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Juan Manuel García Ramos

Textos escogidos

Del libro Bumerán (1974)

Empieza esta noche Varón Dandy abandona estas islas y sumérgete en toda esa largueza busca otro pedazo de tierra donde se acabe la enfermedad la angustia el pensar y el pensar. Me ha parecido que se mueve algo, un hombre es posible por qué me tengo yo que preocupar se ha preocupado alguien por mí. Aléjate para siempre y cómprate ropa nueva y perfumes pero total es lo mismo, siempre será lo mismo y yo… mi tierra … Creo que es un hombre… Es un aire suavísimo y corre ligero, ligero, ligero Ana Carmen Rosa Luis Esteban ayer otra vez un cuartucho enfermo y para qué mañana es lo mismo Ulpio, yo no soy así y qué me vas a contar ahora déjalo Ulpio yo no soy así sé que voy a volver sé que voy a volver sé que voy a volver… Y… ¿Qué? Es lo mismo aquí estoy déjalo Ulpio yo no me parezco a ti tú sí hay gente que sí pero yo es que no puedo me llama me acorrala me va a perder y lo sé lo sabía entonces y me fui pero no voy a probar ahora cómo crees tú yo… No. Silbo y parece que alguien me acompaña y me paro y dejo de silbar y no, no hay nadie, nadie me acompaña, y me pregunto qué estoy haciendo yo aquí esta noche solo, bueno hay un bulto, hace un rato pareció moverse, es tarde, qué vine a buscar aquí, me acuerdo de· Ulpio cuando veo el mar, me acuerdo de Port Etienne y parece que estuve ayer, con mi pasaje y mi traje blanco cantando en las noches y viéndose abrir el mar delante de mí, y acordándome de lo que dejaba, soñé que volvía, y lo soñé al segundo día de viaje, qué iba yo a hacer allí y tú me lo dijiste, ¿huyes de algo?, y así era,
debí empezar por aclarar todo antes porque hoy no cambió nada, nada logré con mi huida, una huida cobarde, una huida con retorno es la huida de un cobarde, de un cobarde.

Pero, es tan corto el camino entre la decisión y el arrepentimiento que apenas lo he captado, he sido una cosa y he negado esa cosa tan rápidamente que pienso que lo que pensé antes y de lo que me arrepentí es algo absolutamente mío, soy yo, soy así y no lo pude remediar. Lo mismo que la ola que se ·repliega sobre sí misma, mis decisiones se enfrentan y me traicionan, yo soy un traicionado de mis decisiones, yo puedo ser yo, e inmediatamente ser mi contrario sin notarlo. Desparramados por la cubierta con las camisas blancas con viso, las axilas cansadas de sudar y con la cena todavía entre los dientes fumando el cigarro quitagustos tarareábamos canciones marineras recién aprendidas, canciones que cuando no las sabes bien bajas un poco la voz y murmuras algo hasta que llega la parte que conoces y es cuando de verdad subes la voz como afirmando tu participación, y así tantos días de viaje. Pensando cuando me iba camino de mi camarote que qué hacía yo en este barco con gente que acababa de conocer haciendo planes para la llegada, con gente que no se parecía a mí, con gente que traía alpargatas recién estrenadas y tan contentos, y mi cabeza que seguía dando vueltas y las miradas a la lejanía en una esquina de la proa y mi llanto silencioso y mis ganas de volver donde tenía que volver. ¡Qué vacío en todo mi cuerpo! La noche me acorralaba entre las sombras cuando dejaban de sonar las guitarras y las voces y mi voz se hacía silencio interior, y mi voz cansada ya de gritar en silencio se hacía silencio y callaba, silencio, silencio con la voz callada, y sueño, dormía en silencio la voz, mi voz en silencio, había dejado de articular y se hacía silencio … o …

 

Del libro Malaquita (1980)

MIRADA DE MALAQUITA

Verde-troceada, animal, congestión de asombro y bn1lo, la mirada que enseñaba, desprovista, de plano, de cualquier parecido a la inmundicia con que las lenguas y los rumores codiciosos la relacionaban.

