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Elsa López

Textos escogidos

El viento y las adelfas [1973]

Cuando el viento estremece las ramas de las acacias
y siento que ya es otro tiempo,
y abro en las esquinas la puerta de la sombra
y mi pecho se inunda de bruma,
y recuerdo que hay entre encinas lúgubres
los primeros restos de escarcha,

yo vuelvo a La Palma.

Cuando el humo de los tugurios me araña los ojos
y de los labios se me deslizan comisuras blancas,
y hay espuma en mis sienes,
y el olor del asfalto se me pega como un sudario a la nuca,
y recuerdo que agazapados en sus cubiles
hay hombres que no conocen el mar,

yo vuelvo a La Palma.

Cuando se me extravía la mirada en los límites de las mesetas
y observo que más allá hay tierra todavía,
y las nubes se estrechan como arañazos
a lo largo de un horizonte de tierra devastada,
y recuerdo que si abro mi ventana
no veré ahora el mar,

yo vuelvo a La Palma.

 

Inevitable océano [1982]

Te he querido, tú bien lo sabes.
Te he querido y te quiero
a pesar de ese hilo de luto que me hilvana
al filo de la tarde.
Y tengo miedo.
De la lluvia, del pájaro de nubes,
del silencio que llevo conmigo a todas partes.
Tengo miedo a la noche,
a quedarme encerrada entre alambres del sueño,
a la palabra olvido
y a tus brazos en forma de barrotes dorados.
Miedo a recorrer la casa y saberla vacía
o a quererte, de nuevo, mucho mejor que antes.
No me abandones en esta larga ausencia.
Recuerda lo que he sido para ti otros inviernos:
el tiempo de querernos indefinidamente,
el mar,
los barcos que llegaban sin muertos a la orilla,
el ruido de las olas al fondo de la casa.
Y el viento,
recuerda el viento, amor, doblando las esquinas.

 

Del amor imperfecto [1987]

Cuando tu lengua escarba mi cuerpo lacerado
que fue tan sólo tuyo durante un tiempo espeso,
inmortal y perfecto.
Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.
Cuando he rugido cóncava debajo de tus piernas,
y has dejado un reguero de sal y hierbabuena
sobre mi piel reseca.
Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.
Cuando la luz se apaga y tu cuerpo se queda
tendido y olvidado entre blandas semillas.
Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.

 

La fajana oscura [1990]

El extranjero

Tú eres Aquiles, el hermoso perdedor,
el de la espada de hierro,
el de la radiante cabeza coronada,
el mejor.
La verdad que sí,
¡Oh dioses inmortales!
que eres realmente bello.
Y no me extraña en absoluto
que Helena perdiera el aliento
y su peplo de seda
al verse frente a ti
arrojadas al mar sus sandalias de cuero.
Yo soy Tersites, el guerrero aplastado por tu brazo
y el peso brutal de tus caballos.
Yo soy el que te ama
en medio del fragor de las batallas,
mordido y ensangrentado por tus perros.

 

Cementerio de elefantes [1992]

El que se arroja al agua con su cuerpo magnífico
y luego deja gotear el mar por sus caderas y las mías
como una prueba incontestable de perfección y afecto.
Aquel que me sonríe
desde la hilera mágica de su terrible boca,
inocente guerrero,
putrefacto montón de espléndida hermosura,
el único que sabe cómo he perdido la batalla
y por eso me observa, todavía,
con una cierta sombra de dulzura.
El que arrastra mi cuerpo por el campo de batalla
despedazado el tronco y la plateada cabellera,
y aún tiene conmigo la deliciosa costumbre
de besarme los pies,
ese es el que amo.

 

Al final del agua [1993]

Tan sencillo este amor,
tan luminoso,
y tú no aciertas nunca
a saber lo que me pasa.
Lo que me pasa, amor,
es que te quiero,
es que el aire se agrupa de corceles,
golondrinas de mar,
garzas azules.
Lo que te ocurre, amor,
es que eres tonto,
que mi amor se ha quedado
flotando entre los brezos
y tú no aciertas nunca
a saber de verdad lo que me pasa.
Tú que lo sabes todo,
que todo lo adivinas y comprendes,
¡Qué tonto eres, amor!
¡Qué tonto eres!

 

Tránsito [1995]

No llores, amor mío,
no se nublen tus ojos,
que voy a andar ligera a tus pies enredada
y no podrás seguirme cuando llegue a tu pecho.
Aguárdame en la sombra al final de los árboles.
Extenderé las alas y volaré hacia ti.
Penetraré lo oscuro,
reclamaré del bosque la humedad de tu tronco
y ya no habrá enemigos pendientes de tu espalda.
Tienes que estar atento,
que cuando emprenda el vuelo tendremos el instante,
el fulgor de las alas,
y luego vendrá el vértigo del amor más brutal.
Vendrá un crujir de plumas,
la sangre, como almíbar,
y el grito, ya inhumano,
de la muerte más dulce que hayas imaginado.

 

Travesía [2006]

No me importa que llores.
Pero debes hacerlo solamente conmigo,
oculto entre las sábanas,
mordiéndote mi nombre y sus cadencias.
No hagas grandes alardes de dolor y tristeza.
Enciérrame en tu pecho
y camina conmigo por las calles del mundo
sin que mi cuerpo pese levemente en el tuyo.
No grites.
No blasfemes
ni culpes a los dioses por mi muerte.
Sonríele a la vida y da las gracias al cielo
por haber consentido este amor tan humano.

