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Isabel Medina

Textos escogidos

De La hija de abril (2003)

La avaricia, o la muerte, o el amor, o los celos, o la duda… Qué más da. Grandes pasiones que ponen la vida en su sitio, donde debe estar: en el límite, en la fuerza, la aventura, el riesgo, el amor.

Sobre todo el amor, que era el sentimiento más fuerte, el más grande, el que movía montañas cambiando el paisaje, trastocando la inercia, girando el rumbo de los ríos, y de los mares, y de las nubes, que el amor era la suficientemente fuerte como para hacernos cambiar de galaxia, aunque parezca una exageración, porque eso de la galaxia es demasiado grande.

Pero casi igual debería ser el amor que si no, no se explica.

Ella siempre protagonista de aquellos mundos maravillosos y aterradores donde la imaginación creó personajes emblemáticos, testigos de esa turbulencia que se desarrolla en el interior del corazón humano. Al menos Maribel los tenía a ellos que, agazapados en las hojas a veces sucias y desgastadas de los libros, eran misterio, fantasía, ensoñación… Reales, más reales en su vida que la compañera de asiento o que el profesor que se quedó en el teorema de Pitágoras.

(…)

Era guapo. Tenía los ojos de un verde claro como de lechuga tierna y se colgaba a su mirada con la luminosidad de la primavera. Le hacía un hueco inesperado y sorprendente a la esquina de la calle, o a la puerta del colegio, o al atardecer de la plaza cuando ya era hora de retirarse y su flequillo rubio, que le hacía recordar a un actor de Hollywood, se plantaba en la frente haciéndole visera al verde de los ojos.

(…)

Le hablaban sus ojos mucho antes que las palabras se decidiesen a intervenir. Avanzadilla tal vez de una conquista que nada tenía que ver con la Historia, aunque estuviese allí como parte del paisaje, una piedra descolgada del muro, o un geranio nuevo en las macetas del patio.

A su alrededor el aire se fue enrareciendo, como enturbiándose y tan pronto fue una sonrisa inoportuna de su hermano, una palabra de más de su hermana, o la tonta vecina haciéndose la tonta, preguntando quién era aquel muchacho que acompañaba a Maribel. El rumor fue creciendo lo mismo que el barranco que nace chorrito de agua y se transforma en corriente, en tumulto, en barranquera, y así Maribel tuvo un novio instalado en todos los rincones de su casa, de la calle, de la plaza, del colegio…

Claro que ella no entendía mucho. Le gustaba aquel muchacho que la esperaba, camisa blanca y flequillo al viento, pero nada más. Lo demás eran historias que se inventaban por no sé qué de sus quince años.

Y fueron precisamente sus quince años los que se pusieron en pie de guerra. Se armaron de coraza y cota de malla y se dispusieron a defender a capa y espada al niño de los ojos verdes, al que no convenía por lo de sus años y sabía Dios qué zarandajas más.

Por eso sintió con agrado el calor de sus manos y la respiración tan cerca de la suya que la estremecía hasta la misma punta de sus rizos. Seguramente aquello era lo que sentían las heroínas de los libros, las que amaban a despecho de odios ancestrales o de venganzas absurdas, o de las tonterías de los pocos años como era su caso, que hay que ver los mayores como se empeñan en fastidiar.

Siempre tienen que buscar una razón para estropearlo todo. Claro que en su caso no eran Montescos ni Capuletos, ni había balcones, ni enredaderas, trenzas largas, ni siquiera era rica y hermosa, pero, en fin, todas las historias no iban a ser iguales.

(…)

Ella amaba sobre todas las cosas al amor. Al amor grande y maravilloso que hacía morir a cuantas heroínas pudieran sentirse poseídas por esa fiebre singular, única e irrepetible. Debía parecerse mucho a lo que sentía por aquel muchacho que la esperaba diariamente cuando ya había terminado la clase de matemáticas y el latín se quedaba colgado de una sotana. Ella estaba dispuesta a defenderlo como caballera andante, desfaciendo todos los entuertos que rompen al amor, que matan al amor cuando era lo más grande, lo más importante, digo, capaz de mover montañas y descalabrar el paisaje.

Y amó al muchacho que vino en nombre del amor.

(…)

Pero un día, irrelevante el porqué, ya nada fue igual. El amor que creyó inmortal, vencedor de guerras y de garras, de cotillas y de cotillones, se fue alejando lentamente en un discreto mutis por el foro que la dejó exangüe, con una extraña sensación, mezcla de impunidad e impotencia.

