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José Rivero Vivas

José Rivero Vivas

De La espera (1978)

Fernando, por el contrario, se alegraba de verme enfrascado en cualquier libro, y me aconsejaba dirigir mi esfuerzo hacia fines prácticos susceptibles de proveerme resultados positivos. Surgió entonces su idea de la traducción, oficio que en su momento podría valerme como medio de vida y avalarme con una cualificación futura. Al principio no puse oído a su sugerencia; más tarde, sin embargo, enmendé mi opinión y escuché su consejo. Acto seguido quiso despertar mi entusiasmo y me trajo la biografía de un célebre autor, cuyo nombre me escapa por más que me afano en recordarlo; uno de sus capítulos estaba dedicado a su pasión por traducir, lo que le hizo renunciar temporalmente a su propia obra, y explicaba luego cómo se le iba adueñando el duende extranjero cuando emprendía nueva aventura en la versión que preparaba. Poco a poco me dejé impregnar por la magia de la doble vertiente revuelta en mis manos, y significativamente quedé embrujado por el aquelarre verbal.

Cada tarde me encerraba a practicar, y traducía atropelladamente, con prisa, deseando amontonar página sobre página como si temiera que alguien se me adelantara y me dejase sin material. Qué bruto. Cómo me atosigaba sin razón. Y después de ocho horas de limpieza. Así, al cabo de unos minutos, se me ponía la cabeza como un bombo. Al instante me dormía. Me despertaba luego. Volvía a lo mismo. Me dormía otra vez. Tornaba a despertar. Insistía. Dos frases ahora. Una palabra después… Y así toda la tarde para terminar media página. Imposible. La tarea era superior a mis fuerzas. No lo digo por mi cansancio solamente, sino que no encontraba medio de captar en plenitud lo que se dice en esta lengua.. Hay veces que conozco las palabras una por una; pero en conjunto no sé qué significa la frase completa, porque pierdo el hilo fácilmente y no hallo manera de inferir su contenido. En otros casos entiendo todo, excepto la palabra comodín, que en su naturaleza acomodaticia puede integrarse de múltiples formas; ahora bien: ¿cuál es la correcta? Este es el intríngulis del inglés, y en él radica el dilema para mí como traductor: más de un patinazo me he pegado, quitando manzanas donde tenía que haber dado peras.

—No me vengas con que sé inglés, que cuanto más buceo tanto más densa es la oscuridad.

Fernando se reía, porque aun cuando sabe menos que yo, conocía más técnica de traducción, y estaba más hecho a las dificultades de verter al castellano las oraciones sajonas. No tuve más remedio que aceptar sus observaciones y dejarme guiar por sus consejos, hasta construirme yo mismo mi propia técnica. Hoy, lo primero que hago es leer el texto cuantas veces me sea preciso para captar su tono musical y su ritmo; luego, trato de pasarlo al castellano siguiendo la pauta original, reemplazando la palabra extraviada por un lalalá igual de sílabas, enseñanza aprendida en el «Cómo hacer versos» de Maiakovsky. Después vuelvo sobre el resultado primero hasta lograr que forma y fondo se parezcan al original, sin que por ello me someta servilmente al otro idioma. En mi versión ha de quedar latente el espíritu de quien trasvasa la obra, sin detrimento de la personalidad del verdadero autor, que en algo ha de ser afín a la mía.