 

Ofertorio [2008]

No le digas a nadie que te regalo un sueño.
Que he cubierto mi almohada de trenzas amarillas
y que no duermo a veces pensando en tus canciones.
Que a veces me despierto en medio de la pena
y escucho tus pisadas debajo de las sábanas.
Ese será el regalo más bello que te haga.

 

El corazón de los pájaros [2001]

Le daba igual, y cuando nadie la miraba ni se acordaban de ella, se alejaba corriendo detrás de las tortugas y les tiraba cocos enteros encima del caparazón para levantarlas de su letargo y hacerlas caminar. A veces llegaban los niños calabares con sus barrigas hinchadas y los ombligos hacia afuera. Recordaba aquellos ojos tan negros y aquella piel como de madera brillando al sol. Se bañaban desnudos y ella también. Y los blancos les hacían fotos muertos de risa mientras la madre comía buñuelos sin parar. La dejaban jugar con ellos y correr de acá para allá por la orilla con los pies dentro del agua. Cogidos de la mano saltaban las olas pequeñas o se metían un poco mar adentro y dejaban que las olas grandes les reventaran en la barriga o se sentaban en la arena muy caliente y se enterraban hasta el cuello sin soltarse las manos.

Ahora, tendida boca arriba, sentía ese calor de nuevo sobre los brazos y escarbaba en la arena, los ojos cerrados, buscando esa mano, pequeña y cálida, que le hacía sentir menos miedo al mar tan grande y tan verde de aquellas playas del continente llenas de tiburones, de cangrejos color salmón y de tortugas enormes que entraban lentamente en el agua transparente y sin olas.

 

Las brujas de la isla del viento [2006]

Isabel García Ponzano se cortó las venas en el mismísimo baño del manicomio. Nadie se lo contó a Guadalupe Cárdenas, que ella lo vio todo o le pareció verlo todo; o a lo mejor no vio nada y sólo tuvo miedo y, como consecuencia inevitable del mismo, al final se creyó la historia tal y como se la contaron después.

Isabel García Ponzano y Guadalupe Cárdenas estaban ingresadas en la misma sala del hospital psiquiátrico. Por eso fue por lo que aquella noche Guadalupe, cuando se dio cuenta de que Isabel se levantaba de la cama intentando no hacer ruido y mirando a un lado y a otro como si temiera algo, la siguió hasta el baño y se escondió en el cuarto de la pileta donde se guardaban la ropa sucia y los cubos de plástico para fregar el suelo. A Guadalupe le gustaba encaramarse al poyo de azulejos blancos y allí, en cuclillas, ver todo lo que ocurría dentro de los lavabos. Por eso supo que Isabel se había cortado las venas; primero una y luego la otra, y, después, la sangre había chorreado las baldosas y se había extendido como un río pequeño hasta el sumidero del agua.

La pobre Isabelita lo dejó todo hecho una porquería y las monjas se lo hicieron fregar a las demás. Natalia Bermúdez se pasó la mañana refunfuñando por el tema de las fregonas y la sangre cada vez más oscura y más pastosa que se deslizaba sin parar por aquel agujero redondo lleno de pelos. No hacía más que decir que estaba hasta las pelotas de fregar sangre cochina de la muerta que era una guarra y tenía la sangre tan negra como su cabeza llena de malos pensamientos.

 

Una gasa delante de mis ojos [2011]

Los años extienden una gasa delante de mis ojos. Ya no te veo. Miro el mar al pie de lo que alguna vez fue nuestra casa y no te veo. Sólo veo esa masa gris que se prolonga hasta el infinito. Tengo muy claras las cosas que me quedan por hacer y voy a hacerlas antes de descansar.

Creo que aún me quedan fuerzas para redactar esta despedida.

He puesto música. La he puesto muy fuerte para que no me deje pensar. No quiero pensar. Nada. No pensar en nada para no tener que volver a dudar. Es lo mejor después de todo.

¿Qué me pasa? ¿De qué puedo tener miedo? Si, quizá lo tenga, pero es más fuerte esta angustia, esta desesperación que se me anilla al cuello como un grillete.

Oigo tangos. Me gustan los tangos. Me producen una extraña desazón y, al mismo tiempo, me enardecen, me provocan nostalgias y ganas de bailar.

¡Qué locura pensar semejante estupidez en estos momentos!

“Madreselvas en flor que me vieron nacer… si todos los años tus flores renacen ¿por qué ya no vuelve mi primer amor? …Así aprendí que hay que fingir para vivir decentemente…”

¡Qué disparate! Estoy cantando y los pies se me van de un lado a otro como si me fuera a vestir y a salir a la calle; como si todo lo que he dispuesto fuera un mal sueño y la realidad fuera distinta cuando sé, positivamente, que la realidad no es otra que la que estoy viviendo en estos momentos delante de unos papeles en blanco dispuesta a escribir mis últimas palabras.

Ahora debo controlar esta cabeza mía. Calmar el dolor y no dejar que pueda conmigo. Liberarme de él para ordenar tanto papel y tanta tristeza.

He recuperado las cartas de dentro del armario, de las carpetas viejas, de los bolsos y las cajas de zapatos. Las he ido ordenando dentro de una maleta pequeña que me compré en el último viaje a Europa y que tanto te gustaba. Más de una vez pensé regalártela, pero luego me decía a mí misma que estaba mejor donde estaba detrás del escritorio llenándose día a día de papeles y recuerdos que yo iba almacenando para organizarlo todo cuando tuviera un momento de sosiego. Ahora llegará a tus manos y dentro encontrarás, pedazo a pedazo, la mujer que un día te perteneció por completo.

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