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Antonio de la Nuez Caballero

Textos escogidos

De «Tríptico en la pared del viento»

Anotamos aquí la introducción a éstos tres poemas, escrita por Oscar Sambrano Urdaneta. Con objeto de que se conozca más profundamente al autor del que se hace la reseña.

«Conocí al autor de estos sonetos una mañana caraqueña, en un restaurante al aire libre, en día domingo. Sostuvimos, casi de inmediato, una discusión sobre materia tan árida como es la teoría gramatical. Oí gritar a Antonio, sacarse a cada paso del pecho ese vozarrón que tan gratas modulaciones produce en las isas y folías de su pueblo canario. Y confieso que me disgustó aquel modo de hablar en el que las palabras se le atragantaban. ¡Qué distante me encontraba de saber que, si Antonio era un chaparrón verbal, es porque su atmósfera interior se halla siempre cargada de gruesas nubes de cordialidad, agitadas por un espíritu que no envejece! Todo esto lo comprobé mucho después, cuando el azar nos reunió en las aulas de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela.

La forma usual de expresarse Antonio no es la del verso. Él entrega esos sonetos como quien extiende la mano a un compañero. Sus poemas pueden ser pañuelo del adiós que quisiera ser un hasta luego. O testimonio de lo que siempre regresa en el fluir vital, para combatir el óxido con que la sordidez de algunos días descalabra los metales del hombre. Pero aún queda voz para el canto y pecho para albergar la devoción gratuita por quienes se han sembrado en la conciencia. Una figura fundamental de la cultura hispanoamericana alienta estos versos. Un amigo entrañable los escribe. Este es el homenaje de Antonio de la Nuez para Rómulo Gallegos.

Ahí queda. Flor espontánea para la corona de un recuerdo inmortal, de una huella que no se borra, de una raíz que se nutre en lo más vivo de la memoria del pueblo.»

 

HOY, CERRADA POR DUELO,
ESTÁ LA ESCUELA

De la alta escuela, domador de potros,
de la alta escuela, domador de llanos,
de la alta escuela, domador de hermanos
que del vientre a la vida fuesen otros.

De la alta escuela, domador de alientos
Cantaclaro de amor, ¡venezolanos!
Canaima de los ríos entrecanos
sobre el áspero hierro de los vientos.

Maestro de las altas latitudes
la raya pura de sangriento lazo,
al mar alegre la turgente vela.

Pero en el arco de albas actitudes
un lema de dolor que es un zarpazo:
«Hoy cerrada por duelo está la escuela»

 

De «Las gaviotas»

Prologado por Yolanda Arencibia, este libro fue editado por Interinsular Canaria en 1984.

Es una sucesión de prosas en las que la imaginación y la memoria configuran un discurso indagador del pasado y del presente insulares, y en las que juegan también un decisivo papel el humor y la divagación lírica, rasgos todos que presiden uno de los más peculiares universos de la narrativa canaria.

Escritores de otro tiempo

«Viejos y pálidos espectros de sí mismos, se presentan con humildad franciscana, el pelo cano, la hopalanda de cubridora caspa, los pan talones raídos, y todo el mundo los espanta de su asiento.

Están esperando el último espectro de cualquiera de aquellos contertulios del Bar Polo. Pero los escritores de otro tiempo, pálidos, amarillos o verdes, que se acostaban a las siete y se levantaban a las doce para ir a disfrutar del régimen de la librería Selecciones (pan, queso y vino tinto) se acabaron ya. Murieron y, si dejaron recueros imborrables, quedaron en el libro del Presbítero Artiles, pero no en los de los numerosos Neóteros, profesores de «Secundaria Marginal» que nos imponen textos «verdaderos» de más allá de la Isleta.

Y esto me viene a la memoria por la pregunta que se hace el propio Lupo Barthes, sin ir más lejos: ¿de verdad existen los intelectuales? ¿O solamente los que hacen cosas materiales ―materia de España, materia de África, materia de América― como comer, dormir, escribir, leer, recortar, adivinar crucigramas, signos, símbolos y entorchados, pegar, orar y perorar? Y a veces, también, hacer la guerra, el amor o la paz, la revolución, la Universidad o el juego del escondite; algunos se reducen al ajedrez o a la Hacienda Pública, a irse a Margarita, como le ocurrió una vez al poeta Efraín y apareció en Gando, o a ilustrar lo que nadie hubiese querido ver, como los bigotes retorcidos de los tíos más ancianos, o el ros y el sable del General Weyler.

Los escritores de otro tiempo eran así; pertenecíamos a un mundo variopinto, como decía Don Segundo Serrano Poncela; o nos gustaba escribir virguerías, como decía Agustín Espinosa, que hablaba tanto de Abulkasim como del Rey Artis.

