« INICIO / Archipiélago de las letras / Eugenio Padorno

Josefa Rodríguez Silvera

Textos escogidos

DEL LIBRO LA ISLA DE LAS ARDILLAS

UN PASEO POR LA PLAYA

La mar siempre nueva despertaba cada día su curiosidad.

Unas veces era el aroma de algas, marisco y sal el que chispeando salpicaba su cuerpo y toda ella olía a mar, mientras buscaba en los charcos bajos las madrigueras de los pulpos. Los veía asustadizos, huyendo por los rajones, aun sabiéndose más fuertes.

La niña metía las manos en los charcos limpios y, como si repartiera miguitas de pan, se le llenaban
de camarones besucones. Y si metía los pies se le transparentaban las zapatillas con sus bigotes cosquilleros.

Otras veces daba largas caminatas acompañada de su bardino para encontrar tesoros impensables: una bola mágica de cristal azul que flotaba y con la que podía ver más allá de los confines; unas chácaras de conchas para acompañar con música sus sueños viajeros; el cascarón rojo de un erizo sin púas, perfecto para hacer una calesa de cuento y sentar en ella a una princesa sin zapatos; un ancla oxidada buscando cobijo en una fantasía…

Su imaginación pintaba la larga fauna de la mar…le bastaba alzar una piedra para encontrar cangrejos peludos, jacas, erizos de colores y estrellas de brillantes escamas coloridas; las había también negras, con cinco tentáculos inofensivos y tímidos. Las podía coger con las manos y su piel rasposa se encogía y se retorcía en un espasmo de terror. Luego, las volvía a colocar en el agua y veía cómo se hinchaban de gusto.

Sin darse cuenta llegó hasta las sombras del Gran Hotel donde días antes había encontrado una pardela herida; y buscó inútilmente entre los hierbajos rastros de otras aves.

Después desanduvo el camino hasta su casa, con el agua por la rodilla y haciendo mil y una flexiones en los charcos en busca de recovecos…

DEL LIBRO LA CAJA DE LAS PALABRAS

EL OJO DEL GIGANTE

(Fragmento)

El episodio que más le gustaba a la niña era el de “La isla de los Gigantes”. Contaba la mamá que una vez llegó Ulises a una isla alta y hermosa. Sus montañas estaban cubiertas de pinos y las laderas con frutales. Allí vivía un gigante con un solo ojo que se alimentaba del ganado y de los productos de la tierra, especialmente de uvas y vino. Pero al gigante, igual que al ogro de Pulgarcito, también le gustaba la carne humana y trató de comerse a los visitantes. Menos mal que Ulises era muy listo y consiguió vencerlo quemando su único ojo.

La descripción de la isla le parecía a Marina un lugar cercano y conocido, por eso preguntaba:

—Mami ¿la isla de los Gigantes estaba también en el Mediterráneo?
—No. Estaba en el Océano Atlántico.
—¿Cómo se llamaba el gigante que tenía un solo ojo?
—Polifemo
—¿Había más gigantes en la isla?
—Claro que sí- afirmó la madre convencida.
—¿Qué pasó con ellos? ¿Se murieron? ¿Tuvieron hijos?

La mamá continuó la historia a su manera:

—Parece que Circe, la bruja que vivía en una isla cercana, cansada de que los gigantes comieran carne humana, los convirtió en piedras gigantescas. Después juntó sus cuerpos y formó un enorme acantilado.
—¡Lo sabía!—contestó Marina convencida.
—¿Qué sabías?
—Que la isla de los Gigantes es Tenerife.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque he visto el acantilado de Los Gigantes y sé que en la parte más alta se divisa perfectamente
la cabeza de Polifemo con su ojo vacío.

DEL LIBRO LA LAGARTIJA ESCURRIDIZA

EL LABERINTO

La niña salió temprano al jardín. Estaba dispuesta a conseguir la confianza de Lisa sin escatimar
esfuerzos.

Se le ocurrió que, en lugar de repetir sus caminitos como siempre había hecho, iba a llenar la huerta
con las veredas de un gran laberinto.

