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Domingo Doreste

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ARTÍCULOS

DIOS Y PATRIA. NOVELA-EXPRESS

PRÓLOGOQue me aspen, me he dicho más veces, antes de caer en la tentación de tomar la pluma para repetir sabidas cantinelas o misérrimos lugares comunes, de esos que sirven a tantos para abarrotar libros y periódicos. No habría Cisneros ni Omar tan resueltos como yo los pidiera para dar en el fuego con la gárrula e insustancial balumba de escritos que nos abruma. Pero por esta vez he caído de mi presuntuosa resolución y he apechugado como tantos otros con el pecadillo de tomar camino trillado. Absuélvame el lector y apechugue también si quiere con la siguiente vulgarísima historieta, cuyo número de orden en la lista de los plagios no he logrado inquirir.

CAP. I
Era Andrés estudiante de Salamanca allá por el 72, cuando yo también lo era. Le llamábamos Retintín, no sé por qué, como no fuera por esa tendencia instintiva que siguen los muchachos de distinguir con motes a todo aquel que ofrece alguna singularidad, física o moral. Y con efecto, Retintín era el carácter más complejo, indescifrable y contradictorio que he visto. La Farmacopea Divina realizó en aquella alma el milagro de fundir y hermanar lo irreconciliable: para mí era Retintín una paradoja viviente.

A trechos estudiosísimo y a trechos holgazán; serio y zumbón al mismo tiempo; ensimismado y pensativo por intervalos; bullicioso y taciturno… su espíritu aparecía no tener otro descanso que el movimiento.

CAP. II

Algo me hizo adivinar que aquella inquietud espiritual no era zumbido de torpe y cansado moscardón, que una u otra vez golpea contra el cristal que le cierra el paso. Amargura muy honda debía de sentir el pobre amigo: alguna lucha tremenda se libraba quizá en aquel su mundo interior, no revelado sino a Dios y su conciencia. Atrevime a interrogarle con caritativa curiosidad y pude ver confirmadas mis sospechas. La envenenada duda de nuestro siglo se había envasado en su alma; pero su generosa condición protestaba a grito herido y forcejeaba por rechazarla.

Una de las fases de su escepticismo era dudar de la grandeza de España. Le habían adocenado y empequeñecido ciertas lecturas la calidad de los héroes de nuestra historia y entre creerlo y dudarlo había derribado en su corazón aquellos caudillos incomparables de nuestra patria, que en sus entusiasmos de adolescente le habían parecido semi-divinos. Pelayo, El Cid, San Fernando… los personajes que más habían cautivado su imaginación comenzaban a parecerle meras vulgaridades. Le daba vergüenza y no se atrevía a confesarlo, ni casi a creerlo: había dejado morir el sentimiento de la patria en su alma.

CAP. III

Pasaron algunos meses y una noticia inesperada cundió un día por la Universidad. Retintín, que no aparecía por las aulas hacía unas semanas, súpose que había sido admitido de novicio en una orden religiosa. Todos se hicieron cruces menos yo: para mí tuve que el buen Andrés había vencido. Desde lo más recóndito de mi alma aplaudí.

EPÍLOGONo hace muchos días leí en un diario que el infatigable misionero Fr. Andrés de la Concepción había sido muerto por los insurrectos en Filipinas. Sendos elogios acompañaban la noticia de su muerte. El virtuoso fraile había prestado grandes servicios a España. Regía una parroquia y había sido sorprendido por los indios en el acto en que arengaba a sus feligreses, estimulándolos a conservar el amor de la patria.

Volví a aplaudir y dije para mi capucha. ¡Bienaventurados los que luchan y vencen!

[El estudiante de Salamanca (Salamanca), 5 de diciembre de 1896; Diario de Las Palmas (Las Palmas de Gran Canaria), 9 de enero de 1897]

 

DE PREFERENCIA. DE VIAJE. CASTILLA

ESPAÑA PRESENTA al viajero, por cualquier punto que penetre en ella, un paisaje risueño. Las costas son deliciosas. Andalucía muestra sus campos verdes entreverados de olorosos huertos; Valencia, sus jardines y sus naranjales; Cataluña, sus predios enmeradamente cultivados; Galicia, sus rías plácidas decoradas de montañas esmeraldinas; Santander y las Provincias Vascongadas, sus bosques espesos.