(…)

Se había roto la magia, desaparecido el hechizo. Aquel muchacho nada tenía que ver con ella, con su vida, ni con todo aquello que creyó único, importante y maravilloso. Una laxitud suave y beatífica la envolvió a ella que ya era indiferente al flequillo rubio, a los ojos verdes y a su pinta de actor de cine. No iba con ella. De ella era el hueco vacío, el silencio después del escándalo, la calma que sobrevive a la tormenta.

(…)

Aquella tarde, mientras el sol se deshacía en astillas de oro, Maribel leyó una página oculta en el corazón de los libros.

De Los cuadernos de Marta (2011)

Isla de La Palma, julio-77

Buenas noches, Marta. Siempre es de noche cuando me acerco a ti desde esta distancia que empieza en la mesa del comedor de mi casa; luego viene el mar… siempre el mar, y termina ahí en esa otra orilla, donde está tu casa, tus cosas. Donde estás tú y yo te imagino porque sólo me queda la memoria y a través de ella casi puedo verte en esa soledad de cuaderno y bolígrafo que me hablas.

Aquí, ya sabes, los días se mueven lentamente, más lentos que tu boli, te aseguro, llegan al pueblo como si tal cosa, como si el milagro de estrenarse cada mañana con una luz diferente no fuese un hecho extraordinario y magnífico.

Vemos amanecer cada día, Marta, y del misterio repetido –tal vez sea por eso, por repetidoni nos damos cuenta.

Yo quiero darme cuenta.

No quiero que se vaya el sol sin agradecerle un día más que haya calentado la tierra, o que me haya permitido escribirte, con lo complicado que es hablar a través del boli con quien es mi amiga, la que se llama Marta y vive en Tenerife. No sé si la conoces; yo sí; un poquito nada más, aunque ella dice estar buscándose y se ha liado, cuaderno en ristre, con los terribles gigantes que suelen merodear la vida.

Deseo que tenga mejor suerte que el famoso caballero andante.

Bueno, Marta, espero que te vayas situando, yo intento hacerlo por estos lares, que son los míos, los que un día decidieron parirme como un elemento más de este paisaje.

Recordaba hoy mientras trabajaba en los huertos de plátanos, hasta qué punto es importante eso que dicen de que la patria del ser humano es la infancia. Supongo que porque es donde estrenamos la vida y nos deja huella, nos hace surcos, tal vez para siempre. Y por eso, hagamos lo que hagamos después, siempre será sobre esa huella, esos surcos primigenios.

Pero no quiero enrollarme ahora; es demasiado profundo para mí y para los plátanos.

¿Te acuerdas de que te hablé de una escultura grande que hice con el tronco de un árbol? Lo encontré en el barranco y no veas lo que me costó traerlo hasta el patio de mi casa. Estuve trabajando en él durante todo el verano pasado hasta que lo terminé y lo puse en el centro de una habitación amplia de la primera planta.

Al principio creí que iba a tener problemas porque ese tipo de arte no es muy común, y ya sabes que nuestras madres no han pasado del figurativo y además dudan mucho de que cosas como éstas puedan ser consideradas arte.

A lo mejor tienen razón.

Aunque hay que reconocer que algunas madres se gastan la paciencia a raudales, la mía entre ellas, porque si tenemos en cuenta que la figura en cuestión tiene las raíces hacia arriba como si fueran la hermosa cabellera del viento convertido en extraño personaje, no sé si hombre o mujer, da lo mismo porque lo que quiero es representar lo humano, sin sexo que lo distraiga.

Te explico… ¿me dejas que te explique, Marta?

Mientras me respondes paso a explicarte lo que es la esencia de este nuevo arte inventado aquí, en La Palma.

Te cuento: estamos hablando de un tronco, no te olvides; pues de ese tronco sale una impresionante cabeza; y digo impresionante porque no es normal, no es lo que acostumbramos a ver porque esa cabeza es más lo oculto que lo visible.

Está dividido en dos el rostro con los laterales totalmente asimétricos. Ni siquiera la nariz cumple su función lógica de ser un eje de simetría y así, a un lado y otro se encuentra unos ojos y una boca que parecen pertenecer a personajes distintos que nada tienen que ver entre sí.

Logré apoyarlo en el suelo con las ramas que parecen las patas de una hipotética mesa; aunque no es eso ni es una mesa ni una representación figurada de una realidad cómoda.

Resulta inquietante.

Lo normal, lo hermoso parece ser la perfecta simetría entre el este y oeste del cuerpo humano.

Sin embargo creo que es como nuestra vida, todas las vidas en general, porque hay una dicotomía evidente.

En general, pensamos una cosa, decimos otra, y hacemos lo que nos da la gana.