Estupendo. Colosal. Portentoso. Pero, ¿cómo pasar el ritmo inglés al castellano? ¿Y a qué país hispano parlante referirme? Comprendo que la distancia entre ellos no es tanta como para que no respire en argentino quien es mejicano, ni en andaluz el oriundo astur; pero aun así los ritmos difieren, y son pegas que no se subsanan con una redundancia, un barbarismo o un giro más o menos deslumbrante. Pero hay más en mi caso, y es que soy asmático, por lo que me veo incapaz de leer de corrido una frase completa. Esta sí que es dificultad invencible. ¿De qué forma respirar para que en mis oraciones no falte el mínimo componente gramatical? Tremenda congoja me produce la lectura. Abro y cierro la boca, y absorbo el aire con ronco silbido de mis bronquios, erizados espeluznantemente en días de primavera cuando el polen comienza a penetrar mi sensibilizado organismo. De transcribir lo que leo en voz alta, la página tendría más puntos suspensivos que vocablos, y un poema sería una sucesión de puntos que nunca formaría una línea recta. Con este terrible handicap poco podré traducir de un idioma que se construye en línea ascendente a otro que en su descenso precisa de partículas a veces expletivas que enlazan y dan sentido a la frase. Todavía si gozara de buena salud y pudiera leer regularmente, a lo mejor lograba valerme y verter algún que otro pasaje curioso. Pero, qué va; estoy hecho polvo, y mi voz se quiebra sólo de intentar lo que mi salud me veda.

Fernando se reirá cuando le exponga estas especulaciones basadas en mi experiencia. Me dará toda una conferencia sobre teoría de la traducción y traerá a colación aquel libro que abundaba en ejemplos que comentaban las diversas versiones de Homero y Horacio, Shakespeare y Cervantes. Citará miles de autores traducidos para probar ciertas las dificultades a superar durante el proceso de trasvase de uno a otro idioma, y con ello pretenderá alentar mi pobre ánimo para comprometerme en la ingente apuesta. Pero no voy a caer en tamaña estupidez conociendo lo que conozco, que estoy de acuerdo con el filósofo alemán de los bigotes: de una lengua a otra, lo difícil es el ritmo medio de su respiración; más o menos, pero sin buena respiración no es posible leer acompasadamente. Y puesto a enjuiciar la traducción hecha realidad, he de tener presente al filósofo español y su «Miseria y esplendor…», que no cito literalmente porque mi memoria no es fiel y estoy seguro de equivocarme. Son detalles que siempre me han escapado y no voy a enmendarme ahora que ando ocupado en causas de fuste mayor y superior urgencia.

Fernando reiría si me oyera; pero Prudencia echa pestes contra mi apocamiento y timoratería, y alega que mi mal humor y mi impertinencia son fruto de mi cobarde actitud para la vida. Noelia, en cambio, disfruta horrores viéndome indeciso y remolón, lo que le confirma su juicio sobre mi ineptitud, y justifica su negativa a reconocer que tengo chispa, y geniuda, aunque la malgaste pobremente sumergido en la limpieza. Fernando era más comprensivo, y aceptaba incluso mi soberbia y mis jaquecas. El ser inteligente es algo veleta, y si de alguna manera lo sacude el aire de su entendimiento, se mueve y oscila y varía a impulsos de la luz que desprende. Prudencia no lo concibe por más que se lo explique; Fernando sí, que tiene otra disposición. Seguro que si le cuento mis inquietudes lingüísticas me palmea en la espalda y me alienta a desechar temores y cobrar arrojo. Así se portó estando en Londres, instándome a continuar la obra que nada más empezada me desanimaba.

Un día vino con un libro español vertido al inglés, con el texto original en cada página siguiente. «Cántico», se llamaba; un libro de poesía cuya lectura me trastornó por su belleza. Allí se decían cosas, y de qué manera. Qué versos. Qué forma. Qué riqueza. Y cuánta serenidad latente en el fondo del poema. Quedé entusiasmado. Me olvidé del fin que movió a Fernando al traérmelo, y torné a leerlo varias veces. Al final, la traducción despertó mi curiosidad y empecé a ojear la labor de los distintos poetas que intervinieron en la versión inglesa. Más tarde me dispuse a trasvasar del texto inglés al castellano, y posteriormente confrontar con el original de Jorge Guillén. Catastrófico. Garrafal. Sacrilegio inaudito y abominable blasfemia. Qué herejía. Pero, ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo osaba descomponer aquella arquitectura versada? Oh, impío: ser obtuso que en su abyección profanaba un templo sencillo de la gaya ciencia. No más perjurio, satanás literario; retírate al averno y quema tu obstinación y tu porfía. Y me retiré. No he vuelto a traducir desde entonces. Fernando marra el golpe cuando me propone ser traductor en su agencia. Imposible. No traduzco ya ni como solía hacerlo cuando irregularmente nos veíamos en aquel pub de Notting Hill Gate, a su regreso del colegio en Holland Park. Entonces hacía algún ejercicio, y entre los dos comentábamos fallos y aciertos; ahora ni siquiera leo, que estoy decepcionado y falto de incentivo.