Lo interior ya es diverso. Podríamos imaginar la Península como un manto extendido, orlado de riquísima franja. Pero, no sé por qué, cuando vengo a España me parece que no llego a ella mientras no me hallo en Castilla. La risueña poesía de las costas se me antoja no más que una antesala hermosamente alhajada, por donde se ha de pasar breves momentos. Quien no conozca sino las provincias litorales, desconoce de medio a medio el territorio español. Lo castizo geográfico, si vale esta amalgama de palabras, está dentro, como lo castizo histórico.

No quiero decir con esto que la poesía de estas llanuras sea la del desierto, no. Son soledades con alma las soledades de Castilla. Si hay paisajes que hablen, los castellanos han de contarse entre ellos. Es belleza sugestiva la suya: el espíritu la crea, ya que los sentidos tienen tan poca parte en su contemplación. Con todo y ser tan grande el campo, el cielo le vence en inmensidad. Vienen al alma deseos de desasirse de lo terreno y transfundirse en el azul infinito. La voluptuosidad que ordinariamente sugiere la campiña, cuando es placentera y deleitosa, aquí se apaga y amortigua al empuje de otras ansias y otros deseos. Los anchos campanarios, macizos como fortalezas que de vez en cuando se avistan, evocan la doble idea del templo y del Castillo, como si fuera una sola. A sus pies se agrupa el pueblo, pardo y mezquino como un nido de avispas.

En Andalucía, por ejemplo, no me es dado fantasear a Don Quijote. En cuanto vislumbro el páramo manchego me parece distinguir su delgada figura, prolongándose en su lanzón y recortándose sobre la línea del horizonte. Y me complace sobremanera sumirme en recuerdos y en meditaciones y abandonarme a la espiritual y melancólica influencia de este ambiente, que tan grande parte tuvo en la formación de nuestros místicos. Caballeros y contemplativos: he aquí la flor de estos campos gloriosos.

Mientras pienso en estas cosas el tren vuela y a un horizonte se sucede otro igual. ¡Ancha es Castilla!

[Unión Liberal (Las Palmas de Gran Canaria), 30 de mayo de 1903]

 

UN LIBRO DE UNAMUNO. VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO. I

CASI AL año de haber dado la vuelta por las librerías de España ha llegado a las nuestras la última obra de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho. Es un libro singularísimo; y así como sobre el Quijote se han escrito tantos, a propósito de este también pudieran escribirse algunos. Es la revelación del interior de un hombre, hecha a propósito del comentario de otro hombre, pues de fantasía se le toma como un ser, no digo ya real, sino realísimo. Ni en el mismo Don Quijote de Cervantes me parece tan viviente el personaje como en esta obra. Unamuno sienta como clave de su libro la existencia real de Don Quijote, ¿qué más da que no tenga realidad histórica? ¿Acaso es más real el oscuro personaje que ha pasado a la posteridad merced a la cita de un cronicón? ¿Merece por ventura Quijote, personaje humano por excelencia, menos credibilidad que el mismo Cid, del que no queda más que la memoria, a pesar de toda su aureola épica? Real es todo lo que se hace digno de vivir.

Así es que la ilusión de la historia flamea en todas las páginas del libro; y el estilo narrativo, matizado aquí y allí de venerables arcaísmos, alcanza la majestad y llaneza, no precisamente de alto estilo histórico, sino del de las mejores hagiografías que en castellano se hayan escrito. La vida… parece entresacada de un selecto año cristiano.

Había oído decir que el libro de Unamuno era pesado, y casi lo había creído. Después de leerlo comprendo por qué se le ha juzgado tan mal. El libro es enteramente filosófico, y nuestros gustos, y estoy por decir que nuestra raza, son sólo rabiosamente antifilosóficos. El libro tiene entraña, y a nosotros nos fatiga y cansa todo lo que sea profundo, todo lo que tenga vistas a la filosofía, siquiera esta no sea abstracta y raciocinamente [sic], como es la de Unamuno. Para mí, La vida… viene a ser como un curso de filosofía amena, si hay quien me admita esta clase de filosofía, una especie de género bizarro y pocas veces ensayado, que participa de la especulación tanto como de la historia y de la novela. Por eso he dicho que el libro me ha parecido singularísimo.