Generamos pequeños monstruos, ¿no crees, Marta?; monstruos que, por ejemplo, son capaces de decir que no quieren que haya hambre en el mundo a sabiendas de que con una parte pequeñísima de lo que se gasta en armamento (pequeñísima, Marta, no quiero darte cifras) desaparecería la miseria que cierra tantos ojos cada minuto. Imagínate: matar el hambre, lo único noble que uno puede matar en esta vida.

Pero ahí está la industria de las armas, el poder de la fuerza.

Todo eso nos convierte cada día en seres esquizofrénicos que creen amar la naturaleza y la saquean de manera suicida, que dicen amar la paz y se preparan para la guerra…

¿Ves, Marta? Lo mismo que mi escultura.

Espero que algún día la veas. Mi hermano me dice que así empezó Picasso. De algo hay que reírse en casa, ¿no?

Pasando a otra cosa: esta tarde estuve recordando a Erich Fromm (sé lo mucho que te gusta) cuando habla de lo difícil que resulta a los humanos, metido en las más diversas actividades rutinarias -no olvides la sociedad de consumo que se inventa cada día nuevas necesidades- recordar que es alguien único al que se la ha dado la única oportunidad de vivir.

Vivir, Marta, con esperanzas, desilusiones, alegría, dolor… pero siempre con infinito anhelo
de amar.

Y por otro lado está el miedo. Siempre el miedo, miedo a la nada, la separación, la muerte.

Sí, ya sé que hay personas como María Luz, tu amiga la sor, que es una mujer estupenda, que creen que hay otra vida: un cielo con infinitas alegrías para los que han sido buenos, y un infierno con fuego y todo para los que se han portado mal.

Yo, Marta, entiendo y respeto a los creyentes, pero creo que nosotros mismos somos el cielo y el infierno; que si hacemos de nuestra vida un proyecto hermoso donde el amor, la solidaridad, la compasión… tenga cabida en nuestro corazón, podemos ir creando esa parcela que llaman cielo, y que no es otra cosa que vivir con autenticidad.

Si al contrario, nuestra existencia carece de armonía, busca solamente los bienes materiales, confunde, como diría un poeta que ahora no me acuerdo, valor con precio, esa persona va atizando las brasas de su propio infierno personal, sobre todo porque no quiere reconocerse en ese espejo que es su propia conciencia.

Eso creo, Marta.

Por cierto, algún día te contaré la descripción del infierno que nos hizo el maestro cuando estábamos en la escuela; yo tenía doce o trece años. Te aseguro que no tiene desperdicio. Seguramente el señor Hitler diseñó alguno de sus terribles “entretenimientos” para los campos de concentración inspirado en las palabras de mi maestro.

Bueno, Martita, ya sé que no te gusta que te llame así porque tú te consideras muy mayor… ¡Qué barbaridad! Pero a mí me apetece regalarle a mi amiga Marta, a mi hermana Marta, un diminutivo pequeñito que no sirve para nada, pero que a lo mejor puede hablarle del enorme afecto, el inmenso cariño que le tengo.

Buenas noches, Marta; termino como empecé, deseando que la noche te abrigue en ese sueño reparador que necesitas. No olvides darle vacaciones a las pesadillas; hasta ellas se cansan de asustarte.

El que no es.

 

De La libertad y tú (2008)

Muchas veces te enfadas conmigo porque llego tarde, parece que no te intereso, me dices, mira a la hora que vienes… A lo mejor es que tienes otra chica. Eso decías, Nieves, pero tú no te creíste nunca una cosa así. Tú sabías que no había ninguna mujer, pero hacías como que sí para que te viera celosa, para que no tuviera más remedio que mimarte.

Pero lo decías.

Y eso que estabas convencida de que sólo tú ocupabas los espacios del aire, con campanillas y todo, que respiraba día y noche.

Cómo te reías de mí, poeta trasnochado me llamabas, y nunca me creíste cuando te decía que seguía oyendo las campanillas a pesar de que habían pasado casi dos años de aquella primera vez que te vi y pude observar el sorprendente milagro.

Y más tarde cuando te dije que ocupabas todos los espacios libres de mi corazón, a ti te pareció una forma un poco rara de decirle a una chica que la quieres, porque lo más normal era que lo hubiese dicho de otra manera. Que te dijera, por ejemplo, que estaba enamorado de ti, que quería acompañarte y esas cosas.

Pero al final tú te reíste, como haces casi siempre, lo que acentúa la intensidad del sonido que ya sabes.

Sin embargo te lo te dije muy claro, aunque tú te rieras. Te dije que ocupabas los espacios
libres de mi corazón. No todo mi corazón, Nieves.

Sólo los espacios libres, mi amor.