La vimos irse por aquel tiempo en que las banderitas de celofán —a listas rojas y blancas, a listas azules y blancas, balanceantes, gastadas de color ya tal vez— de las fiestas de los barrios periféricos iban siendo arrancadas por los primeros vientos, una tarde confusa de estaciones, quemados ya, para las lluvias, los pastos de los extrarradios lejanos y aurorales. Cansada de hombrecitos alcoholizados y casposos de la noche, prendida al corredor de ventas, enjuto y destartalado, sin convicción, exhibiendo más una huida que la necesidad de marchar. Dibujando su rostro otro aplazamiento, el desatino de la cobardía, escondía un parpadeo triste y nervioso tras el impacto de su traje blanco y unos tacones excesivos. Mirada de malaquita, sobrenatural, tras la cual no le es difícil verse ceñida por la cintura, aplastada contra Ja pared, dibujada de zapatazos y escupitajos, de la sala de billares de la calle 32 ó 33, zafándose inútilmente de su primer patrón de gafas negras y empalagosa figura. Corroída por la fama de esa primera relación, intentando durante tantos años combatir esa imagen, comprender el grado de la voluntad que aportó o la estúpida resignación con que terminó aceptándolo. La pálida maquinación de los amantes para conseguirla, las veces que dudó de su sexo ante la frialdad que cada hombre la acrecentaba con sus caricias, con la idea incrustada de acabar pronto, hablar menos y marcharse a sus pringosas casitas a verse entre la seguridad de hijos registrados y esposas engordadas de inercia y desconsuelo. Andar sola a través del chumizo, de los barros pertinaces de los inviernos de la Mutadelsa, hirviendo de fiebre, hasta las farmacias cómplices en busca de remedios y regresar sola oyendo ofertas como relámpagos en su cabeza ida y su cuerpo involuntario, las primeras grietas verdes que surcaron su vientre y aquellas dos faltas que quiso desoír por quizá esa remota y formidable querencia de las mujeres de verse preñadas alguna vez. Pasear esa figura grotesca por los suburbios añadiéndole padres al que no tendría ninguno, evitando las penetraciones profundas que siempre terminaban siéndolo, soportando bufidos y vómitos, alientos de intestinos perforados, porque ahora los dientes importantes buscaban el pelo crespo de los pubis de las muchachas de Ghana que se habían puesto de moda en lo de Irma, encandilada durante todos esos meses de la desfachatez de su suerte.

Se columpian en su memoria los dos abandonos, esas dos claudicaciones alejadas que contempla fríamente: el cinismo que adivinó en las monjas del hospicio y que terminó por agradecerles al satisfacer la cuota voluntaria que aquéllas recibieron por ignorar las circunstancias de la entrega, una pañoleta ajada y descolorida, cansada tal vez de recorrer  trayectos parecidos, la ausencia de esa culpabilidad que el  resto de las compañeras le habían maliciosamente adelantado y que ella, al menos durante todos aquellos primeros meses posteriores al parto, desconocería, porque era vivir lo que ahora deseaba, desasirse de todas las humillaciones que el embarazo le produjo, buscar de nuevo la compañía de un hombre que le demostrase que todos no terminaban siendo iguales, buscar la calma relativa de la casa de Marcantoni que había venido solícito a ofrecérsela, «Lo sabes. Tu cuerpo, esos ojos, no tienen que estar por los bajíos de lo de Irma, o los cafetuchos de la Mutadelsa. Yo voy a hacer de ti lo que mereces. Pero ahora debes descansar». La honda sensación de que algo empezaba, de que la vida, por primera vez, valía la pena vivirla. Fue el tiempo en que ya no fueron las puertas batientes de los bares de Princesa Xenia o Relojeros, ni los emplastes de los inviernos entre las casitas, sino los sillones mullidos de los automóviles silenciosos y brillantes aparcados frente al chalet discreto de Los Bajos, mucho más cerca de la civilización de Los Lavaderos y de las gentes, el tiempo de aquel hall en el que Marcantoni siempre nos aconsejaba hablar bajito y de asuntos que nada tuvieran que ver con nuestro trabajo, de habitaciones espaciosas donde no había que soportar la presencia del bidé profesional o el alcahuete de turno, onanista y mirón. El del Marcantoni fino y cariñoso, de noches en su habitación queriéndonos sin miras ni propuestas: «A veces, he llegado a pensar que más que un tratante del sexo, lo soy de compañía. La gente cada vez está más sola, está claro. Vienen aquí a buscar lo que tú y yo ahora nos concedemos sin tomarnos la molestia de darle nombre”.

 

Del libro Imaginario de Gabriel García Márquez (1984)

Y en Crónica … va a privar paradójicamente una vieja tarea inmortalizada en un giro popular y redundante: contar un cuento. Narrarnos no bajo la amenaza del misógino monarca de Sasán, imponiendo a Scharasad un relato nocturno y salvador, sino por el aparente, solo y tenaz placer de narrarnos. Deshilvanar un sumario —el correspondiente al asesinato de Cayetano Gentile Chimento (Santiago Nasar, en la ficción) consumado por los hermanos Chica (los Vicario), el día 22 de enero de 1951 en el Departamento de Sucre. Reconstruir a través de testigos y amigos el triste final de Gentile, tal es la labor de este nuevo García Márquez erigido en narrador-recopilador, en «insolente» cuentero que no duda, en ningún momento de las desahogadas 139 páginas de su obra, en asistirse de materiales y de voces de una diversidad que alcanza lo doméstico —utiliza el testimonio de algunos de sus familiares más cercanos— para perspectivizar este suceso de cuerpos que no sólo nos ha devuelto la novela sino la denuncia judicial que ocasionó su misma publicación.