[…]

[La Mañana, 7 de marzo de 1906]

 

 

GIOSUÈ CARDUCCI

ES CARDUCCI el poeta más latino que la raza latina ha producido en nuestros días, y a pesar de ello, resulta para nosotros, los españoles, más extraño y menos conocido que un poeta del norte. Hace años tenía yo de él un concepto pobrísimo, el mismo concepto que tiene todavía de él la mayoría de los españoles cultos. Para mí Carducci era… el autor del himno a Satanás. En Italia le conocí, y, una vez cerca de la pirámide, pude admirar su grandeza.

El famoso himno antes nombrado resulta una obra accidental en la portentosa labor del poeta, de modo tal que puede prescindirse de él sin que la personalidad del artista padezca menoscabo alguno.

Es una aberración perdonable que un poeta lírico, cantando al progreso en una época en la que esa idea monopolizaba el entusiasmo de los pueblos, altere de repente el curso triunfal de la oda y se le ocurra personificarle en el espíritu rebelde…

Pero es lo cierto que, juzgue cada cual como le plazca ese arranque, en la historia del poeta monta muy bien poco. Carducci es, sobre todo, un alto poeta cívico, el poeta nacional de la Italia moderna. La patria fue su numen. Así como Zorrilla se nutrió de nuestras leyendas, Carducci quemó todo el incienso de su inspiración ante la grandeza antigua de su nación y las esperanzas presentes de su pueblo. Para él la unidad italiana era como una recapitulación grandiosa de todas las preeminencias pasadas; una reivindicación de los privilegios de su raza; la realización de un ensueño secular, del inmortal anhelo patriótico que acarició Dante y que vivió latente en el corazón de los buenos italianos como una indomable rebeldía contra las tiranías extranjeras.

Esos dos arrogantísimos y altaneros poetas tienen entre sí semejanzas fraternas: no lo distinguen quizá otras diferencias de las que ha podido producir un intervalo de cinco siglos. Para Carducci, Dante era objeto de una devoción casi religiosa. Los cursos más interesantes de literatura fueron los dedicados a comentar La Divina Comedia. Y nadie como él ha estudiado ni comprendido mejor al gran poeta cristiano.

[…]

Para el odio tuvo siempre dispuesta una saeta; para el amor, una flor. Así reza un dístico que el poeta adoptó como lema. Y no es que fuese ajeno a otros sentimientos. Los más delicados, los más íntimos, alternaron en su ánimo con las pasiones del revolucionario político. Constituirán la parte menos abundante de su lírica; pero no una parte insignificante, porque en ella todo es selecto.

El Idilio maremmano es otra de sus obras maestras; una maravillosa evocación de sus primeros amores, en medio de los azares de la vida del poeta. Es una imagen indeleble de la bionda María que, desde la lejanía de la adolescencia, sonríe aún a su espíritu fatigado, nel raggio del April nuovo che innonda, roseo, la stanza… ¡Con qué dolorosa ternura la recuerda el poeta! Nunca hubiera conocido el tormento de hacer versos; nunca hubiera sentido la tentación de descifrar el misterio del mundo: ¡Meglio era sposar te, bionda María!

Carducci ha sido, por otra parte, un afortunado innovador de las formas líricas. Ha llevado a feliz término una renovación ya intentada en la poesía italiana, la de acomodar a la lengua la métrica clásica.

Bárbaras llamó a estas composiciones (entre las que figuran algunas de sus mejores odas), porque juzgó que tal sonarían a muchos oídos modernos. La perfección de esos versos es tal que constituye una verdadera desesperación para sus imitadores. Las tan discutidas novedades métricas que nos ofrecen algunos poetas modernistas no son más que ensayos fragmentarios en parangón con la nueva versificación carducciana. Pero Carducci fue, además de un gran poeta, un gran maestro de literatura; fue más bien el maestro por excelencia en Italia. Su cátedra de Bolonia ha sido verdadera escuela para dos o tres generaciones de escritores y literatos. Carducci, como crítico, como preceptista y como historiador de la literatura, fue colosal; pero su fama de poeta, adelantándose a la de prosista erudito, impidió que, en este sentido, fuese conocido lejos de su país ese Menéndez y Pelayo italiano.