Es que había espacios ocupados. Importantes espacios ocupados.

Y no es que te engañara con otra chica, no. Te lo juro. Pero te engañaba…

(Dios… qué difícil de explicar son algunas cosas)

Te estaba engañando, Nieves. Tenías razón cuando decías que había alguien. Hay un nombre de mujer que roba mi tiempo, mi espacio, y ojalá, mi amor, no me robe la vida.

Me da pena decírtelo, pero ahora que voy a donde voy, ya lo sabes, tengo que tener el valor de no engañarme ni engañarte a ti tampoco.

Ya está bien…

Ese nombre de mujer está conmigo día y noche. Más días y más noches de los que paso contigo, porque contigo el tiempo es siempre escaso porque tú y yo jamás hemos visto el amanecer solos.

Dicen que es pecado, mi amor, que sintamos el hermoso titilar de las estrellas sobre nuestros cuerpos y que nos amemos bajo la bendición de millones de dioses que están allá arriba para ver llenos de envidia como los hombres y las mujeres se aman a pesar de tanto dolor, de tanta locura, de tanta muerte como llena el mundo.

Qué estupidez la de algunos, cómo va a ser pecado quererte a ti y a tu cuerpo de campanillas que alborota el aire, aunque tú te rías y me llames poeta y a mí me da igual porque no quiero que te enfades si llego tarde, o porque tenga cara de sueño.

Es que estuve estudiando, te digo, y quiero que lo creas porque es verdad que estudio muchísimo.

Pero ya ves, a pesar de todo, no he tenido valor para hablarte de ese nombre de mujer que me roba horas al sueño, que me obliga a leer otros libros además de los de texto, que me mantiene horas y horas en reuniones intempestivas, y a la que -perdona, mi amor- quiero casi tanto… como a  ti.

No te ofendas, no me reproches nada, por favor, aunque tengas ganas de hacerlo.

Sé que te harás preguntas que yo no podré contestarte. Pero antes de que traspase el umbral de esa puerta, quiero decirte la verdad que te he estado ocultando durante todo este tiempo en que tú y yo aprendimos a rodear con rojo el corazón de nuestros nombres…, ¿recuerdas? Manuel y Nieves, qué bonito cuando el rojo fuerte daba vuelta al corazón en la esquina de un cuaderno o en la última página de un libro.

¿Será verdad que los oídos del aire pueden llevarte mi voz? ¿Será cierto que los que se aman
tienen una sensibilidad especial para saber aquello que ninguna boca les dijo jamás

Si es así, Nieves, yo quiero que tu corazón escuche atentamente lo que te voy a decir. Ya no tengo mucho tiempo (un paso, dos pasos, tres pasos…) quiero que sepas que esa novia, esa amante secreta que intuyes y que seguramente odias, se llama Libertad.

Libertad, mi amor, Libertad, que no es el nombre de ninguna mujer y sin embargo creo que
es el nombre que deberían llevar todos los hombres y mujeres del mundo:

María Libertad, Antonio Libertad, Pepa Libertad, María Aurora Libertad, Pedro Libertad…
Todos Libertad, porque la Libertad hace crecer los hijos de las flores y no este erial donde vamos
muriendo sin remedio.

¿Lo sabías, verdad? aunque hacías como que no tenías ni idea del por qué de mis tardanzas,
ni de mis palabras, a veces oscuras o enigmáticas, ni de mis ojos somnolientos, ni de ese halo de
misterioso secreto que, según tú, era mi vida.

Ese es mi secreto. Te lo digo ahora que ni siquiera sé si se producirá el milagro de que te
llegue.

Ojalá te llegue.

Sé que no he actuado bien, lo sé. Que te he tratado como una niña (y es verdad que lo eres, tus dieciocho años son muy pocos años) y paternalmente he querido dejarte al margen; que no supieras nada para que nada malo pudiera pasarte.

¿Pero cómo vivir cuando la Libertad -perdona que la diga siempre con mayúsculas, con la boca llena- ha sido brutalmente asesinada? ¿Puede uno comer, dormir, amar… como si todo estuviera en su sitio cuando pasan las cosas que pasan?

Y no quiero hablar, mi amor, de las cosas que pasan.

La historia del mundo ha seguido dando vueltas después de aquel fatídico Golpe de Estado de 1936 contra un gobierno legalmente establecido, hace ya once años.

Y fíjate bien, Nieves, todos los dictadores, hermanos gemelos del nuestro, han muerto ya: murió Hitler, murió Mussolini y ese que no quiero ni nombrar, se mantiene en pie gracias al régimen de terror que aún sigue imponiendo a sangre y fuego.

