encontré un cierto tufillo de familia. Iba pulcramente lavado, con un hermoso collar rojo y un ridículo cascabel. Su actitud para conmigo, fue de estúpida altanería. Moví mi rabo en señal de amistad, pero él lo mantuvo quieto y disparó sus orejas. Yo sentí desprecio por su collar de esclavo. Era yo entonces, y lo fui durante mucho tiempo, un perro vagabundo e independiente. Cuando me disponía a enseñarle los dientes, un fuerte silbido le hizo cobardemente desaparecer. Era… ¡el amo! Yo me fui contento al barranco. Muy contento de mí mismo, de mi pobreza y de mi libertad.

 

De Narraciones canarias. Recuerdos de niñez y juventud

ESTAMPA VEGUETENSE

Estamos en la Plaza de Santo Domingo. Atardece. El “Angelus” acaba de sonar. Se encienden las primeras luces. La palmera del colegio de Doña Nieves se esfuma en las sombras, pero aun cabrillean sus doradas “támaras”. Algunos chiquillos, a estirones de sus madres, empiezan a recogerse. Una tartana pasa rauda, sacando chispas del adoquinado.

-Es Don Ventura. Se oye decir.

-No -contesta alguien-. Es el Sr. Lara, el corredor.

Pasa otra tartana con las cortinas echadas. Ya sabemos el “pescado” que lleva a la “plaza”. También sabemos el lugar de consignación: la “laja”. A través de las cortinas se filtra los acordes desafinados de un requinto.

¿Dónde habrán ido a parar aquellas celestinas colgajeras del color del gofio, hechas de la misma materia que el imponderable guardapolvo?

La tartana, dando tumbos y al parecer bebida, desaparece por la calle del Rosario. Por la parte del naciente, empiezan a aparecer los primeros contertulios de la “Peña” de Don Prudencio Morales Martínez de Escobar. Dobla la esquina de la calle de la Cuna, tardo el paso y presta la sonrisa, aquel modelo de sacerdotes que fue en vida Don Pedro Díaz. En el salomónico pilar se llena la última vasija. Aparece un guardia municipal. ¿Para qué?

¡Silencio!

LA ESCUELA DE LUJÁN PÉREZ (Extracto)

Hacía tiempo que mi padre venia madurando la idea de una escuela de artes plásticas que se apartara del academicismo que entonces privada en esta clase de ·Centros oficiales. La idea de mi padre era muy amplia y revolucionaria para aquella época, donde un arte anémico y de dibujos a cuadrícula imperaba en las languidecientes academias. Aquellos Centros no tenían ni siquiera aire respirable. Recuerdo uno de ellos, situado en un sótano, lúgubre, donde jamás entró un rayo de sol, y alumbrado por agoniosas y oscilantes lámparas. Las clases eran de noche y duraban una hora, ni minuto más ni menos; y los alumnos se pasaban el tiempo en la copia de viejas láminas. Es decir: que traspasaban al papel, lo que ya otros dibujantes habían resuelto interpretándolo del original. De esta manera se conseguía, que cuando algún alumno ya “avanzado” se decidía a hacerle el retrato a su padre – pongo por caso- le plantase en el rostro la mismísima nariz de Cleopatra.

Mi padre consultó el asunto con algunos pintores de nota que no lo acogieron con el calor que él esperaba de ellos. Pero no se desanimó. La llegada de Don Juan Carló a la ciudad, en una de aquellas simpáticas arribadas forzosas a la isla, espoleó y le dio nuevos bríos para plasmar en realidad lo que hasta allí había sido un bello sueño. Después de muchas consultas, y de oírse el uno al otro, desechando esto y aceptando aquello, comenzaron a elaborar un plan general y como panorámico de lo que había de ser la futura escuela. Pasado un mes de estas primeras entrevistas, y después de unas gestiones de mi padre en busca del domicilio adecuado, ya había en el haber de la escuela estas cuatro cosas apreciables: tres habitaciones en un amplísimo jardín; un profesor, y un nombre: LUJÁN PÉREZ.

Poco tiempo después, la escuela comenzó a funcionar. Los primeros alumnos que pasaron por ella, aunque no puedo fijar su orden de prelación, fueron Gregorio López, nuestro gran escultor, hoy por tierras de Venezuela; Santiago Santana; Juan Márquez y otros. Años más tarde, no muchos, el alumnado se acrecentó con Plácido Fleitas, Oramas, Felo Monzón, Miguel Márquez, Simón y Domingo Doreste, Arencibia, Guerrita, Juan Jaén, Abrahán Cárdenes, Miguel Navarro, Juan Ismael y tantos y tantos que harían esta relación interminable.