[…] De la universidad boloñesa, de su cátedra, hizo un cenáculo adorable. Ya decrépito, iba de vez en cuando a la modesta aula, buscando un grato alivio a su senectud. Todavía conservaba en los ojos la vehemencia de sus mejores años, y en la cabeza leonina su arrogancia característica. La palabra se le revelaba a veces y entonces no podía reprimir su contrariedad. El Gobierno le concedió una jubilación decorosa; y su cátedra, que hoy desempeña otro poeta, Pascoli, se proveyó ad honoris causa, por respeto a su prestigio.

En Italia, todos, tirios y troyanos, le admiraban y veneraban. El viejo poeta ha descendido al sepulcro como un astro, y su pueblo le ha tributado honores de rey.

[Abc (Madrid), 20 de febrero de 1907; La Mañana (Las Palmas de Gran Canaria), 1 de marzo de 1907]

 

 

LA HORA DEL TÉ. CRÍTICA DE CRÍTICAS

LA MEJOR crítica es, a mi ver, la que revive cumplidamente la obra, ya acabada, de un artista. Esto ha hecho González Díaz en un excelente artículo sobre la poesía de Tomás Morales, sin quererlo tal vez, pues el artículo contradice en alguna manera ciertas premisas dogmáticas sobre la crítica que se sientan al comienzo de él y que me hacen temer que el escritor es todavía partidario de la crítica preceptista, o que no concibe otra.

Sobre este punto hay que hablar de una vez claro, pongámonos o no de acuerdo; tanto más cuanto que hay gente que no admite ver ese arte de la preceptiva y, sin embargo, profesa una crítica preceptista. Quizá el señor González Díaz sea uno de tantos.

Desde el momento en que se desecha el empirismo de la retórica, es decir, de las reglas, deducidas de las obras maestras conocidas, hay que reponer la esencia del arte en el lirismo, que es la libertad (palabra, hay que reconocerlo, un tanto peligrosa, porque abusan de ella los libertinos). Y si las reglas no han de servir al artista, ¿por qué ha de ajustarlas el crítico? ¿Por qué no ha de ser la crítica también, en cierto modo, lírica?

Así es. La crítica es un arte y el crítico un artista: artista crítico, entiéndase bien, no artista profesional del arte que juzga. Los poetas suelen ser medianos críticos de poesía. El entusiasmo sereno, el gusto consciente, son las potencias de su alma. Sin ellas no se puede revivir una creación de belleza.

No por esto se desvirtúa la esencia de la crítica, que sigue siendo lógica, es decir, conceptual. En el fondo de toda crítica hay un juicio. ¿Cómo formarlo faltando uno de sus elementos, las reglas? Este es el punto vacilante de la cuestión, y hay que afrontarlo. La misma naturaleza de la obra determina sus peculiares leyes. ¿Se cumplen? La obra es entonces acabada. Media entre la concepción y la expresión externa una labor en que el artista triunfador sucumbe. Tarea del crítico es averiguarlo. Por eso el crítico debe empezar por ensimismarse con el artista.

No presumo de haber sentado una doctrina, pero creo haber tendido un hilo donde asirse (yo el primero), para no perderse en este laberinto del concepto de la crítica.

[Diario de Las Palmas, 25 de mayo de 1920]

 

 

LECCIÓN DE ESTÉTICA NÚM. 1

PREÁMBULO

Estas, queridos alumnos, que podéis llamar, si queréis, Lecciones de Estética, son el fruto de lo que he aprendido en la Escuela y de lo que la Escuela me ha hecho aprender, por más que no haya sido yo un verdadero alumno. La Escuela me ha enseñado también a mí, no lo dudéis. Más que a enseñaros, vengo a verter lo aprendido entre vosotros y por vosotros.

Ahora bien, me asaltan muchos temores que pueden resumirse en uno: el temor de desorientaros. Si yo, con estas charlas pedagógicas, no logro otra cosa que confundiros o desorientaros, no sólo he perdido mi tiempo y he malogrado mis intenciones, sino que he rematado una mala obra. No permita Dios que así sea.

Me propongo precisamente lo contrario, es decir, esclareceros la idea del arte; pero veo el peligro. La estética ha sido siempre más bien dañosa a los artistas porque, entendedlo bien, el arte no ha necesitado nunca de la estética, que es una ciencia moderna y, en cambio, la estética presupone el arte, que es su materia. De manera que el conocimiento de la estética no producirá nunca un artista; en cambio, puede estropear a un artista cuando es tratada, como ordinariamente acontece, por filósofos que no han logrado comprender el arte.