Esto no puede continuar.

Ningún hombre de bien puede contemplar impasible como Franco sigue ahí cuando los otros ya han pasado página en el libro de horror de la historia.

Nos han dejado solos, Nieves.

No les importamos lo más mínimo. Europa nos ha dado la espalda, nos dio la espalda y hoy
la vergüenza se enseñorea de España.

¿Entiendes, mi niña, por qué me voy acercando a ese sitio en el que no quiero pensar?

Por la Libertad… Solo por la Libertad, mi amor, te estoy diciendo estas cosas que nadie podrá oír -solo tú serás capaz de entender el mensaje del aire.

Si ése que me acompaña y no habla, no dice nada, solo «Manuel, ven conmigo», supiera lo que te estoy diciendo, a lo mejor me pondría grilletes que harían saltar las piedras de la calle. Pero él no habla. Aunque no hace falta que diga nada porque su silencio es muy elocuente.

Pero nosotros no nos engañamos:

Él sabe dónde me lleva y yo sé a dónde voy.

Lo que pasa es que si se enterara, si supiera todas esas cosas que te he dicho y muchas más que no podré decirte, a lo mejor no estaría tan comedido, tan puesto él en su papel de mensajero.

Espero que puedas perdonarme, aunque no lo entiendas y te asuste ese lugar a dónde me
llevan, no dudes nunca de que en mi corazón sólo caben dos mujeres: la Libertad y tú.

Se acabó.

Un paso… dos pasos… tres pasos…

 

De Las sandalias de la luna (2009)

El viaje

A Modu, a la madre de Modu y a todas
las mujeres que viajan en la patera de los sueños.

La mujer sostuvo entre sus manos
el vientre abultado que
se movía en una cuna de agua.
Sus ojos miraron por última vez
el horizonte de tierra.

(Qué lejos ya la tierra. Puntito oscuro sobre la línea azul que seguramente daba alas
a los peces)

Como a ella, que no era un pez y se había embarcado
en la patera de los sueños después de haber soñado tanto
con los terribles monstruos que la devorarían sin piedad.

Por eso se apretaban los hombros solidarios
y se abrazaban las manos abiertas del miedo.

De repente sintió sola la soledad. El puntito oscuro
que le hablaba de certidumbres se perdió en el país de la infancia
y ella y los otros supieron que solo el mar era testigo.

Y el sol también que les torturaba inmisericorde.

Y la luna…

(Cómplice secreto del amor que preñó la esperanza)

y que ofrecía ahora su rostro metálico y frío
como la noche que le trajeron su cuerpo envuelto
en una sábana grande y ella supo que el amor había muerto
antes de que florecieran las alondras.

(Modu nacería donde la libertad no fuera
un cuervo al acecho, le juró)

La mujer sostuvo entre sus manos su vientre abultado.

Mientras, el desierto de agua se abría
ante las fauces de las olas.

(Tú y yo, en la playa, bronceábamos al sol
nuestra patética insolvencia)

 

De Los ojos de la lluvia (inédito)

 

Siempre nos quedará París

Lloviznaba dulcemente sobre Orly
Cuando el avión aterrizó sin estridencias.
Un otoño suave acariciaba
La piel de la ciudad y tú acariciabas mis manos
Mientras me mirabas
Como si fuese la última vez que el mundo
Daba vueltas sobre sí mismo.
Las hojas de los árboles amarilleaban el suelo
Después de que la brisa besara tu rostro
Y las manos del tiempo rodearan mi cintura
Y acariciaran tu pelo sin importarle nada
La seriedad de monasterio que tenía la Gioconda
Envidiosa, seguramente, de tanto amor desmesurado,
De tanta risa a deshora y de tantas canciones en francés.

A ti te sorprendió, lo recuerdo,
El inesperado concierto que nos regaló Cortazar
En la última esquina de los Campos Elíseos
Cuando escuchamos un saxo que sonaba
Desde una gabardina grande y unas manos inmensas.
Era Julio, sabíamos que se había quedado
Una eternidad entre París y tú.

Nos hizo gracia que el Sena estuviese
Harto de tanta desmesura a flor de agua,
De tanto beso apresurado, deleitado, degustado
Por los amantes anónimos o reconocidos
O maltrechos que bajo los puentes del río
Levantaban las faldas a la noche
Y hacían el amor en sus orillas.

Siempre nos quedará París, dijiste,
Como en la vieja película.

Siempre nos quedará París, te dije,
Mientras me ovillaba a tu cuerpo

Y el Árbol de los Suspiros recogía anhelante
El último beso de la noche. Qué maravilla…Es una lástima que nunca
hayamos estado en París.

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