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Tomás Morales

Textos escogidos

DE LAS ROSAS DE HÉRCULES, LIBRO PRIMERO

VACACIONES SENTIMENTALES, I

Cortijo de Pedrales, en lo alto de la sierra,
con sus paredes blancas y sus rojos tejados,
con el sol del otoño y el buen olor a tierra
húmeda, en el silencio de los campos regados.

Bajo la dirección tenaz de los mayores
se fomentó la hacienda y se plantó la viña;
y más tarde sus hijos, que fueron labradores,
regaron con su egregio sudor esta campiña.

Todo está como ellos lo dejaron: la entrada
con su parral umbroso y el portalón de encina;
aún la vieja escopeta de chispa, abandonada,
herrumbroso trofeo, decora la cocina.

Allí los imagino, con ademán sereno,
bajo las negras vigas del recio artesonado,
al presidir la mesa, partiendo el pan moreno
sus diestras, que supieron conducir el arado;

o en la quietud benigna del campo bien oliente,
mientras el agua clara corre por los bancales,
de codos sobre el mango de la azada luciente
e inclinadas a tierra las testas ancestrales…

¡Oh, el perfume de aquellas existencias hurañas,
que ignoraron, en medio de estos profusos montes,
si tras estas montañas habría otras montañas
y nuevos horizontes tras estos horizontes!

La casa blanca al borde de las espigas rubias,
la conciencia serena y el hambre satisfecha,
los ojos en las nubes que han de traer las lluvias
y el alma en la esperanza de la buena cosecha…

Y así fueron felices… De toda su memoria
solo quedó esta página inocente y tranquila:
¡vivieron largamente, sin ambición ni gloria,
su vida fue una égloga dulce como una esquila!

 

VACACIONES SENTIMENTALES, X

Tarde de oro en Otoño, cuando aún las nieblas densas
no han vertido en el viento su vaho taciturno,
y en que el sol escarlata, de púrpura el poniente,
donde el viejo Verano quema sus fuegos últimos.

Una campana tañe sobre la paz del llano,
y a nuestro lado pasan en un tropel confuso,
aunados al geórgico llorar de las esquilas,
los eternos rebaños de los ángeles puros.

Otoño, ensueños grises, hojas amarillentas,
árboles que nos muestran sus ramajes desnudos…
Solo los viejos álamos elevan pensativos
sus cúpulas de plata sobre el azul profundo…

Yo quisiera que mi alma fuera como esta tarde,
y mi pensar se hiciera tan impalpable y mudo
como el humo azulado de algún hogar lejano,
que se cierne en la calma solemne del crepúsculo…

 

POEMAS DE ASUNTOS VARIOS, CRISELEFANTINA

Unge tu cuerpo virgen con un perfume arménico,
muéstrame de tu carne juvenil el tesoro,
y ruede sobre el mármol de tu perfil helénico
la cascada ambarina de tus bucles de oro.

Eres divina, ¡oh reina!, tu carne es nacarina,
y tienen tus contornos, olímpicos, los bellos
contornos de una estatua. ¡Oh reina, eres divina,
desnuda, bajo el áureo temblor de tus cabellos!

Nuestro tálamo espera bajo un rosal florido,
donde una leve luna trémulamente irradia
aquel claror tan plácido que iluminara un nido
en un vergel recóndito de la amorosa Arcadia…

También un nido aguarda a los nuevos esposos:
es un tálamo blanco de blancas flores lleno,
de olorosos jazmines y nardos olorosos,
casi tan albos como la albura de tu seno…

Serás reina entre flores, serás la compañera
de las rosas más blancas, la más fragante y pura.
Ya el lecho que te ofrenda la dulce primavera
suspira por la breve carga de tu hermosura.

Yo amaré, entre las flores, tu perfume abrileño,
y al verte entre mis brazos, ilusionada y loca,
yo te daré el rimado búcaro de un ensueño
a cambio de las mieles de tu exquisita boca.

El cielo será un palio sobre nuestra fortuna,
un surtidor lejano dirá una serenata,
y al sentirnos dichosos, bajo un rayo de luna,
abrirá nuestras venas un alfiler de plata…

Yo besaré tus labios tierna, cupidamente
−tus senos en mis manos, con languidez opresos−;
su plegaria nocturna suspenderá la fuente
para aprender el ritmo de tus últimos besos.