[…]

UNIDAD DE LAS ARTES

Ante todo deseo que desechéis toda idea de especialidad en arte. Para la estética no hay artes, sino arte. Yo hablo a escultores, a pintores, tal vez a escritores, y sé que cada cual de vosotros cree que su arte es independiente. Es un error. El arte es uno, con diversos medios de expresión. La misma naturaleza estética tiene la arquitectura que la música; la misma crítica se emplea en la poesía que en la pintura. Os parecerá un tanto caprichosa esta aserción; pero me permito esperar que estas lecciones os convencerán de su verdad. Estuvo muy en boga hace tiempo la teoría de los límites de las artes. Era una estética falsa, a pesar de que la sostenían pensadores extraordinarios. Yo recuerdo, y ahora me sonrío de ello, que en mi clase de estética el profesor nos propuso un día un temita muy académico por cierto: discutir cuál de las artes era la superior. Me dio mucho que pensar, y, a vuelta de muchas cavilaciones opté por la música. El pleito quedó reducido a la música y la poesía. Nadie se acordó de las demás artes, que por lo visto parecieron inferiores a mis compañeros.

Pues bien, aquella mentalidad procedía directamente de la teoría de los límites de las artes. Y ¿queréis decirme cuáles son estos límites? ¿Dónde acaba el dibujo y empieza la pintura? En un monumento, ¿dónde acaba la arquitectura y empieza la escultura? ¿Dónde acaba la poesía y empieza la música? Yo sé que os resulta violenta esta idea y que os cuesta trabajo aceptarla. Aceptaréis, tal vez, que hay artes hermanas, que forman parejas: música y poesía; arquitectura y escultura, por ejemplo; pero no pasaréis de ahí. Me objetaréis que hay pintores insensibles a la música, y músicos insensibles a la pintura; escultores insensibles a la poesía y poetas insensibles a la escultura. Está bien; pero estos son argumentos de poca monta. Lo que importa es saber que toda obra de arte expresa un estado de ánimo del artista. Lo mismo expresa el músico que el pintor, el arquitecto que el poeta. Los medios de expresión son varios, infinitos, si queréis; pero sería un error establecer abismos entre las artes por los medios de expresión. Todas las artes se funden en una unidad espiritual, y una obra arquitectónica, por ejemplo, tiene el ritmo de la música, la aspiración de la poesía, el claroscuro de la pintura, la elocuencia estática de la escultura; y una obra de escultura tiene proporciones arquitectónicas, visualidad pictórica, armonía musical, dramatismo poético; la poesía canta, modela, pinta y construye. No hay arte con privilegios estéticos. No hay artes exclusivas.

EXPRESIÓN

Es pues, el medio de expresión lo que da denominador distinto a las artes, pero no sustantividad, lo que les da sustantividad es la expresión misma. Donde quiera que hay un medio de expresión hay un elemento de arte; y, en este sentido, podemos decir que todos somos artistas, porque todos expresamos. Los medios de expresión no podemos reducirlos a cantidad. No son solamente la línea, el color, la sombra, la masa, el sonido, la palabra… lo son también el gesto, la mirada, la sonrisa, el ceño, la actitud, la quietud, el movimiento y hasta el silencio. Todos somos artistas en cuanto podemos expresar estados de ánimo; y en cuanto a la palabra, el medio de expresión por excelencia, ya es por sí misma arte. Se ha dicho que cada palabras es una metáfora, formada a presión de atmósferas seculares, es decir, que cada palabra envuelve una traslación de sentido, que la palabra hijo, por ejemplo, filius en latín, es transformación de una raíz fil, que significa amor, por lo que la palabra hijo, a través de siglos o de milenios de historia, viene a significar producto del amor.

Esta concepción unitaria del arte le presta una alta dignidad, porque le da un carácter de universalidad humana; y al mismo tiempo se la da al artista, y le salva de esa pedantería, tan propia de los artistas que, al dominar un arte, creen que poseen un secreto, que son poseedores de un enigma que los convierte en superhombres no comprendidos. No. El artista, evidentemente, está por encima de lo vulgar, porque el arte, al fin y al cabo, es sublimación; pero es sublimación de lo humano, de lo de todos, y, en función de la sociedad, el arte es una sublimación de lo popular. No sé si sería acertado afirmar que el arte es superexpresión. Dejemos en el aire, pero no en el vacío, esta palabra, por si nos ayuda a fijar la naturaleza del arte.