También se enriqueció la escuela con la incorporación, como maestro de dibujo, del inolvidable García Cañas, finísimo y atildado caballero, arquitecto entonces del Ilustre Ayuntamiento y perteneciente a la más aristocrática bohemia, dicho sea, en la más alta y bella expresión del vocablo. Y él, con orgullo, a sí mismo como bohemio se predicaba.

En el jardín de la escuela se levantaron dos modernos pabellones de techos muy altos y grandes ventanales. Toda especie de lámina era considerada como “tabú”. Los dibujos se hacían directamente, tomando por modelo algunos bustos de yeso, o simplemente captando cualquier objeto por baladí y poco artístico que pareciese.

Así; una simple palmatoria; la hoja de un árbol; o la ecuación de un vaso con su botella; y a los doctrinos, el primer día de su aparición se les ponía delante nada más, y nada menos, que una caja de cerillas sobre una superficie cualquiera.

Dije nada más y nada menos a propósito. Porque en cierta ocasión, apareció por la escuela un muchacho que se había formado en aquellos Centros oficiales a los que he aludido anteriormente. Nuestro hombre traía en una carpeta una buena colección de dibujos, hechos por él, muy acabados y de un difuminado perfecto, -copiados de láminas, por supuesto.

Cuando Don Juan le puso la consabida caja de cerillas en escorzo, para que la dibujara, creyó que era una broma que le gastaban. Pero Don Juan muy serio, le instó a ello. Púsose el muchacho a hacerlo, Don Juan se apartó para examinar otros trabajos, y al cabo de un rato volvió de nuevo, a ver como “iba aquello”.

Efectivamente, lo que era de esperar: el dibujo estaba mal encajado. Don Juan trazó sobre él dos sencillas líneas, y las leyes de la perspectiva hicieron entonces su presencia.

El muchacho que era comprensivo, hizo al día siguiente una pira con sus difuminadas creaciones. La escuela pronto se convirtió en algo más que una academia de dibujo.

Se empezó a pintar, a modelar en barro, a vaciar en yeso, tallar en piedra y madera, y hasta se instaló un horno para hacer cerámica. Esto último sucumbió en el intento, por falta de técnicos.

Pero además, la escuela fue también Liceo y centro de reunión de intelectuales de todos los credos y matices. La literatura, la poesía, la música, y todas las manifestaciones de la cultura y del pensamiento interesaban por igual. Mi padre daba todos los viernes una conferencia sobre arte, y uno de los temas que trató con más asiduidad y entusiasmo, fue el de la historia del Renacimiento italiano.

Entre los «alumnos» de la escuela que no pintaban, recuerdo a Cristóbal Cabrera, Juan Sosa Suárez, Francisco Martín Vera, Pancho Guerra, Adolfo Luján, Félix Delgado, Luis Suárez Morales, Mario Pons, N. Alamo, Pedro Perdomo y tantos otros más […].

 

De Once Sonetos

SONETO A FRAY LESCO

A mi padre

No fuiste, que en mí eres; y si muerto
en tu postrera forma parecías,
yo estaba en el secreto: me veías,
con los ojos cerrados, que es lo cierto.
Cuando te fue el misterio descubierto,
y sin oír mi voz a mí me oías;
cuando ya al parecer nada sentías,
y te dieron por mudo, ciego y yerto…
Entonces, padre mío, tu silueta,
¡en qué lenguaje inmaterial me hablaba!
mientras tu alma en silencio abandonaba
tu franciscana encarnación de asceta,
y al Eterno, serena se elevaba,
fundida en las campanas de Vegueta

 

A BACH

Órgano titánico de músculos sonoros,
que en los orféicos yunques los cometas dispersos
forjas en tus «tocatas» en tus «largos» inmersos
en órbitas de «fugas» y en la paz de tus coros.
Caracol con aliento de huracanes sonoros,
que en sonidos conviertes la esencia de los versos,
es tu voz revelada, de ignotos universos,
que a tu genio donaron sus líricos tesoros.
Gigante y encordada lira de meridianos,
en deliquio pulsada por deíficas manos.
¡Polífono océano! Aeda de otros mundos
que en trémolos cometas se esfuman errabundos
tejiendo con tu pauta fugada, los profundos,
siderales acordes de pánicos arcanos.

 

MADRE

Arca matriz, placenta de mi nada,
honda raíz del árbol de mi vida,
en el placer y en el dolor habida
y en dos fuentes de plata amamantada.
Fuiste la voz primera pronunciada
en el albor del vientre presentida,
y cuando mi existencia fuera ida,
con la unción de tu voz será acabada.
Ni la maldad, ni el bien, ni la belleza
del fruto en ti, por ti, de ti nacido,
acrecientan ni entibian la pureza
de ardido amor por lo que fuere habido.
Que al rosal, en milagro concebido,
ama la tierra igual que a la maleza.