GGM dispone en esta última obra dos líneas de intervención. Una, desde el estilo, ya comentada: lenguaje directo, una sintaxis plegada más a la información a secas que a la flamígera verbosidad, humor, coloquialismo. Otra segunda línea que tiene menos que ver con su propia trayectoria y que dimensionaliza la experiencia que constituye Crónica… en el marco de la actual narrativa iberoamericana. Si es Faulkner, como hemos dicho, el autor guía de una parte considerable de las elaboraciones de Rulfo, Onetti, García Márquez, a la hora de extraer influencias, digamos vecindad meditativa, en Crónica…, no podemos distraer la vista de nuevo de los narradores norteamericanos últimos. Crónica… es lo que Truman Capote denominaría una «novela real», un concepto no sólo puesto en circulación por él, sino practicado en su ya lejana A sangre fría y en su reciente Ataúdes tallados a mano. Una manera de hacer narrativa no desoída por autores como Norman Mailer o Tom Wolfe, y que constituye una síntesis específica de periodismo y literatura, de reportaje y ficción.

 

Del libro El inglés. Epílogo en Tombuctú (1991)

Leí en alguna parte que escribir podía considerarse en ocasiones un ejercicio de autodestrucción. Continuamente me he preguntado si no hacerlo no implicaría mayor riesgo, sobre todo para aquellos que anhelándolo nunca lo consiguieron. Carlos Asturias Harrow siempre me hizo albergar esta duda. Vivir su vida tal vez me hubiera ahorrado ahora invocarla; ciertas existencias no encuentran mayor placer que el de extenuarse a sí mismas.

Yo fui uno de los que pudo verlo un octubre regresar altivo a La Comunidad, queriéndonos decir que los años de ausencia le habían convertido., infaliblemente, en otro. Y lo que muchos tomaron como altanería, yo supe desde el principio, tengo que confesarlo ahora, que era una tormentosa inclinación hacia el descreimiento: sus desplantes no fueron nunca el resultado de un estadio de superioridad, suponían exclusivamente la mera derrota asumida. Escribir ahora sobre ello me trae a la memoria una cifra infinita de autores negativos que trabajaron con tenacidad el pesimismo y la aniquilación lenta, sin embargo uno no puede eludir determinados tópicos al adentrarse en algunas vidas.

Quizá los signos de la derrota humana ofrezcan un arco de variaciones menos extenso que el del éxito y la felicidad. Lo cierto es que escribo con demasiados formatos a mano, tantos que no puedo dejar de pensar en la inutilidad de lo narrado, en la inconsecuencia de recorrer nuevamente un destino.

Me consta, por las abundantes conversaciones mantenidas, que Carlos Asturias zanjó esta incertidumbre desde muy pronto. Para él la literatura, que tanto amaba, la filosofía, de la que lamentaba comer, eran territorios muy limitados, tanto como la vida misma. Sostenía que todas las posibilidades de conducta humana estaban agotadas y que escribir una novela a la altura de este tiempo era un burdo ejercicio de oportunismo, de búsqueda de una inmortalidad trasnochada. Lo extraordinario radicaba, desde Rimbaud, en vivir sinceramente las vidas, asumirse a diario en cada una de nuestras apariciones. Morder el polvo de la rutina y, luego, gozar releyendo a los clásicos, sumergiéndonos en esas pocas metáforas que Borges presumía haber descubierto en todas las historias de las literaturas del mundo.

Un rayon blanc, tombant du haut du ciel, anéantit cette comedie día a día, solía repetirnos en las tertulias de mi librería, cuando al final de las tardes deseaba cerrar una discusión que ya para él nacía sin importancia. El veredicto de Rimbaud era su bajada de telón, una suerte de adiós ingenioso que disipaba ánimos y posiciones y de cuya eficacia jamás dudó. Dejándose mojar por las gotas pertinaces que descendían limpias de las gárgolas de tea, se adentraba entonces en Descubridores, la calle que dividía la ciudad en dos épocas. Al fondo, el Distrito 2 cobraba vigor con la tarde de cielo de acero y ventanas rojizas.

 

Del libro La seducción de la escritura (1992)

Para el novelista austríaco Peter Handke, autor de Carta breve para un largo adiós, —una de sus más tempranas y de sus más acertadas novelas— el ansia de encontrar la justa escritura puede trasladarnos con facilidad a la demencia.