EL ARTE COMO LENGUAJE

No es extraño, pues, que se haya sostenido que el arte es lenguaje, lenguaje universal, se entiende, el único lenguaje universal posible, el que comprenden todos los hombres. Se os ocurrirá, sin duda, objetar que la poesía, arte que se expresa con las palabras acotadas de un idioma determinado, necesita ser traducido para que la comprendan los hombres que hablan un idioma distinto. Indudablemente. Pero el argumento es ilusorio. Son las palabras las que cambian. La poesía en sí es intraducible porque siempre está traducida. La imagen poética, que es el verdadero medio de expresión en la poesía, pasa inalterada, es decir, intraducible, de un idioma a otro; si el poeta dijo en italiano describiendo una noche serena que la luna parece colgada entre los huertos del campo, esta imagen nítida, expresión feliz de una visión poética, la entenderán igualmente el ruso o el holandés, naturalmente con las palabras propias de su propio idioma.

[Texto manuscrito, Archivo de Manuel Doreste Suárez, 1922]

 

SEÑORAS Y SEÑORES:

No podemos, no debemos olvidar que hemos nacido y que vivimos en la patria natal de Galdós; no podemos olvidar que somos paisanos de Galdós por doble vínculo, como españoles y como canarios. Es motivo de gloria que nos enaltece y que nos confiere cierta preeminencia en el afecto y en la devoción hacia el maestro, pero que no nos obliga a rendirle un obsequio inconsciente e irracional. A Galdós debemos ante todo la sinceridad, que es la mejor manera de honrarle. Hay quizá que romper el cliché de Galdós; tal vez hay que abolir la idolatría galdosiana, a mayor honra del maestro, porque del ídolo al maniquí no hay más que un paso.

Esta noche vamos a escuchar una de sus obras más celebradas, La loca de la casa; y asistimos a esta representación en actitud de homenaje.

[…]

Unos a otros nos susurramos un resentimiento que parece que tenemos los canarios para con Galdós, el que este, ni como escritor ni como hombre, mostrara el menor interés por su tierra natal. Yo no sé hasta qué punto a un artista pueda exigírsele un derrotero afectivo. La especial actividad de don Benito le alejaba espiritualmente de nosotros. Don Benito profesaba el error casi universal de su tiempo, uno de esos grandes errores, quizá vitales a pesar de ser errores, porque tienen en sí eficacia bastante para cambiar una vida y para mudar un estado social o político. Para los españoles modernos de aquel tiempo, España era Madrid, sencillamente, MADRID. Las provincias figuraban, como cortejo de Madrid, en plano inferior, muy inferior, en el plano de la España pintoresca; y Canarias no presumía entonces ni aún de provincia o región pintoresca. Era la que después hemos llamado España invertebrada. Galdós vivía y colaboraba entre los fautores de ella; y como primer español era también primer madrileño.

De don Benito ideólogo, el que dividía al público de su tiempo en dos bandos, igualmente exaltados, de admiradores y detractores, y el que todavía nos divide, aunque no con las pasiones de antaño. ¡Cuánto se podría decir, si no tuviera que encerrar estos conceptos en el medallón de unos minutos! ¡Cuánto se podría decir, no en loor incondicional ni en censura partidaria, sino en justa alabanza, con las no menos justas reservas! Era un tiempo el suyo en que se padecía una especie de azoramiento por la suerte de la libertad política, ganada a fuerza de sobresaltos. Era una obsesión el sentimiento de la libertad, de la libertad cuyos excesos no podían curarse sino también con libertad. Quizá fue necesario que la libertad, para encarnar de algún modo en las conciencias y en las costumbres españolas, tuviera que pasar por este estado de mito. En este intervalo mitológico de la libertad, don Benito fue el campeón de ella, contra cuantos la combatían o minaban, descubierta o solapadamente. Y como toda cuestión de política fundamental lleva consigo una cuestión social, y toda cuestión social encubre una cuestión religiosa, Galdós fue arrastrado a esta, si es que no sentía también hacia ella una atracción irresistible. De ahí su insistencia en plantear problemas y conflictos de cariz religioso, aunque no con carácter de problemas de conciencia o meramente humanos, sino en función de los problemas políticos, y mejor dicho, de la política española.

