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Manuel Verdugo

Textos escogidos

DE MI CARTERA

¿Sabes por qué soy insensible y frío?…
Mira mi corazón, que no fue mío:
al presente no es más -aunque te asombre-,
que un antiguo dolor petrificado…
En él grabé, como epitafio, un nombre:
¡el tiempo, compasivo, lo ha borrado!

(de Hojas)

 

LA MARTIR

En estrecho ataúd está tendida,
a la luz macilenta de los cirios;
no turban su reposo los delirios
que envenenan los sueños de la vida.

Por un nimbo de flores circuída,
como premio otorgado a sus martirios,
ve su faz, más blanca que los lirios,
de expresión resignada y dolorida.
Ya descansa. Cesaron los dolores…

Pasa un rayo de sol resplandeciente
a través de los vidrios de colores,
llega a la pobre muerta sonriente
y, resbalando en las marchitas flores,
pinta un iris de paz sobre su frente.

(de Hojas)

 

TIBERIO

Hay mágicas palabras: el nombre de Tiberio
tiene una extraña, fría, cruel sonoridad;
parece que a su influjo resurge del misterio,
después de veinte siglos, el monstruo de maldad.

Y vemos la figura del amo del Imperio,
del déspota lascivo, del César sin piedad;
y asoma a nuestros labios la hiel de un improperio
que muere ante su yerta, sombría majestad

Yo me he asomado en Capri al borde de un abismo,
al borde de aquel “Salto” que lleva el nombre mismo
de quien debió su trono al crimen y al terror.

Allí pensé, mirando la sima pavorosa,
que me asomaba al alma estéril, tenebrosa,
del viejo Emperador.

(de Estelas)

 

A JULIANO “EL APÓSTATA”

Te creíste vencido, gran Juliano,
y fue sólo aparente la derrota;
lanzaste un germen con segura mano
al surco abierto por tu espada rota.

De sangre un mar, sobre el oculto grano
muchos siglos vertieron gota a gota;
hoy junto al sacro leño del cristiano
el laurel verde del Olimpo brota.

No, los dioses no han muerto todavía…
existirán mientras el hombre sienta
con íntimo temblor la Poesía.

Ante las viejas aras no estoy solo…
¡hay quien se postra y angustiado intenta
rezar a Cristo y adorar a Apolo!

(de Estelas)

 

EL LIBRO DE MI VIDA

Es un goce triste,
un placer amargo,
evocar las horas
de tiempos lejanos.

A veces, el alma
volviendo al pasado,
de mi propia vida
las hojas repaso:

Novela de un hombre,
poema prosaico,
tragedia risible,
sainete dramático…

Hay líneas borradas
por gotas de llanto;
hay otras que huellas
de besos guardaron…

Hay párrafos breves
de goces truncados;
de penas muy hondas,
capítulos largos.

Con angustia miro
las hojas en blanco,
las hojas que esperan…
Correrán los años,

y si llego a viejo,
diré suspirando
al cerrar la historia
con gesto cansado:

Mis horas felices,
los mejores ratos,
en los que he vivido,
los pasé soñando…

(de Estelas)

EN VOZ BAJA

Adivino el origen
de tu pesar secreto;
la causa de este hastío,
como tus ojos, negro.

Te lo diré en voz baja:
es el remordimiento…
Los espíritus fuertes
lo disfrazan de tedio.

(de Estelas)

 

5

¡Qué feliz conjunción!
No existe matrimonio más parejo
que el de Doña Matilde y Don Zenón:

Él es un zorro viejo
y ella es… de la misma condición.
En cambio, el célebre pianista Vera
se casó y anda triste y caviloso;
le sobra algo para ser dichoso…

Ella es tiple… ligera
y él es un “virtuoso”.

23

¡Qué hermosísima criatura!
¡Qué gran mujer! ¡Qué figura!
¡Qué rostro tan hechicero!
Sólo le falta un letrero:
“Cuidado con la pintura”.

24

La historia de mi vida: Un cuento largo y soso;
novela por entregas sin trama ni emoción;
hasta el protagonista llegóme a ser odioso…
A veces he pensado dejar la suscripción.

60

No olvidarse del precepto:
“huir de la suciedad”.
(Es más sano en mi concepto
“huir de la sociedad”).

74

En el teatro de la humana farsa,
ya que no puedo ser primer actor
antes que hacer papeles de comparsa
he preferido ser espectador.

(de Burbujas)

POR EL LABERINTO

En un lecho, postrado y dolorido,
gritó a la muerte con angustia: “¡Espera!”
Vio la orilla del mar desconocido,
la tenebrosa, la fatal ribera…
Borróse tal visión. Convaleciente,
ávido, inquieto, reanudó el camino
con ansia de vivir intensamente,
con locas ansias de gozar sin tino.
Hoy, recorriendo el laberinto humano,
entre la inmensa multitud se advierte
un espíritu enfermo en cuerpo sano
que anhelando salir llama a la muerte.

(de Huellas en el páramo)

 

NÁPOLES

Día** – Hoy no he salido del Hotel. Ha amanecido lloviznando, y durante todo el día, el monótono lagrimeo de un cielo ceniciento, me ha llenado de melancolía. Nápoles, con un cielo así, no es Nápoles, diríase una bacante disfrazada con pardo zayal de penitente. Hallábame en el Salón de lectura hojeando un periódico de reclamos, cuando oí resonar en el comedor una estridente risa infantil, y una voz femenina que decía con severidad:”¡Pepito: a ver si te estás quieto!…”

¡Una familia española!: me dije lleno de alegría; y soltando el periódico me dirigí precipitadamente a cenar, para conocer antes a mis compatriotas. Valía la pena de haber suspendido la lectura del anuncio de unos chanclos de goma que me interesaba mucho más que las novelas de Salgari o de Carolina Invernizio.

La familia en cuestión, que comía en una mesa algo apartada de la mía, podría figurar muy bien en un regocijado artículo del inolvidable Luis Taboada. La señora ha bajado al comedor sin corsé, y parece tomar demasiado en serio sus deberes maternales. El marido tiene un color de limón podrido, que atestigua a cien leguas la ictericia aguda producida, sin duda, por los sinsabores del hogar doméstico. Los tres niños son dignos de un tríptico modernista. El mayor, que tendrá unos 16 años, es un pequeño paquidermo que respira resoplando, y mira a todas partes con unos ojitos saltones, completamente asustados.

El que le sigue en edad, es una reproducción reducida del padre: extremadamente delgado, con un pescuezo interminable y una cabeza enorme, Parece un alfiler de corbata. A esta desgraciada criatura, la he visto después, muchas veces arrimándose a los rincones como un borrico enfermo o desplomándose en cuantos sofás, divanes, butacas, sillones y canapés encontraba al paso. El más pequeño, (¡Pepito, a ver si te estás quieto!) de unos cinco o seis años, es guapillo, pero de un mal educado hasta hacerse odioso.

Se pasa el día -según observé después- subiendo y bajando en el ascensor. Sin duda, es el único que ha visto el angelito en toda su vida. Este inocente placer de sentirse transportado, le produce tal regocijo, que atruena el Hotel con sus carcajadas y sus gritos. He aquí esbozada la primera familia a la que he oído hablar en español desde que salí de Hendaya. ¿Eran catalanes, vascongados, andaluces, canarios, aragoneses o mallorquines? Esto es lo que no puedo precisar, porque, como he dicho, su mesa estaba algo apartada de la mía y su conversación llegaba hasta mí con un rumor confuso.

(de Fragmentos del diario de un viaje)

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