En una reciente entrevista, concedida a Enzo Scolari, Handke afirmaba: «Nosotros estamos en el mundo, y el mundo en nosotros. Pero la escritura no revela el misterio del mundo: le da plenitud».

El hombre es habitado por el fracaso desde su mismo origen y desde esos primeros e inciertos tanteos ya deseó garabatear sobre superficies de toda índole el tamaño de su estupor. La historia dela escritura es Ia historia de una desolación inaceptada. El hombre salta por encima de su incapacidad para justificar su «ser mismo» y al inscribir su destino emula a los dioses, que no son sino su prolongación imaginaria; rivaliza con ellos. Todavía para Platón los nombres primitivos de las cosas provienen de una potencia superior, ajena a las criaturas terrenales.

Los caracteres de la escritura egipcia son para los griegos «jeroglíficos», de iɛρós: sagrado, santo, divino; y γλvφω, esculpir, cincelar, grabar. Son escritura divina.

Pero mucho antes de que el filósofo ateniense sistematizara en sus diálogos el pensamiento de Sócrates y mucho antes también de que las dinastías faraónicas se sucedieran en las orillas del Nilo, el hombre ornamentaba sus cavernas con representaciones que remiten por igual al origen del arte y a la protoescritura.

La escritura como tal, tiene 6.000 años de edad, el alfabeto 3.500 años y la imprenta apenas
medio milenio.

Desde las primeras pictografías de los habitantes de África, de Asia septentrional, de América central y de Oceanía, a los tipos intercambiables de metal de la Biblia de Gutenberg, el hombre persiguió el mismo propósito: el de perpetuar la memoria de sus conocimientos.

«Habiendo un hablar, ¿por qué el escribir?», se pregunta la ensayista María Zambrano.

Escribimos para salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio, y para conducirlas hacia lo perdurable. El hombre escribe para dejar un testimonio de su tiempo y de la deuda que reconoce con los tiempos que lo precedieron. La escritura es la memoria colectiva.

Las pinturas de Lascaux o Altamira, las tablillas encontradas en Fenicia, posibilitadoras del hallazgo del primer alfabeto, la Piedra Rosetta hallada por los franceses en el delta del Nilo y hoy depositada en el British Museum, un pensamiento de Pascal, un tomo de historia de Arnold J. Toynbee, Cien años de soledad, o un reportaje de Norman Mailer sobre la América de nuestros días, son manifestaciones de un mismo afán comunicador.

En un momento no muy lejano del devenir de nuestra cultura, bajo el rótulo de géneros literarios llegaron a cobijarse dominios discursivos, hoy tan cantonalizados, como la poesía —lo que hoy denominamos literatura— y sus tres géneros: épico, lírico y dramático; la didáctica, entendida como la exposición artística de la verdad con el fin de enseñar y depositaria del patrimonio filosófico, histórico y crítico-estético; y la oratoria, en sus modalidades de discurso político, religioso, artístico, etc.

Todos esos espacios de la fundamentación cultural estaban reunidos en torno al concepto de «géneros literarios», y la literariedad de todos ellos la otorgaba una concepción ciceroniana de la literatura como escritura. Literatura como suma de escritos de una época, de un país, de una región. Literatura como arte de escribir en oposición a los usos funcionales y ordinarios de la escritura sin más. Literatura como «Weltanschauung», como concepción del mundo y de la vida fundada por los textos de una cultura particular en un tiempo preciso. . .

Pero esa convivencia de dominios discursivos tan diversos sólo fue posible en manuales que tenían de la literatura un concepto excesivamente colonizador. Todo lo escrito con una finalidad estética era Literatura: La epopeya homérica, las odas de Píndaro, los discursos parlamentarios de Demóstenes o Cicerón, El Cantar de los Cantares, El Eclesiastés y los diálogos platónicos, la Historia de Herodoto y las tragedias de Sófocles.

Y esto es así hasta bien entrado el siglo XIX. Fueron los románticos alemanes los que prepararon el camino unas décadas antes. La literatura dejó de ser a partir de ese momento un sinónimo perfecto de la historia escrita de la civilización y se propuso una delimitación de su especificidad, de sus propias leyes frente a otros discursos como el histórico, el filosófico, el religioso, el político, junto a los que había nacido y crecido. El núcleo central de ese nuevo arte literario ha de hallarse en los géneros tradicionales de la épica, la lírica y la dramática, en todos los cuales prevalece la fantasía, la ficción y un uso especial del lenguaje.

