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Cecilia Domínguez Luis

Textos escogidos

DEL LIBRO OBJETOS

VENTANA

Un fantasma
de espina diminuta
tiembla en la madrugada
sobre un pájaro herido.
No he olvidado su nombre.
El cristal es tan sólo
un pedazo de nube
que nos cubre la noche.
La calle se detiene
en la esquina azul verde;
el aire sabe a párpados de arena y ha empezado a llover
en la cortina.
La invisible pared
va deteniendo
nuestras huellas de niños
sin cascadas,
y desde el otro lado de la lluvia
alguien sueña
con alas de sirena.

 

DEL LIBRO PORQUE SOMOS DE BARRO

Siento cada latido de la tierra
en un compás de fuego,
y una raíz se hunde,
entre manos de hombre y la promesa
de árbol indestructible.
La voz que no renuncia
escala cada sombra,
acumulando claridades nuevas.
Golpes de mar lejanos,
que denuncian la roca, disgregando
su fin en cada orilla.
Aleteos de lluvia entre las piedras,
que no sienten el parto
de días intemporales.
Y me uno al viento de los vientos claros
de una montaña nueva,
y ruedo con la tarde, a la redonda
espera. Me sumerjo,
y habito cada hora en el péndulo,
hasta el segundo en punto
en que amanezco.

 

DEL LIBRO PRESAGIOS DE SUEÑOS EN LAS GARGANTAS DE LAS PALOMAS

En un deseo de sábanas rotas
y mareas cansadas
giran los planetas sin puentes.
Cae, en medio, la hora
y el hombre se recoge en el último sol
con lluvias de bronce que golpean las estatuas,
mientras en el silencio de los patios
se guardan las tardes olvidadas
bajo los helechos. Acaso los peces
duerman perdidos en alguna nube
y el barro forme un nuevo dios
sin alas
que recoja la luz.
Hemos olvidado los sueños en un escaparate
y las hojas oscuras caen sobre las manos
que entrelazan calles de sed.

Acaso un día
romperemos la piel de los adobes
y nuestros dedos
poseerán la espuma.

 

DEL LIBRO UN CIERTO SABOR ÁCIDO POR LOS DÍAS VENIDEROS

AT HOME

Hoy
que sólo siento un pedazo de vida colgado de mis dedos,
demasiado aturdida para hablarte,
te he dejado marchar
y he vuelto a correr las cortinas
bajo un sol que no sabe de
estaciones.
Ahora
prepararé una sopa de tortuga
y la derramaré sobre el parquet pulido.
El chapoteo de mis pies
y la ausencia de ojos asombrados
me volverán, impune,
a las horas desiertas y únicamente mías.
Otros, por menos,
han perdido su sombra del asfalto,
pero yo me resisto:
no dejaré la mínima huella
y cuando vuelvas
la cena y el parquet estarán a punto.
Te diré cualquier cosa:
que no ha ocurrido nada interesante,
que me he aburrido un poco
o que, al fin, he acabado la novela.
Luego me iré a la cama, con el libro de siempre
y una tisana fría.

 

DEL LIBRO VÍSPERAS DE LA AUSENCIA

ATROPOS

Dime si algún día llegarás con tu carruaje
y huirá con nosotros tu corazón contradictorio,
lejos de las temibles ciudades
y los océanos oscuros.
Si pasarás por nuestros sonoros corredores
y se prometen paraísos cariciosos y tibios.

Es cierto que tememos, en la penumbra, tu mirada vacía
y que no nos consuela saber
que estás detrás de cada pupila que sonríe.

Dime a qué hora llegarás, fingiéndote inocente,
a descubrir nuestros placeres furtivos
y a esperar en silencio
el primer temblor de quien te reconozca.
Dime si amas acaso
cuando cortas los hilos de tu infinita rueca.

—Y ella tejía, con una canción mansa,
nuestro ronco rumor—.