Y dicho y hecho…

Comenzó en la pared y recorrió todas las matas en una gran red de caminos, para que Lisa los descubriera en cuanto asomara la cabeza por cualquier lugar: trocitos de manzana…Migas de pan…Hojas de lechuga…Trocitos de manzana…Migas de pan…Hojas de lechuga…Trocitos de manzana…Migas de pan…Hojas de lechuga…Hileras de migajas entrecruzándose bajo las flores. Esperó paciente, sentada en el muro, con un trocito de manzana en una mano y un puñado de arena volcánica en la otra; por si a los pájaros se les ocurría acercarse.

Pero, antes de que su treta diera resultado, el camino comenzó a desaparecer: unos escarabajos se comieron algunos trozos de manzana, el caracol arrambló con varias hojas de lechuga, y un ejército de hormigas y mosquitos se llevó casi todas las migas de pan.

“¡Qué fracaso! Les he dado de comer a todos los bichos y Lisa ni se ha asomado”, pensaba Yaiza con disgusto.

Apenas quedaban huellas del caminito cuando el conocido Sschasssssss…Sschasssssss de unos pasos sobre las hojas secas alertaron los sentidos de la niña.

“¿Será ella? ¡No! Son sus hermanas… ¡Qué bonitas, aunque no tanto como mi lagartija”, decía para sus adentros Yaiza mientras las otras lagartijas se comían lo poco que quedaba.

De pronto apareció Lisa. Vestía un traje color plata con una raya malva que le atravesaba todo el
cuerpo. Parecía una reina antigua, vestida de largo. Se paró bajo la sombra de una rosa, moviendo la
cabeza, dubitativa.

¿Ya es hora de merendar?
O, mejor, ¿me pongo a jugar?
Que sí, que no, que sí, que no…
¡Ay, ay…! No sé por qué optar.

-¡Venga ya! ¡Decídete de una vez!-dijo Yaiza.

Como si presintiera sus deseos, Lisa caminó unos pasos, majestuosa, saludando a sus compañeras con leves inclinaciones de la cabeza.

En unos de sus movimientos, miró a Yaiza y su postura cambió. Aceleró el paso y, en un rápido zigzag, se colocó junto a ella. Despreció los cuatro restos que estaban a sus pies, para atrapar, sin ningún reparo, el trocito de manzana que la niña tenía en su mano abierta. ¡Qué momento más dulce! Yaiza sintió como un beso de brisa en el cuerpo, como una cosquilla fugaz, como una gota fresca en el calor de su mano.

¡Al fin! Lisa había perdido la timidez para convertirse en su amiga.

DEL LIBRO EL MONTE DE LAS BRUMAS

LA LEYENDA DE LOS GIGANTES

(Fragmento)

Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que una noche, sin esperarlo, sucedió un terrible terremoto y toda la isla se estremeció como si fuera una montaña de arena a punto de desmoronarse.

—¿Qué ocurre?—se preguntaron los gigantes sin obtener una explicación coherente.

En unos minutos se sucedieron cinco réplicas tan intensas que desmoronaron montañas y formaron nuevos barrancos…

¡Qué noche más tenebrosa! Parecía no acabar nunca, como si el sol atemorizado se negara a salir por el horizonte.

Cuando al fin cesaron los temblores de la tierra y la luz comenzó a borrar los fantasmas del miedo, los atemorizados gigantes descubrieron que la isla parecía un géiser hirviente a punto de explotar. Los borbotones de lava se sucedían en diferentes puntos y amenazaban con destruirlo todo.

—¡No puedo consentir que los aranfaibos del fuego destruyan lo que con tanto trabajo y amor hemos
construido! ¡Algo habrá que pueda hacer!—gritó Agando.

Y corrió al monte seguido de sus hijos Petro y Petra.

Mientras, la mamá Fortaleza se dirigió a sus dominios para consolar a los atemorizados seres que acudían a refugiarse bajo sus faldas.

La tragedia vivida aquella noche en la isla devolvió la solidaridad a sus gigantescos habitantes. Cuentan que cuando Agando subía al monte se encontró con Cano y los trillizos, Carmona, Zarcita y Ojila, que también estaban dispuesto a evitar que las fuerzas telúricas destrozaran lo que tanto amaban. Juntos descubrieron los puntos que vomitaban lava y se colocaron sobre ellos sin pensar en lo que les ocurriría.

Los gemelitos Petro y Petra vieron cómo se abría un enorme cráter sobre el valle de Hermigua, en el que habían puesto todo su amor, y como era demasiado grande se colocaron los dos muy juntos para impedir la salida de la lava.