 

Del libro Ensayos del Nuevo Mundo (1993)

Al igual que en 1492 se produjo el descubrimiento de América y quedó abolido el concepto ecuménico del mundo medieval, y el descubrimiento de una nueva España, la de los estados modernos, la de los absolutismos que enterraban a los poderes feudales, la de la Reforma y la Contrarreforma, en 1992 estamos a las puertas de un nuevo desafío. Las profecías y los buenos deseos han sido revelados por la ciencia proyectiva. Sabemos que en los próximos años el Producto Interior Bruto de los países desarrollados se alejará de los países en vías de desarrollo, que las nuevas tecnologías —la información y las comunicaciones, las ciencias de la vida, la energía…— incrementarán las diferencias de nivel de vida y poder adquisitivo de los habitantes de los pueblos  ricos y de los pueblos pobres del planeta.

Desde el conocimiento de estas predicciones, se trata de construir un futuro menos desesperanzado. Europa ha puesto manos a la obra y los estados del ámbito iberoamericano han protagonizado un primer encuentro promisorio. El absolutismo del Imperio de Felipe II puede hoy constituirse en el internacionalismo integrador del imperio de la razón de la modernidad.

La última década del siglo XV y las primeras del siglo siguiente supusieron para Europa y la América Hispana, para el mundo de Nicolás Copérnico y Erasmo de Rotterdam, del citado Maquiavelo y de Leonardo, una comunicación en todos los órdenes de la existencia por ellos experimentada. Cinco siglos más tarde seguimos a las puertas de algunas oportunidades perdidas que el genio de los hombres no alcanzó a vislumbrar. El sino de continuar pensando en un futuro que a todos nos toca construir. Con nuestros sueños y nuestras vigilias, nuestros esfuerzos y nuestras perezas, con la imaginación y el raciocinio, la magia y el frío discernimiento.

Desde las noches y los días, las rutinas y los júbilos, tanto la América de Marti como la
Europa de Winston Churchill siguen descubriendo sus afinidades: Góngora y Sor Juana, Mallarmé y
Huidobro, el Indio Fernández y Luis Buñuel. Casi todo se encuentra dispuesto para volver a
empezar y a veces la historia nos ofrece la imagen limpia de nuestras viejas obsesiones. El pasado y
el presente cara a cara. Como nos ha recordado la profesora Pérez Samper en un manual sobre el
periodo renacentista, no es casual que el Tratado de Adhesión de España a la CE se haya firmado
ante la estatua de «Carlos V dominando al Furor», obra de Leoni alojada en el Museo del Prado, ni
que la primera acuñación simbólica del «ecu» lleve la efigie del mismo emperador.

Los símbolos del presente nos remiten a las aplazadas tareas del pasado.

 

Del libro Por un imaginario atlántico. Las otras crónicas (1996)

“Europa, nación confusa”, escribía el historiador Henri Hauser. Para él, Europa era un mundo doble o triple, formado de seres, espacios diferentes y diversamente trabajados por la historia. ¡Cuánto razón tenía y tiene!

Germanos-eslavos, Europa romana-Europa bizantina, Europa continental-Europa oceánica: la historia del continente ha sido dominada por estos grandes antagonismos, a los cuales vino a añadirse el existente entre la Europa liberal y la Europa no liberal. No hay una Europa, sino Europas…

El mundo atlántico de la lengua española ha luchado desde el siglo XV contra la desintegración anímica y espiritual, y en ese combate los canarios hemos sido una fuerza de choque de élite, no por obligación ni falso voluntarismo, sino por convicción.

Allí donde las instituciones políticas fracasaron, el proyecto común de la imaginación y de la creatividad prevaleció. El inconsciente colectivo de los pueblos de las Españas y de las Américas nos acerca sin mayor esfuerzo.

Mito es el nombre de todo lo que no existe y solo está presente gracias a la palabra, sentenció Paul Valéry. La palabra de la literatura ya está dicha, ahora solo cabe que los hechos le concedan la razón o no. Una Atlántida de mutuos intereses construida con los deseos de integración expresados en la Cumbre de Guadalajara, México, en el mes de julio de 1991. La primera cita de la historia para recomponer el puzzle iberoamericano pendiente.

Canarias sigue con desconsuelo esa nueva oportunidad de diálogo, y en ningún momento ha dejado de pensar en su vocación atlántica y americanista. No nos cuesta hacerlo. Esa memoria genética a la que aludíamos al principio, nos sitúa al lado de los que siempre estuvimos. La literatura se nutre de la vida y, muchas veces, también crea la vida.