 

DEL LIBRO OTOÑO DE LOS DÁCTILES VELOS

LLEGADA JUBILOSA DE NMOSINE

Escuchamos su arribo feliz al puerto luminoso.
Huésped de la espuma y la hierba,
deposita su savia liberada
en el lecho de las pardelas.
Con el rostro desnudo a la calidez de los astros
reclama nuestro ronco temor,
el vuelo suspendido en la rama incolora del aire.

Mira la tierra
donde depositamos nuestra semilla triangular
que, apenas fruto, se desangra en el barro.
Y es que nadie se atreve a morder la manzana,
hemos olvidado las hermosas canciones
y negado el gesto y las voces del júbilo.

Ella asciende
sobre nuestras cabezas vencidas
y recuerda los salmos sepultados
en nuestros corazones silenciosos.
Nuestro deseo surge y se desata en lunas.
Toda la lluvia tiene la altura de sus ojos.

 

DEL LIBRO FÁBULAS Y OTROS DESCONCIERTOS

MUERTE DE UNA HORMIGA EN UNA NOCHE DE VERANO

Oculta bajo una hoja seca
descubre a la pareja que se esconde
entre los tarajales.
Espía sus perfiles unidos en la hierba
y espera que termine
la ceremonia cruel de los amantes.
En la quietud, elige
la piel dorada de la muchacha, y sube,
sigilosa y lasciva,
por sus piernas.
Ella, que aún no ha atravesado
una gota de agua,
se detiene en el poro que rezuma,
se deleita en su sal.
No llegarás jamás a la frontera
de sus muslos abiertos.
Él ya ha visto tu sombra
en la piel conquistada.
Risas sobre la hierba
y un nuevo abrazo bajo la noche cálida.

 

DEL LIBRO Y DE PRONTO ANOCHECE

ARRIBO

Amanece,
la nave llega a puerto.
La ciudad se abre al mar.
No olvidemos el árbol ni la fruta.

 

DEL LIBRO ASÍ EN LA TIERRA

VERANO

El mar nos dio su claridad primera
y dolían los ojos
contemplando las olas luminosas.
El sol, esa mañana, fue un resplandor marino
y olvidamos el árbol al recibir la espuma.

Era así la estación:
los labios y la sal reconociéndose
en su primer abrazo sobre el tiempo.

 

DEL LIBRO SOLO EL MAR

MAR EN REFLUJO

Anoche acariciabas, lascivo, los hombros de las dársenas.
A veces, en abrazo violento, las cubrías
y esperabas un aluvión de sed que reclamase, ansioso, tu oleaje.
Ella llegó, y se tendió, desnuda, sobre el lecho de arena.
Con los ojos abiertos, esperó tu deseo
cantando, con las piedras, las melifluas canciones
de las naves fantasmas.
La luna iluminaba su pubis ofrecido
y la hoguera engendraba, de nuevo, un ave fénix
que volase, sin tregua, sobre su piel despierta.
Entonces penetraste su cuerpo entre las algas tibias
y ella te amó, y se amaron, crueles e irredimibles,
con la angustia de amar
como se ama en el último instante de la vida.
El anuncio del alba te devolvió a la sed de las mareas
y, agotado de ardor, te retiraste al bajamar más hondo.

 

DEL LIBRO DOCE LUNES DE EROS

ENERO

24-25

SOBRE el lecho
un amante pregunta
por la caricia que lo aturde.
Una mano
desciende suavemente.

31

LA NOCHE ha sido hecha
para que los dioses lujuriosos bendigan nuestros cuerpos.
La mañana
nos descubre las huellas
sobre la piel que espera
a que llegue el ocaso.

 

DEL LIBRO PARA CRUZAR LOS PUENTES

XIII

He aquí el precio que fijamos
para cuando sea la hora
de atravesar el puente:
Mil estandartes ondearán
bajo las cuatro lunas
y pastarán cien bueyes
al pie de las colinas.
El humo de la hoguera
esparcerá su olor a ámbar y sándalo
y nublará los ojos
de los que aún nos miran.

Será al filo del día.
Sólo se oirá el mar.