Vais a ver La loca de la casa, alguna confirmación de todo ello.

[…] La loca de la casa es toda una obra de arte, una alta concepción estética. Y tocamos ya en el Galdós artista, del que últimamente se ha dado juicios despiadados. Yo creo que, sobre todas las apreciaciones, Galdós ha de resistir el mal humor crítico que produce la versatilidad de los tiempos. Hay en el conjunto de su obra una permanencia que seguramente le viene de su cimentación histórica. Galdós no fue un literato, es decir, que no tomó nunca la literatura como fin de sí misma. La puso, al contrario, al servicio de altas ideas, intensamente vividas. Todo en él es honradez: nada de acrobatismos ni de vacuos formalismos. Su tiempo está en él de cuerpo presente y su visión de la vida española tiene algo de formidable. La serie de sus tipos tiene también una perspectiva que parece infinita. A todos los sorprendió en la vida ordinaria y en la heroica, en mangas de camisa, como si dijéramos; y de ello resultó una visión de España en traje de casa. España real y grande, que seguramente el tiempo no hará más que agrandar.

Y ahora volvamos al Galdós nuestro, al de la deuda de familia, y volvamos con toda complacencia, porque en la vida ciudadana se ha sucedido, por fin, un momento favorable a la memoria de Galdós. Por fin ha llegado el término de unos emplazamientos enojosos; por fin veremos emplazado el monumento en la ciudad, veremos la estatua del maestro, colosal y desnuda, sobre el fondo azul del mar. Este es nuestro Galdós: colosal, como él es; desnudo, como le hemos de contemplar.

He dicho.

[Discurso manuscrito, Archivo de Manuel Doreste Suárez, 19 de noviembre de 1928]

 

FLORILEGIO

LA ESTRELLA COMPASIVA

Acabó el día, de fatigas largo.
Anochecía, y en el antepecho
de mi balcón, la lucha preparaba
de otro día, que aún no había nacido.
La inmensidad serena de los cielos
momentáneo reposo me brindaba:
sobre el alero negro del tejado
se levantaba Sirio, parpadeante,
Ganoso del Zenit. Le miré absorto,
envidiando la augusta lejanía
del humano dolor en que rutila,
sólo un momento fue, Sirio parose
en su ruta triunfal: quizás detúvole
infinita piedad del dolor mío.
Mas, su camino reemprendió pausado
hacia los horizontes, compasiva,
la dulce estrella. Yo torné a las ansias
del día advenidero, y una lágrima
refrescó mi mejilla. Era el alivio
de la existencia, que duró tan solo
el mirar de una estrella.

[Florilegio (Las Palmas de Gran Canaria), 13 de julio de 1913]

 

TRADUCCIONES

EN LA PLAZA DE SAN PETRONIO

Surge en el claro invierno de la hosca Bolonia
almenada de torres, y el monte, nevoso, ríe.

Es la hora suave en que el sol moribundo saluda
tu templo, divino Petronio, tus torres

cuyo encaje tan largo aleteo de siglos lame,
y del sol solemne templo la solitaria cima.

El cielo en frío fulgor adamantino brilla
y cual velo argentino el aire yace

sobre el foro, y leve diluye las sombrías moles
que alzara el escudado brazo de los abuelos.

En las altas cornisas detiénese el sol, oteando
con violácea y lánguida sonrisa

que en la oscura piedra, en el hosco bermejo ladrillo
despertar quisiera el alma de los siglos;

y por el aire terso un deseo triste aviva
de rojos mayos, de cálidas tardes olorosas

cuando gentiles damas en la plaza danzaban
y tornaban los cónsules con los reyes vencidos.

Tal la musa, huyendo, sonríe al verso que tiembla
al anhelo vano de la antigua belleza.

[Traducción del poema “Nella Piazza di San Petronio”, de G. Carducci, Ecos (Las Palmas de Gran Canaria), 12 de julio de 1917]

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edit. 1975
Catalina Park (edit. 1975), Orlando Hernández Martín.