Con relación al pensamiento eurocentrista, Canarias y América fueron antes territorios de ilusión que realidad; que geografía e historia. Esa circunstancia nos ha hecho con frecuencia marchar juntos y sentir la lejanía y la orfandad de tutores culturales impuestos, sufridos o celebrados. Los tiempos han ido moldeando nuestros pareceres en una contigüidad más del corazón que de la cercanía física.

Los canarios miramos hacia América con una facilidad y una complicidad de viejos amigos. Homero, Hesíodo, Platón, Isidoro de Sevilla, Las Casas, la Venecia del Renacimiento, la misma Isabel la Católica y autores como el citado Giuliano Dati, Anchieta, Melián de Betancurt, Tomás Morales, Carpentier, Loynaz, Antonio Benítez Rojo, Abel Posse, Augusto Roa Bastos, Graciliano Afonso, Mercedes Pinto, Josefina Plá, Nivaria Tejera, José Antonio Rial, y tantos otros, soñaron y escribieron sobre una Canarias y una América conciliadas por el mito, la historia y la literatura. Los creadores perseveran en la construcción de esa tierra prometida, en ponerle puertas a un campo sin límites con las palabras a su alcance. En restituir, desde el placer y el dolor de la escritura, la cartografía onírica de los paraísos grecolatinos.

Lo voy a repetir de nuevo: necesitamos los mundos soñados para descubrir las soluciones del mundo real en el que habitamos y deseamos seguir habitando.

Los canarios y los americanos éramos el lado exterior e insondable de las Columnas de Hércules (los «oceanizados» por la Antigüedad clásica) y ahora somos la gran mayoría de los trescientos millones largos de hablantes que trabajan, sufren, sonríen y leen en la misma lengua.

Los ocho bisabuelos del autor de la Gramática (1 ª edición: 1847) que cohesionó esa lengua, tras la Independencia Americana, eran tinerfeños, y ese autor se llamaba Andrés Bello y había nacido en Caracas el 29 de noviembre de 1781. El mito empieza, en cierto modo, a estar por debajo de la realidad.

Anteayer fuimos un mundo de metáforas y ayer un Nuevo Mundo que no termina de darse cuenta de su grandeza ni de sus inexploradas posibilidades, aunque, desde el arte y desde la literatura, esas posibilidades hayan sido tantas veces ensayadas.

Del libro El guanche en Venecia (2011)

En la Corte de Almazán pululaba un prestigioso diplomático véneto, Francesco Capello, en parte artífice del pacto de la Liga Santa contra Carlos VIII de Francia y sus ansias anexionistas en Italia. Por mediación de Capello, la firma de esa alianza se había realizado el 31 de marzo de 1495 en Venecia y habían estampado su rúbrica representantes de Fernando de Aragón, del emperador Maximiliano de Austria, con intereses en el ducado de Milán, además del dux Agostino Barbarigo y el papa Alejandro VI, que tanto había beneficiado a Castilla en las demarcaciones atlánticas con las bulas previas al Tratado de Tordesillas. Capello regresaba ahora a su República Serenísima para aceptar una nueva misión diplomática y entretenía sus días en Almazán en compañía de su amigo el rey Fernando, entre monterías de ciervo y jabalí y agasajos gastronómicos, a los que en ciertas ocasiones era invitado Alonso Fernández de Lugo. Todos hablaron de Bencomo de Taoro y ensalzaron su gallardía y esbeltez. ¿Cómo era posible que en territorios tan lejanos se generaran mortales de esa calidad y poderío?

Entre tanto, Bencomo y sus paisanos, recluidos en casas solariegas de Almazán esperaban ser distribuidos por los reinos peninsulares o devueltos a la isla de origen. Nada estaba decidido aún. Recibían trato de nobles invitados, la violencia de las batallas insulares dejaba paso a la diplomacia cortesana, a las buenas maneras, aunque todos ellos supieran, por filtraciones y secreteos inadvertidos del lengua Guillén Castellano y de su gente de confianza y, en especial, de la confianza de Lugo, que la venta de guanches continuaba en los mercados valencianos y andaluces, que en Nivaria se perseguía a los alzados con saña y empeño, que la isla había sido repartida entre los combatientes y los financiadores de la conquista, que los hombres rendidos a la autoridad ahora vigente y las mujeres libres y sus pertenencias habían sido transferidos a los nuevos propietarios de la tierra. Entre tanto, Bencomo y el resto de menceyes esperaban su suerte entre paredes de estancias confortables, en paseos callejeros vigilados por la Guardia Real o en visitas al río que bañaba aquella población adonde habían ido a parar después de los sangrientos encuentros y de las derrotas inesperadas frente a los castellanos. Todo había cambiado para ellos, pero conservaban la vida, a pesar de que tanto Bencomo como algunos otros empezaban a considerarla más un lastre del destino que una recompensa.