Utilizando sus cuerpos como si fueran inmensos tapones en los cráteres de sus montañas impidieron que el líquido hirviente corriera ladera abajo y cubriera los colores de su isla. La lava que fluía se fue solidificando sobre ellos despacito hasta formar los enormes Roques que hoy siguen custodiando el MONTE GARAJONAY y que tanta admiración nos causa.

Fortaleza se convirtió en el símbolo de la madre cariñosa que ayuda a todos los que la solicitan. Cuenta la leyenda que entre los huecos de su rostro petrificado se refugiaron los gomeros perseguidos, las aves, las plantas, los insectos, las cabras…Ella, como dama del mar y de la tierra, los acogió protectora. También se dice que abrió la fuente que llevaba en su interior para que bebiesen sus protegidos. Ahora parece una dama sentada en el suelo; pero asomando curiosa la cabeza por encima de las brumas, como intentando ver a su amado Agando.

Y sé, porque me lo contó una gaviota que tiene su nido en un rinconcito de su cima, que las brumas que suben y bajan del monte hasta el mar, les llevan todos los días los murmullos de sus hijos Petro y Petra, que siguen sobre Hermigua custodiando con su presencia a todos los niños gomeros.

DEL LIBRO JUANA CATALINA  LA ÚLTIMA BRUJA DE CANARIAS Y SUS DESCENDIENTES EN EL SIGLO XXI Y OTROS CUENTOS

JUANA CATALINA

(Fragmento)

A partir de ese momento las personalidades de  Juana aumentaron. Apenas le quedaba tiempo para enseñar a sus hijas. Fue entonces cuando comenzó a soñar con que ellas aprendieran a leer y que descubrieran en los libros los conocimientos que no podía enseñarles o que desconocía…, y quiso compartir sus sueños con los vecinos.

Desde ese instante se desató un temporal de murmuraciones y envidias y su nombre y sus hechos, aumentados o cambiados, corrieron de boca en boca; hasta que una vecina la denunció por bruja al Tribunal de la Inquisición.

Debo explicarles, antes de seguir, que la palabra “Inquisición” es muy antigua. Se parece a una horqueta con cuatro puntas, de esas que usan los labradores para aventar el trigo. Por ser tan rara nunca ha pertenecido ni pertenecerá al vocabulario de los niños…Bueno, pero es una palabra del diccionario y tiene su significado. En mi diccionario dice: “Inquisición” (con mayúscula; La): Antiguo tribunal eclesiástico que castigaba los delitos contra la fe religiosa”.

Y uno de los delitos más graves que existía para el Tribunal de la Inquisición era el de ser bruja y practicar la brujería.

¡Pobre Juana Catalina que fue apresada por los inquisidores y separada de su familia…! ¡Cuánto sufrió la lejanía!

Cuentan, que en el juicio todos temblaban: los acusadores, los testigos, los defensores y hasta los jueces que se encontraba un poco ridículos juzgando a una mujer.

Comenzó a declarar la envidiosa vecina, temblando como una hoja seca colgada de un árbol.

Se le escuchó decir, entre sollozos, que si la bruja con sus malas artes le había metido un lagarto vivo en el estómago, o puede que fuera un perenquén venenoso… ¿Y la de brujerías que practicaba…? ¡Que si le había echado mal de ojo a sus hijos!

—¿Usted qué contesta a estas acusaciones?—le preguntaron a Juana Catalina.

Ella, con la dignidad de una gran dama, contestó:

—Practico lo que he aprendido de mis antepasadas. Es verdad que hago pócimas, emplastos y ungüentos y con ellos consigo que mejoren mis enfermos; pero nunca he hecho daño a nadie.

A continuación hablaron los testigos: unos a favor y otros en contra y cada cual contó lo que le
pareció.

Al final le tocó el turno al Juez; un poco avergonzado por la cantidad de tonterías que tuvo que escuchar en la boca de los testigos envidiosos, y dictó sentencia:

“Pasará un año sirviendo en un convento. Al término de la condena volverá con su familia y no practicará jamás la brujería”.

Poco tiempo después de dictarse esta sentencia, el Tribunal de la Inquisición se disolvió y nunca
más se condenó a una mujer por bruja en Canarias.