 

De Poesías completas

ACUARELA RISQUERA

Risco de San Nicolás,
tarrillito de pastillas,
con tus casas encarnadas
y tus puertas amarillas.

Tu remate “de tres picos”,
tus asaderos de piñas
y tus patios de biviscos
con ropa blanca en las liñas.

Risco enriscado, ¡mi risco!
De guitarras bullangueras,
con tres casas de dos pisos
y con trescientas terreras.

Unos puñados de alfalfa
y una cabra en la azotea,
veinte lajas en el patio
y treinta vigas de tea.

Un perro lleno de pulgas
y el gato que al mirlo otea.
Risco de San Nicolás,
tarrillito de pastillas,
con tus casas encarnadas
y tus puertas amarillas.

De “saco guano” tus catres
de viento como tijeras
y colorines de Oramas
que el sol mañanero quiebra
y el sol de la tarde lame
y el de las doce requema.

¡Hasta con la luna brillas!

Risco risquero ¡mi risco!

tarrillito de pastillas,
con tus casas encarnadas
y tus puertas amarillas.

 

ROMANCE DE PANCHO MARRERO

Hacia los Riscos subía
En copas Pancho Marrero,
Tan mal puesta la cachorra
Que mal parecía un sombrero.
En el cinto, su cuchillo,
A la derecha, su perro.
Pegaba tanto el levante
Que se fumaba el sendero
Y los charcos se bebía.
Iba todo él de negro.
No porque tuviera luto,
Era cosa de familia.
Subía Pancho Marrero
Por San Nicolás arriba
Con su perro majorero
Que le hacía compañía.
De la «Casa de los Picos»
Las alabardas se hundían
En las carnes de la noche
Besando la amanecida.
La luna estaba cuajada
Por el levante que hacía.
El perro no la ladraba
Que era perro que mordía.
Subía Pancho Marrero
Y ya estaba casi arriba.
La Luna sudaba lirios,
Por el Levante que hacía.
Seis voces dio un campanario
Y se alumbró el nuevo día.
Sacó Marrero un cuchillo
De abolengo tan canario
Que sangre no conocía.
Todo un cuchillo labrado
Por los Batista de Guía.
De la «Casa de los Picos»
Los tres cuchillos herían
La piel de la madrugada
Que poros de luz tenía.
Pasó el dedo por el filo
Del cuchillo y dijo: atisba
Que hoy vas a probar la sangre,
Que hoy en día te desvirgan.
Salió de una casa un hombre.
¡Estate quieto verdino!
Le dice Marrero al perro.
Ella con él me engañó,
Mañana habrá dos intierros.
Cuando te hunda en sus carnes
Verás al primer amago
Manar un chorro de sangre
Roja como la del drago.
Lontano un gallo cantó.
Las calles estaban solas.
La Luna ya en su agonía
Sudando estaba amapolas
Por el Levante que hacía.
En una casa terrera
Se ve asomar a una vieja.
Ladra el perro majorero
Con la cola haciendo fiestas.
Es la madre de Marrero,
Que al verla tan menudita
Tan triste y tan poca cosa
Se dice Marrero, ¡no!
No habrá sangre en buena hora
Ni desconchabos ni intierros.
Y mientras tú vivas, Madre,
Jamás hundiré esta hoja
Engáñeme quien me engañe.
Que esas son cosas del cuerpo
Que la tierra ha de tragarse. Acarició el duro acero,
Y en la vaina de su cinto
Lo volvió a su manso encierro.
Más de mil gallos hervían
El aire con sus cantatas,
Mientras la vieja a Marrero
Esperaba hasta las tantas.
Huelga de estrellas había
Y en lo más alto del cielo
Un gran lucero esquirol
Sus platinos derretía
Albeando los senderos.
La Luna besó en la frente
A la madre de Marrero.

ADIVINANZAS CANARIAS

Soy un tanto jorobado
por nacer junto a camellos
y tengo más que probado
que canto mejor que ellos.
El timple

Nunca zapatos sufrí,
tampoco lejos viajé,
ni medicinas compré,
ni en una alcoba dormí.
Andrés el Ratón

A espaldas un gran balcón,
frente, ediles y letrados,
a la diestra un prebendado,
dentro de mí el Redentor.
La Catedral de Las Palmas de G. C.

PENSAMIENTOS Y PENSAMIENTAS

No hay tales “cuernos de la abundancia”… ¡Al revés, al revés!
La ballena y la mosca son los animales más pesados de la creación.
El tiempo es el arado de nuestra piel.
Intelectual es el que enreda las cosas más sencillas.
En muchos escritores los puntos suspensivos son la antesala de sus tópicos.
Te querré eternamente debería escribirse con lápiz.
Saber aburrirse es una de las cosas más entretenidas.