Hacia la primera semana de julio de 1496, para todos se acababan los días de Almazán; los reyes partirían por dos caminos distintos: Fernando se dirigiría a Gerona a preparar sus ejércitos para cortarle el paso a Carlos VIII en el sur de Francia, contribuyendo a lo pactado en la Liga firmada en Venecia; Isabel pasaría por Burgos hasta alcanzar el puerto de Laredo, en Cantabria, desde donde embarcaría la infanta Juana para trasladarse a Flandes y encontrarse con su futuro esposo, Felipe, archiduque de Austria e hijo del emperador Maximiliano de Habsburgo. Isabel y Fernando negociaban con ambición todos los matrimonios de sus hijos y éste era uno de los más esperados, aunque la recepción que se le hizo a Juana en Flandes no fue ni de su agrado ni del de sus padres. Un mes tardaría su prometido en encontrarse con ella en la ciudad textil de Lier.

Capello regresaría a Venecia.

Pero antes de iniciarse todos estos movimientos algo se había acordado entre Fernando y el embajador Capello. Algo que atañía directamente a Bencomo de Taoro. Entre los regalos que los Reyes Católicos enviaban a su aliado el dux Agostino Barbarigo se incluía la persona del mencey nivariense. Ese sería su destino tan esperado antes como inesperado ahora. Bencomo lo supo de labios de Guillén Castellano, quien le detalló las etapas del viaje y el sorprendente final de su trayecto.

Del libro El zahorí del Valbanera (2013)

−¿Cómo dices, abuelo?

−Que a mí siempre me atribuyeron poderes especiales, desde que tenía tu edad, mañas de la cabeza, para adelantar sucesos y para presentir climas venideros. Mi madre decía a todos los que la querían oír que yo había nacido con los ojos muy abiertos y listos para mirar al mundo de frente. Así que alguien, yo creo que mi padre, tu bisabuelo Cristóbal, un día empezó a llamarme zahorí; en el Valle la gente decía sajorí o sajorín. Y me quedé José Aquilino el Zahorí para todo el pueblo.

−Abuelo, cuéntame la historia del barco otra vez. ¿Fue eso verdad?

−¡Cómo no iba a ser verdad! Si no hubiera sido cierto, yo no estaría ahora aquí contándote la historia.

−¿Y murieron tantos, abuelo?

−Murieron muchos, mi hijo, muchos, y muy buena gente.

−Y por qué te quedaste en Santiago, como tú me has dicho, y no seguiste hasta… ¿La Habana? ¿Era
La Habana?

−La Habana era la capital de Cuba, todos queríamos llegar allí para encontrar los empleos que en nuestra isla ya no existían, para ganar dinero y mandarlo a nuestros familiares, para hacernos hombres de verdad y no esclavos de los señoritos de aquí, que te pagaban el jornal que a ellos les daba la gana, cuando te lo pagaban. La tierra aquí antes era de cuatro señores y ellos ponían las leyes. En 1919 la situación en el Valle era de hambre pura, vagábamos de finca en finca pidiendo unas horas de trabajo, algo que llevar a nuestras casas. Yo era soltero aún, pero había hombres casados que veían morir a sus hijos de hambre… Pura miseria. No te exagero… Las cosas eran así. Una madrugada vi reanimar a un peón de los Rodríguez de la Cuesta que iba a cumplir con su jornada de trabajo sin haberse llevado nada a la boca el día anterior, después de tratar de alimentar a sus cinco hijos y a su mujer. Ese amanecer, el hombre cayó desplomado delante de mi casa y logramos que recuperara su conciencia después de hacerle tomar una escudilla de leche con sopas de pan duro. Era el hambre de los tiempos. El miedo a la pobreza. Los humildes siempre temen que ocurra algo que los haga más humildes; a los que tienen cinco o diez generaciones prósperas detrás de la suya no les sucede eso. La guerra allá en Europa había roto los mercados de los plátanos, las papas y los tomates que los ingleses habían organizado desde estas islas, y, a partir de ahí, todo empezó a ir mal, en especial para los que menos tenían. Y entonces todos nos ilusionamos con Cuba y para allá nos fuimos en el mejor barco de aquel tiempo: el Valbanera.

−¿Pero por qué te quedaste entonces en Santiago si La Habana era el destino elegido por todos los
que se fueron?

−Esa es otra historia, seguramente es la historia que a ti más te gusta y que ya te he contado otras veces, pero veo que no te cansas de oírla. Te la sabes mejor que yo. La verdad es que con ella creció mi fama de zahorí, de adivino, pero no fui yo solo el que pensó que debíamos bajarnos de ese barco antes de que atracara en La Habana. Hubo otros pasajeros a los que se les pasó por la cabeza lo mismo, pero muchos isleños me concedieron a mí el protagonismo de avisar de que algo malo iba a ocurrir. Y ocurrió. Sí, ocurrió para desgracia de mucha gente de la que nunca más se tuvo noticia.