 

De La magua (1995)

Le atraía el mar como vía de escape y posible camino hacia un futuro más amplio. Por ello, quizá, puso su punto de mira en los balleneros que recalaban por Tenerife de paso hacia Georgia del Sur. No cesaba de ponderar los viajes y descubrimientos en las tierras heladas. Hablaba de Moby Dick, la ballena blanca, y se entusiasmaba con las aventuras de Arturo Gordon Pym, aludiendo al terrible naufragio, aunque suavizando el acto de canibalismo, hecho que, según comentarios, pudo darse después en algún velero a la deriva cuando la fuga a Venezuela.

Sería interesante, y conveniente para la historia, conocer la odisea de cada uno de ellos, los arribados con éxito y los perdidos para siempre. ¿No le parece?

Los balleneros tomaron distinto rumbo, dejando de hacer escala en Tenerife; pero Marcial siguió yendo al muelle cada día, a la espera del barco que le brindara ocasión de colarse de polizón y realizar su añorada travesía hacia algún puerto ignorado.

Atento al movimiento de buques, empezó a estudiar el paso de los trasatlánticos italianos hacia Venezuela. Tratando de imitar la vestimenta de los viajeros, pidió a su madre le hiciera un pantalón blanco con sacos de harina; después se agenció una camisa a rayas azules que un  cambullonero mercó de un noruego, compró una visera blanca en la recova, y unas gafas de sol de esas que traía el árabe que pregonaba “cosa barata hoy”. Aguardó paciente leyendo el periódico, y cuando vio anunciada la llegada de un buque italiano, preparó su petate y horas antes de zarpar se vistió de pasajero y se dirigió al muelle dispuesto a subir a bordo.

Merodeó un poco mientras hacía tiempo hasta que llegaran los coches que fueron de gira al interior de la isla, y venían con cierto retraso. Aprovechó el barullo de gente, se metió entre ellos, y tranquilamente ascendió la pasarela.

Se quedó en cubierta, en mitad de un nutrido grupo, como interesado en el ajetreo de embarque y próximo desatraque; luego, se acodó en la barandilla, haciendo que leía una revista que llevaba en las manos.

Entonces vio a su primo Gregorio, que también intentaba embarcar y acudía al puerto a contemplar la salida de los barcos. Le abanó con la revista, y éste lo miró sorprendido. Después, al darse cuenta de quién era, fue a llamarlo, pero Marcial le hizo señas y Gregorio calló su grito, iniciando lentamente la retirada.

Marcial estuvo observándolo un buen rato, y su pensamiento voló a San Andrés. Su tía iría en seguida a ver a Isabelita para contarle que Gregorio lo había visto a bordo de un barco desde el cual diría adiós a Santa Cruz.

Qué disgusto para ella. Su dolor no tendría límites, a pesar de que silenciaría su sufrir y nadie la vería llorar ni la oiría quejarse.

No. Imposible. No me voy.

Descendió la escala, a punto ya de ser levada, y saltó a tierra antes de que el buque zarpara.
Decidido: así, como un fugitivo, no se iba. Se iría bien, despidiéndose de amigos y conocidos, familiares y demás vecinos. Y, sobre todo, de Isabelita, su madre, como un hijo bueno de verdad.

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