 

DE Ven acá, vino tintillo (Comedia canaria en tres actos)

(Extracto del primer acto)

Primer Acto

Patio de vecindad en el Risco

Personajes
Don Bonifacio Santana, el indiano, 50 años
Tomasita Robaina, su mujer, 45
Pino, hija de este matrimonio
Tomás, hijo de este matrimonio
Paulito Ramírez, el practicante y ex barbero, 40
Frasquita, 70 años
Vicenta, 25 a 30 años
Anastasia, 25 a 30 años
Un joven que hace de cicerone de don Bonifacio
Una chica presumida que pasa y no hablaUn vecino
Un guardia
Un mago que vende gallinas

(Al alzarse el telón se oyen maullidos de gatos. Luego a dos cerdos “conversando” con satisfacción. Y en tercer lugar suena el canto de un gallo en la lejanía. Responde desde el portón, después de batir las alas con estrépito, un clásico gallo de la tierra.)

Tomasita. – (Está sentada, cosiendo. Dando un fuerte suspiro) ¡Ay, señor! Deben ser ya las ocho y media! ¿Cuánto tarda este hijo mío! (Suspende la labor y mira con interés hacia la calle. Llega Frasquita por la parte opuesta.)

Frasquita. – ¡Abuena noche, Tomasita!

Tomasita. – ¡Buenas noches nos dé Dios, Frasquita!

¿Qué hora será? ¡Este hijo mío es una moratoria!

Frasquita. – Pues yo, Tomasita, la verdá… no le digo. Y si le digo la engaño. Dende que se le esconchabó el reló a Paulito, el practicante, andamos en esta casa con el tiempo a trompicones. Si no fuera por Vicentita la múa que canta las horas como un gallo… (Se oye el grito penetrante de Vicentita llamando a Juanillo.)

Vicenta. – ¡Juaniiillooo!

Frasquita. – ¿Qué le dije?

Vicenta. – ¡Que son las nueve, condenaaaooo!

Tomasita. – (Levantándose de un salto) ¡Por la Virgen Santísima! Las nueve de la noche ya. ¡Con estos hijos de hoy no se gana pa disgustos!

Frasquita. – No se apure, señora, que su hijo está en la edá de la tuberosa.

Vicenta. – ¡Juaniiillooo! (Juanillo llega como un volador. Al llegar al fondo del patio, donde se supone que está Vicenta llamándole, se corta de un golpe el grito de ésta y se la oye emprenderla con su hijo con el vocabulario propio del caso.) ¡Ven acá! ¡Ven acá, condenao, que te voy a matar! (La emprende a mojicones con Juanillo.)

Tomasita. – Esta Vicentita parece un remolcador el día de la Naval.

Frasquita. – ¡Quite pallá! Las trompetas de Jeringó es lo que parece.

Tomasita. – Y que este hijo mío no repare en lo que me hizo pasar su padre con el dichoso juego. Porque, como si lo viera, se ha ido a jugar a los galgos los pocos cuartos que gana a la semana.

Frasquita. – ¿Y pa qué quiere el pírgano de la escoba?

Tomasita. – ¡Ni con esas! Y lo peor es que de San Juan a Corpus se saca una trimpleta y se queda engatusado pa too el mes. ¡Cuando pienso que hoy hace diez años!

Frasquita. – ¿Diez años que se juega los cuartos?

Tomasita. – Disimule, Frasquita. A la verdá que la lengua se le va a una por un lado y la cabeza por otro. Quería decirle que tal día como hoy, diez años ha, mi marido, que en paz descanse, tomó el trole y traspuso por ese puerto pa fuera.

Frasquita. – Pero Tomasita, ¿usted qué sabe si su marido se fue pa las plataneras o no? ¡A lo mejor…! ¿Qué le pasó a Nicolasita la del Pambaso? Pues que le escribió el suyo y hacía veinte años que no sabía nada de él, mandándola buscar y se fue pa La Bana con too el rancho de hijos.

Tomasita. – Pues el mío pa mí… ¡como si se hubiera dío en el Valbanera!

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Arturo Meccanti

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Agustín Millares Sall

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Sebastián de la Nuez Caballero

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Antonio de la Nuez Caballero

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Pino Ojeda

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Sebastián Padrón Acosta

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Pedro Perdomo Acedo

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Manuel Padorno

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Alonso Quesada (Rafael Romero)

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Olga Rivero Jordán

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Pepa Aurora (Josefa Rodríguez Silvera)

José Rivero Vivas

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Julio Antonio de la Rosa

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Alexis Ravelo

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Lola Suárez

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Natalia Sosa Ayala

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Fernanda Siliuto

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