−¿Y cómo supiste que eso iba a pasar, abuelo? La gente murmura que alguien te avisó, unos dicen
que Dios y otros que el Diablo, aunque no lo dicen muy en serio. ¿Fue Dios o fue el Diablo?

 

Del libro Una teoría de la lectura: Cien años de soledad (2016)

Las estrategias de la construcción del relato. El mito como narración simbólica: todo está llamado a desaparecer. División compositiva del todo verbal a través de bloques textuales simétricos que suelen abrirse con un salto al futuro enigmático y después ir rellenando los vacíos, como sucede en el bloque textual 1 con el anuncio del descubrimiento del hielo. Número de personajes (69). Personajes en primer plano y en segundo plano. Uso de personajes desestabilizantes de la convivencia ordinaria. Retratos fulgurantes para ilustrar la transformación sicológica de los personajes. Metaliteratura permanente: la alusión a los manuscritos, Melquíades o el discurso del demiurgo. Los juegos con el tiempo: GGM elabora cada segmento textual desde un completo dominio de lo sucedido y lo por suceder. Un ir y venir constante por el pasado, el presente y el futuro de los hechos acaecidos. Analepsis o flash-back y prolepsis o flash-forward. El relevo de las generaciones como motor de dinamicidad del relato (La casa de los siete tejados, 1851, del estadounidense Nathaniel Hawthome, los Buddenbrooks. Decadencia de una familia, 1901, de Thomas Mann, como modelos singulares, y toda la literatura narrativa de William Faulkner). Los espacios preferentes. Todo se ve desde la casa de los Buendía. Macondo como microcosmos. Y aquí es necesario hacer referencia a la novela Nostromo (1904), de Joseph Conrad y a la creación de la República de Costaguana y de la ciudad puerto Sulaco dentro de esa obra del escritor polaco, inspiradas por la segregación de Panamá (3 noviembre de 1903), una segregación alentada por los intereses estadounidenses después de la Guerra de los Mil Días (1899-1902). Como también hay que hacer referencia a la Santa María usada por Juan Carlos Onetti en 1950, en su novela La vida breve, o a la Comala de Juan Rulfo usada en Pedro Páramo en 1955. La creación de esos lugares  simbólicos por parte de Conrad, Onetti y Rulfo no debió pasarle desapercibida a GGM a la hora de convertir un lugar imaginario en símbolo de todo un continente.

En Cien años… nos encontramos con un mismo escenario: Macondo, consustanciado con la casa de los Buendía. Cuando la casa crea nuevos espacios en sus sucesivas ampliaciones, Macondo hace lo mismo: tienda de Catarino, Hotel Jacobs, casa del Corregidor, calle de los Turcos… Un mismo escenario que se va poblando con nuevos personajes que, como ya dijimos, son los que dotan al relato de dinamicidad, lo hacen avanzar. Búsqueda del realismo completo, por encima del realismo escolástico (Mario Vargas Llosa: lo mágico, lo religioso, lo mítico-legendario y lo fantástico).

Las estrategias de estilo. Metáforas zoomórficas. Prosopopeyas. Sinestesias: el juego de los «seis» sentidos. Hiperbolización (la presencia de François Rabelais). Epifonemas (sentencias, enseñanzas que parecen provenir de una sabiduría superior; los estruendos bíblicos de los que hablaba Vladimir Nabokov al referirse a William Faulkner). Enumeraciones permanentes.

Las constantes temáticas. Las edades de la Humanidad: edénica, heroica, fieramente humana de Giambattista Vico a Luis de Góngora y Blas de Otero). Las claves bíblicas: Génesis —primer libro de los cuarenta y seis del Antiguo Testamento—, Éxodo (la Tierra Prometida), Plagas (Peste Insomnio —veían las imágenes de los sueños de los otros: la literatura—, Olvido, Guerras Civiles, Invasión Norteamericana, Diluvio —cuatro años de lluvia— y desertización —diez años sin lluvia—), y Apocalipsis —último libro de los veintisiete del Nuevo Testamento—. El pecado original: el incesto. El temor a la animalización, a la vuelta atrás. Matriarcalismo. Vecindad vidamuerte, los muertos vivos. Los José Arcadio como continuadores de la estirpe. Los estados más hondos de las conciencias de los personajes. Rechazo de Europa y de lo europeo (Crespi, Gaston…). Macondismo según José Joaquín Brunner. La reinterpretación y la reactualización del pasado.

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