DEL LIBRO KASWEKA

KASWEKA APRENDE OTRAS LETRAS

(Fragmento)

En los ojillos de Kasweka parecían navegar monedas de oro. Calló un momento, como añorando su tierra, y después volvió a sonreír para seguir explicando sus dibujos:

—Esta es la casa de la abuela. Aquí está la casa de mis tíos.

De pronto la niña hizo un alto y enmudeció un momento pensativa…

Para animarla, la maestra le preguntó:

—¿Qué quiere decir esta raya roja y ancha que has pintado debajo de las casas?

Kasweka se tomó un tiempo antes de contestar, como si esperara a que algo la liberara; pero miró a sus compañeros y vio en sus rostros unas sonrisas tan amistosas que más bien parecían regalos, y no pudo callar. Hizo un esfuerzo y contestó como si estuviera compartiendo un gran secreto:

—Cuando la tierra tuvo ese color, se fue papá y todo se volvió muy rojo. El río se desbordó y la corriente se llevó las casas y los animales. En esa época, mamá tenía que caminar mucho para traer la comida. Cada día tardaba un poco más.

La niña volvió a callar…

El dedito de Kasweka se posó sobre un rectángulo con pequeños cuadrados dentro. Después dijo con una sonrisa:

—Ahora vivo aquí. Mi casa. Mi padre. Mi madre. Mi hermano. Mi perro. Mis vecinos.

La clase entera rió con ganas cuando ella puso un dedo sobre las ventanas del edificio, y es que detrás de cada una se distinguían las cabecitas de sus padres, de su hermano, de su perro y las de todos sus vecinos. Los niños intuyeron que ahora Kasweka era feliz y aplaudieron con todas sus fuerzas.

Compartir

Otros textos disponibles

De El espíritu del río

1913
El espíritu del río (1913), Juana Fernández Ferraz.

De Materia en olvido

2008
Materia en olvido (2008), Ana M.ª Fagunto.

De Trasterrado marzo

1999
Trasterrado marzo (1999), Ana M.ª Fagunto.

De La miríada de los sonámbulos

1994
La miríada de los sonámbulos (1994), Ana M.ª Fagundo.

De El sol, la sombra en el instante

1994
El sol, la sombra en el instante (1994), Ana M.ª Fagundo.

De Retornos sobre la siemprer ausencia

1989
Retornos sobre la siemprer ausencia (1989), Ana M.ª Fagundo

De Como quien no dice voz alguna al viento

1984
Como quien no dice voz alguna al viento (1984), Ana M.ª Fagundo.

De Desde Chanatel el canto

1981
Desde Chanatel el canto (1981), Ana M.ª Fagundo.

De Configurado tiempo

1974
Configurado tiempo (1974), Ana M.ª Fagundo.

De Diario de una muerte

1970
Diario de una muerte (1970), Ana M.ª Fagundo.

De Isla adentro

1969
Isla adentro (1969), Ana M.ª Fagundo

De Brotes

1965
Brotes (1965), Ana M.ª Fagundo

De A la fiera amada y otros poemas

1985
A la fiera amada y otros poemas (1985), Orlando Hernández Martín.

De Poema coral del Atlántico

1974
Poema coral del Atlántico (1974), Orlando Hernández Martín.

De Claridad doliente

1964
Claridad doliente (1964), Orlando Hernández Martín.

De Máscaras y tierra

edit. 1977
Máscaras y tierra (edit. 1977), Orlando Hernández Martín.

De Catalina Park

edit. 1975
Catalina Park (edit. 1975), Orlando Hernández Martín.