Un salmo acariciante preludiarán las hojas,
y moriremos viendo cómo las albas flores,
al fluir de la sangre, se van tornando rojas
como el lecho de púrpura de los emperadores…

 

POEMAS DEL MAR, I

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,
con sus faroles rojos en la noche calina,
y el disco de la luna bajo el azul romántico
rielando en la movible serenidad marina…

Silencio de los muelles en la paz bochornosa,
lento compás de remos en el confín perdido,
y el leve chapoteo del agua verdinosa
lamiendo los sillares del malecón dormido…

Fingen, en la penumbra, fosfóricos trenzados
las mortecinas luces de los barcos anclados,
brillando entre las ondas muertas de la bahía…

Y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía…

 

POEMAS DEL MAR, FINAL

Yo fui el bravo piloto de mi bajel de ensueño,
argonauta ilusorio de un país presentido,
de alguna isla dorada de quimera o de sueño
oculta entre las sombras de lo desconocido…

Acaso un cargamento magnífico encerraba
en su cala mi barco, ni pregunté siquiera;
absorta, mi pupila las tinieblas sondaba,
y hasta hube de olvidarme de clavar la bandera…

Y llegó el viento Norte, desapacible y rudo;
el vigoroso esfuerzo de mi brazo desnudo
logró tener un punto la fuerza del turbión;

para lograr el triunfo luché desesperado,
y cuando ya mi brazo desfalleció, cansado,
una mano, en la noche, me arrebató el timón…

 

DE LAS ROSAS DE HÉRCULES, LIBRO SEGUNDO

ODA AL ATLÁNTICO, IV

Es una inmensa concha de vívidos fulgores:
cuajó el marismo en ella la esencia de sus sales
y en sus vidriadas minas quebraron sus colores
las siete iridiscentes lumbreras espectrales.
Incrustan sus costados marinos atributos
−nautilos y medusas de nacaradas venas−
y, uncidos a su lanza, cuatro piafantes brutos
con alas de pegasos y colas de sirenas.
Vedlos: ¡cómo engallardan las cabezas cornígeras!
Ensartadas de perlas vuelan las recias crines,
y entre sus finas patas, para el galope alígeras,
funambulescamente, rebotan los delfines…
El agua que inundara los flancos andarines
chorrea en cataratas por el pelo luciente.
¡Oh, cuán abiertamente
se encabritan y emprenden la carrera, fogosos,
los ijares enjutos, los belfos espumosos,
al sentir en las ancas las puntas del tridente…!

ODA AL ATLÁNTICO, XXIV

¡Atlántico infinito, tú que mi canto ordenas!
Cada vez que mis pasos me llevan a tu parte,
siento que nueva sangre palpita por mis venas
y, a la vez que mi cuerpo, cobra salud mi arte…
El alma temblorosa se anega en tu corriente.
Con ímpetu ferviente,
henchidos los pulmones de tus brisas saladas
y a plenitud de boca,
un luchador te grita ¡Padre! desde una roca
de estas maravillosas Islas Afortunadas…

 

POEMAS DE LA CIUDAD COMERCIAL, LA CALLE DE TRIANA

A Domingo Doreste

La calle de Triana en la copiosa
visión de su esplendor continental:
ancha, moderna, rica y laboriosa,
arteria aorta de la capital…

La calle del comercio, donde ofrece
el cálculo sus glorias oportunas,
donde el azar del agio se ennoblece
y se hacen y deshacen las fortunas.

Donde el urbano estrépito domina
y se traduce en industrioso ardor,
donde corre sin tasa la esterlina
y es el english spoken de rigor.

El sol del archipiélago dorando
los rótulos en lenguas extranjeras,
y los toldos de lona proyectando
sombra amigable sobre las aceras.

Y por ellas profusos peatones
de vestes y semblante abigarrados;
y, cual derivación, en los balcones,
los pabellones de los consulados.