 

DEL LIBRO MIENTRAS MADURAN LAS NARANJAS

Aquella mañana nos despertó un repique de campanas. Estaban tocando en todas las iglesias del pueblo. ¡La guerra había terminado! Mucha gente se echó a la calle y se organizaron desfiles donde iban los de la falange con el brazo en alto y cantando a toda voz la victoria de Franco y los suyos.

Nosotras permanecimos en casa y yo volví a sentir miedo. Todo había terminado pero, ¿y los tíos? ¿Regresarían por fin?

Tocaron a la puerta y yo me sobresalté, corno siempre. Cualquier golpe en la puerta era para mí el anuncio de algo malo y aquel día no me equivoqué. Habían apresado a mis tíos en Valencia. No les había dado tiempo a huir en un barco y ahora los devolvían a Fyffes.

—Al menos podremos verlos —dijo nuestra madre —. ¿Y Nicolás?

—No, a él aún no lo han trasladado.

El muchacho que había traído la noticia trabajaba con el antiguo jefe de mi tío Juan y nos informó de que había sido él quien lo había mandado con el recado.

— Dile que le estamos muy agradecidos —le dijo mi madre al despedirlo.

Fue muy triste no poder abrazarlos cuando aquel fin de semana pudimos ir a verlos.

Salieron juntos y nos sonrieron con una alegría que nos hizo olvidar por un momento que estaban presos. Pero allí estaba el muro y los dos metros de pasillo que nos separaban, y la algarabía de voces que apenas permitían comunicarnos.

—¿Están bien? ¿Seguro que están bien? —repetía mi madre.

Tía Amalia había llevado a Berta y a Daniel que, cuando vieron a su padre, abrieron mucho los ojos como si se asombraran de reconocerlo y luego, Daniel empezó a poner caras muy raras y rompió a llorar.

—Llévatelo fuera —me pidió mi tía a punto de llorar ella también.

Yo levanté la mano en un gesto de despedida y mis tíos, sonriendo, me dijeron adiós.

— ¡Adiós, muchachita, hasta la vista!

Cogí a Daniel en brazos, salí del empaquetado y respiré hondo. Había olvidado aquel olor a humedad y a rancio que sentí en la primera visita, hacía ya casi tres años, y el volver a respirarlo me produjo náuseas.

El soldado de la puerta me miró muy serio. Tenía el rostro muy moreno, como quemado por el sol de muchos días, los ojos hundidos y cansados, y apretaba los labios como si quisiera esconder algún secreto.

No me dijo nada. Solo me señaló un banco de madera que estaba adosado a una de las paredes del pasillo de entrada.

Me senté y puse a Daniel a mi lado. Aún lloraba y entonces lo senté sobre mis rodillas.

— Si dejas de llorar te cuento un cuento muy bonito de un niño y un caballo…

—Mejor es que lo saques fuera —me dijo el soldado. Y, por el temblor de su voz, pensé que él también estaba a punto de echarse a llorar.

Salí y fui hacia un descampado que estaba al lado de la prisión y, para entretenerlo, empezamos a coger piedras y a tirárselas a una lata oxidada que había por allí.

No pasó mucho tiempo cuando vi que estaban saliendo todos. Ya se había acabado la visita. Tía Amalia, del brazo de mi madre, se enjugaba las lágrimas con un pañuelo. Lupe tenía los ojos bajos y los labios apretados y Berta miraba a un lado y a otro como si buscara algo con desconsuelo.

—No te preocupes, Amalia. Yo iré con Maria. Hemos recogido firmas, hasta la del obispo. Seguro que lo conseguimos.

 

DEL LIBRO CUADERNOS DEL ORATE

1º MES

Háblame de esa alimaña que se vuelve tan mía cuando desapareces.
Mi ejército deserta cada noche, mi manada también.
Huyen de mis cantos marciales y hacen imposible mi victoria.
Entonces grito, y el eco que escucho es un aullido
que remonta las colinas del viento.
Amanezco en el lecho donde tu cuerpo es un vacío profundo en la mañana.
Mi imagen, invertida en el cristal, muestra mis garras que sostienen
el alma aún palpitante de los lobos.

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