De La promesa, fiesta en el pueblo

1996
La promesa, fiesta en el pueblo (1996), Orlando Hernández Martín.

De La verbena de Maspalomas: comedia canaria en dos tiempos

1993
La verbena de Maspalomas: comedia canaria en dos tiempos (representada en 1993), Orlando Hernández Martín.

De El hechizado

1980
El hechizado (representada en 1980, edit. 2017), Alicia Hernández Martín.

De Teo juega al tenis con las galaxias

1974
Teo juega al tenis con las galaxias (estrenada en 1974, edit. 1975), Orlando Hernández Martín.

De Cigüeñas en los balcones

1974
Cigüeñas en los balcones (representada en 1974, edit. 2017), Orlando Hernández Martín.

De Zarandajas

1973
Zarandajas (estrenada en 1973, edit. 1974), Orlando Hernández Martín.

De El encuentro

1972
El encuentro (estrenada en 1972, edit. 1974), Orlando Hernández Martín

De Frente a la luz

1972
Frente a la luz (1972, edit. 2017), Orlando Hernández Martín

De Prometeo y los hippies

1970
Prometeo y los hippies (representada en 1970, edit. 1971), Orlando Hernández Martín

De Fantasía para tres

1966
Fantasía para tres (representada en 1966), Orlando Hernández Martín

De …Y llovió en Los Arbejales

1968
Y llovió en Los Arbejales (1968), Orlando Hernández Martín

De La ventana

1963
La ventana (1963, edit. 1972).

De Tierra de cuervos

1966
Tierra de cuervos (1966 y 2017)

De El barbero de Temisas

1962
El barbero de Temisas (1962), Orlando Hernández Martín
Pedro Álvarez de Lugo

Textos escogidos

Luis Alemany

Textos escogidos

Alfonso Amas Ayala

Textos escogidos

María Rosa Alonso

Textos escogidos

Graciliano Afonso

Prólogo de Carlos de Grandy a la primera edición de la Antología de Literatura Isleña

Álbum de Literatura Isleña

Lágrimas y flores. Producciones literarias

Victorina Bridoux y Mazzini

Textos escogidos

Textos escogidos

Juan Cruz

El Pensador

José Clavijo y Fajardo

Textos escogidos

Félix Casanova de Ayala

Textos escogidos

José Carlos Cataño

Textos escogidos

Félix Francisco Casanova

Textos escogidos

Bartolomé Cairasco de Figueroa

Textos escogidos

Víctor Doreste

Textos escogidos

Domingo Doreste

Textos escogidos

Ventura Doreste Velázquez

Textos escogidos

Cecilia Domínguez Luis

Textos escogidos

Agustín Espinosa

Textos escogidos

Ramón Feria

El Espíritu del río (fragmento)

Juana Fernández Ferraz

Textos escogidos

Luis Feria

Textos escogidos

Ana María Fagundo

Textos escogidos

Pedro García Cabrera

Textos escogidos

Juan Manuel García Ramos

Textos escogidos

Emeterio Gutiérrez Albelo

Textos escogidos

Pancho Guerra

Textos escogidos

Gaceta de Arte

Textos escogidos

Ángel Guerra

Textos escogidos

Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor

Textos escogidos

Tomás de Iriarte

DE Dado de lado (selección)

Juan Ismael

Textos escogidos

Pedro Lezcano

Textos escogidos

Elsa López

Textos escogidos

Pilar Lojendio

Textos escogidos

Ignacia de Larra

Textos escogidos

Domingo López Torres

Textos escogidos

Tomás Morales

Textos escogidos

Isabel Medina

Textos escogidos

Ángela Mazzini

Textos escogidos

Sebas Martín

Textos escogidos

José María Millares Sall

Textos escogidos

Arturo Meccanti

Textos escogidos

Agustín Millares Sall

Textos escogidos

Sebastián de la Nuez Caballero

Textos escogidos

Antonio de la Nuez Caballero

Textos escogidos

Pino Ojeda

Textos escogidos

Sebastián Padrón Acosta

Textos escogidos

Pedro Perdomo Acedo

Textos escogidos

Manuel Padorno

Textos escogidos

Eugenio Padorno

Textos escogidos

Benito Pérez Galdós

Textos escogidos

Mercedes Pinto

Textos escogidos

Juan Bautista Poggio

Textos escogidos

Carlos Pinto Grote

Textos escogidos

Benito Pérez Armas

Textos escogidos

Alonso Quesada (Rafael Romero)

Textos escogidos

Olga Rivero Jordán

José Rivero Vivas

José Rivero Vivas

Textos escogidos

Domingo Rivero

Textos escogidos

Julio Antonio de la Rosa

Textos escogidos

José María de la Rosa

Textos escogidos

Jorge Rodríguez Padrón

Textos escogidos

Alexis Ravelo

Textos escogidos

Lola Suárez

Textos escogidos

Textos escogidos

Natalia Sosa Ayala

Textos escogidos

Fernanda Siliuto

Textos escogidos