Todo aquí es extranjero: las celosas
gentes que van tras el negocio cuerdo,
las tiendas de los indios, prodigiosas,
y el Bank of British, de especial recuerdo…

Extranjero es el tráfico en la vía,
la flota, los talleres y la banca,
y la miss que, al descenso del tranvía,
enseña la estirada media blanca…

Todo aquí es presuroso, todo es vida;
y, ebria de potestad, en la refriega,
la ciudad, cual bacante enardecida,
al desenfreno comercial se entrega…

Y al alma, que es, al fin, mansa y discreta,
tanta celeridad le da quebranto…
y sueña con el barrio de Vegueta,
lleno de hispano-colonial encanto…

Grand Canary… La gente ya comprende;
y, bajo un cielo azul y nacional,
John Bull, vestido de bazar, extiende
su colonización extraoficial…

 

TEXTOS SUELTOS

HIMNO AL VOLCÁN

A Carlos Cruz

¡Pico de Tenerife! Titán medievo de azul loriga
que en Occidente eriges la dictadura de tu reinado,
y anuncias a los nautas aventureros la playa amiga:
¡Atalaya eminente del Archipiélago Afortunado!

De un sumergido imperio tú la más alta cumbre cimera,
hacia el Olimpo sacro dabas la comba de tu heroísmo
cual un menhir miliario que, dominando la cordillera,
plantaran los gigantes en la inminencia del cataclismo.

Bajo las quietas ondas, aterecido cientos de edades,
soñabas con los puros, cálidos rayos de Helios vehemente,
y al emerger otrora, sellando un pacto de eternidades,
habías por raigambre la maravilla de un continente.

Desde frontera costa te ve el poeta cual si, liberto,
de dejar acabaras la transparente prisión pontina:
húmedos aún los flancos y el anchuroso cráter cubierto,
tan blanco que parece que aún está lleno de sal marina.

Ve tu imponente mole que es hipogeo, periplo y ara,
y los tajantes bloques de tus pilares, firmes y enhiestos,
protección de la sima que en tus inmersos fondos labrara,
para mansión de Pluto, la propia mano del dios Hefestos…

Tú guardas el secreto de insignes fábulas y tradiciones:
aplicando el oído sobre tu costra circunvalante,
aún se escucha el gemido de las sepultas generaciones
y el resuello angustioso del devorado pulmón de Atlante.

Las brumas acarician tu inaccesible frente nivosa,
la lava de tus hombros cuenta a los siglos tus efemérides,
y a flor de mar, curvando las morbideces de carne rosa
−dóridas del Atlántico−, de amor palpitan las siete Hespérides.

El femenil embate de sus alientos tu alma esclaviza,
y al cuido vigilante de tu enigmático perfil corpóreo,
los marinos rebaños de vellón blanco que Bóreas riza,
triscadores, rebasan el ondulante confín ecuóreo.

Tú presenciaste el triunfo de las antiguas divinidades:
la posesión de Europa por la cornuda bestia bovina
y la asunción radiosa que llenó el orbe de claridades,
al brotar de las olas, como una perla, Venus divina…

Y un día que al ensueño dabas, rendido, la ardiente entraña,
despertado, de pronto, por inaudito tropel sonoro,
viste pasar a Heracles, que coronaba la nueva hazaña,
llevando contra el pecho las encendidas manzanas de oro.

Con mengua de tu aliento fue consumada la audaz quimera,
contra empresa tan loca nada, en desquite, tu esfuerzo pudo:
antes que el vivo arroyo de tu venganza corrido hubiera,
ya el detentor mancebo ganaba el agua, bello y desnudo…

En vano tus enojos vomitan rayos; en vano, ardientes,
dan a los cuatro puntos, agostadoras, tus oriflamas;
las yeguas de tu furia buscan en vano por las vertientes,
lanzando por los belfos enardecidos relinchos-llamas…

Mil leguas en redondo sonó el colérico batir de cascos,
cien soles con cien lunas durara activa tu ebria congoja:
de día fulminando prietas columnas de humo y peñascos;
sacudiendo, en la noche, la exorbitante melena roja.

Así te sueño, ¡Pico de Tenerife!, cumpliendo altivo,
por obra de tus dioses, un inmutable designio ignoto,
con todas las calderas y los fundentes hornos al vivo
y tus fraguas que azuzan las reptaciones del terremoto.

Así te sueño, ¡oh Teide!, mientras tu cono gentil descuellas,
hoy que te ven mis ojos –el mar por medio− de la isla hermana
desflorar el espacio y hender la linde de las estrellas,
dejando atrás las nubes, con tu orgullosa cabeza cana…

Así te ven mis ojos, mas yo te quiero fosco y bravío,
porque tú emblematizas con tu perenne desasosiego:
¡Pico de Tenerife, de continente sereno y frío!
¡La victoria más alta, la gran Victoria del hombre: el fuego!…

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