De La promesa, fiesta en el pueblo

1996
La promesa, fiesta en el pueblo (1996), Orlando Hernández Martín.

De La verbena de Maspalomas: comedia canaria en dos tiempos

1993
La verbena de Maspalomas: comedia canaria en dos tiempos (representada en 1993), Orlando Hernández Martín.

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1980
El hechizado (representada en 1980, edit. 2017), Alicia Hernández Martín.

De Teo juega al tenis con las galaxias

1974
Teo juega al tenis con las galaxias (estrenada en 1974, edit. 1975), Orlando Hernández Martín.

De Cigüeñas en los balcones

1974
Cigüeñas en los balcones (representada en 1974, edit. 2017), Orlando Hernández Martín.

De Zarandajas

1973
Zarandajas (estrenada en 1973, edit. 1974), Orlando Hernández Martín.

De El encuentro

1972
El encuentro (estrenada en 1972, edit. 1974), Orlando Hernández Martín

De Frente a la luz

1972
Frente a la luz (1972, edit. 2017), Orlando Hernández Martín

De Prometeo y los hippies

1970
Prometeo y los hippies (representada en 1970, edit. 1971), Orlando Hernández Martín

De Fantasía para tres

1966
Fantasía para tres (representada en 1966), Orlando Hernández Martín

De …Y llovió en Los Arbejales

1968
Y llovió en Los Arbejales (1968), Orlando Hernández Martín

De La ventana

1963
La ventana (1963, edit. 1972).

De Tierra de cuervos

1966
Tierra de cuervos (1966 y 2017)

De El barbero de Temisas

1962
El barbero de Temisas (1962), Orlando Hernández Martín
Pedro Álvarez de Lugo

Textos escogidos

Luis Alemany

Textos escogidos

Alfonso Amas Ayala

Textos escogidos

María Rosa Alonso

Textos escogidos

Graciliano Afonso

Prólogo de Carlos de Grandy a la primera edición de la Antología de Literatura Isleña

Álbum de Literatura Isleña

Lágrimas y flores. Producciones literarias

Victorina Bridoux y Mazzini

Textos escogidos

Textos escogidos

Juan Cruz

El Pensador

José Clavijo y Fajardo

Textos escogidos

Félix Casanova de Ayala

Textos escogidos

José Carlos Cataño

Textos escogidos

Félix Francisco Casanova

Textos escogidos

Bartolomé Cairasco de Figueroa

Textos escogidos

Víctor Doreste

Textos escogidos

Ventura Doreste Velázquez

Textos escogidos

Cecilia Domínguez Luis

Textos escogidos

Agustín Espinosa

Textos escogidos

Ramón Feria

El Espíritu del río (fragmento)

Juana Fernández Ferraz

Textos escogidos

Luis Feria

Textos escogidos

Ana María Fagundo

Textos escogidos

Pedro García Cabrera

Textos escogidos

Juan Manuel García Ramos

Textos escogidos

Emeterio Gutiérrez Albelo

Textos escogidos

Pancho Guerra

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Gaceta de Arte

Textos escogidos

Ángel Guerra

Textos escogidos

Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor

Textos escogidos

Tomás de Iriarte

DE Dado de lado (selección)

Juan Ismael

Textos escogidos

Pedro Lezcano

Textos escogidos

Elsa López

Textos escogidos

Pilar Lojendio

Textos escogidos

Ignacia de Larra

Textos escogidos

Domingo López Torres

Textos escogidos

Tomás Morales

Textos escogidos

Isabel Medina

Textos escogidos

Ángela Mazzini

Textos escogidos

Sebas Martín

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José María Millares Sall

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Arturo Meccanti

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Agustín Millares Sall

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Sebastián de la Nuez Caballero

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Antonio de la Nuez Caballero

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Pino Ojeda

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Sebastián Padrón Acosta

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Pedro Perdomo Acedo

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Manuel Padorno

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Eugenio Padorno

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Benito Pérez Galdós

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Mercedes Pinto

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Juan Bautista Poggio

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Carlos Pinto Grote

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Benito Pérez Armas

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Alonso Quesada (Rafael Romero)

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Olga Rivero Jordán

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Pepa Aurora (Josefa Rodríguez Silvera)

José Rivero Vivas

José Rivero Vivas

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Domingo Rivero

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Julio Antonio de la Rosa

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José María de la Rosa

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Jorge Rodríguez Padrón

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Alexis Ravelo

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Lola Suárez

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Natalia Sosa Ayala

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Fernanda Siliuto

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