Tomar en serio la vida es una tontería. Tomar a risa la vida es tonto y peligroso. Mejor es no tomarla. Así pensaban y piensan la mayoría de los escritores de los casinos de pueblo, de los gabinetes literarios, de las calles escondidas de Telde ―con la sombra de Montiano a la cabeza―, desde las enredaderas de la asociación de Caracas, y allá bajo el rumoroso Catatumbo que se despeña desde las alturas de los Andes.

Los nuestros andaban por la plaza, subían en guagua por la parte de atrás; compraban el folio de a vellón, escribían con pluma de acero y tinta pálida, sudaban con los levantes y se mojaban en la Plazuela cuando todavía llovía.»

 

De «El antro del cachalote»

Publicado en la colección Mafasca para bibliófilos en 1977

Pág. 20

«Luego fuimos a desayunar churros a la Plaza ―unas veces a la del Puerto y otras a la de Las Palmas― entre el Neoclásico Romántico de los Isabelinos y el modernismo de la arquitectura de hierro europeizante de la exposición de Bruselas . La gente pasa indiferente sin verlas, preocupadas solamente por las alcachofas y el queso de mano. A esa hora, además de cambios sociales, se ven también cambios sexuales y guardias que piropean a profesoras, olvidando su sexo de guardias»

 

Del ensayo titulado: Signos de los templarios en torno al planeta en relación con Canarias.

Editado por el mismo autor, en 2001

Se transcribe parte del prólogo del mismo autor.

«Lo que voy a enunciar aquí es el mundo experimental de un historiador que no ha estudiado en
ninguna Facultad, sino que sencillamente ha vivido la Historia, lo mismo en las pintaderas del Museo Canario (comparables con las escrituras protosumerias, indias y chinas) que a la llegada a una Venezuela que me abría los ojos sobre las pintaderas que guardaba Cruxent en el Museo de Historia Natural, junto al silencio de Alsina, el estudioso más importante sobre las pintaderas alrededor del mundo. Mi arribada años después a los sagrados petroglifos de Guri que me llevaron a contemplar uno por uno los de toda Venezuela, hasta el Alto Ventuarí.

Hace poco rematé la aventura con los estandartes de Hattusas y las pintaderas de tampón y rollo del Museo de Ánkara en el corazón de la Anatolia. Yo solo sé que no sé nada, podría decir, habiéndolo
vivido todo.

Así las siguientes páginas están llenas de chivos expiatorios colocados panza arriba, gemas flotando sobre un atolón de la Atlántida, y a ratos los textos declaran el enfrentamiento entre Historia y Literatura. Quiero ser un detective de la mentira histórica, porque me rebelo ante la Prensa que presenta por igual descubrimientos sobre el pasado, las dudas sobre la formación del pueblo hebreo y los desmentidos sobre diversas matanzas masivas. Hasta la construcción de una imitación completa del Vaticano en Costa de Marfil; la fabricación de predicciones y de méritos artísticos, el florecimiento a la fuerza de valores mediocres. «Está loco», dicen quienes contemplan como nos enfrascamos en estas materias de extraña escritura. ¿Qué hay bajo ese falseador que cada mañana piensa en publicar un diccionario o inventario de signos? Ni siquiera aquellos que falsificaron con toda intención de ocultar, lograron disimular el enorme rosario de manos que dejaron huella en los símbolos y signos que contemplamos a veces hasta con el arrobo de la repetición. La andante caballería llega para hacer valer su razón. Detrás vienen la Orden Negra, los mitos de la Montería Sagrada y del Santo Grial. A fin de cuentas, pueden andar todos juntos. El tempo y las mitologías compartidas han he cho posible el mimetismo.»

 

En la página 115 de este tratado sobre los signos y los símbolos dice de Canarias:

«Es necesario utilizar el mapamundi de las cruces y escoger en un grupo las que dejaron su impronta y su significado también cuasi universal de o ro, diamante, valor espiritual. De ellas escogeré como paradigma el grabado en las rocas de las cumbres de Gran Canaria, punto de partida insular para África y América.

 

La Isla, ensayo reeditado con prólogo de Guillermo García Alcalde, publicado en 2015 p or la Nueva Asociación Canaria para la Edición (N.A.C.E.)

Anotaciones del prólogo

«De la Nuez estaba muy dotado para el creacionismo lingüístico, el sentido plural de las palabras y conceptos que aluden, y aquello que los estructuralistas ―por los que se interesó algún tiempo― llamaban «plétora semántica», es decir multiplicidad significante. En su Cuaderno Azul dictamina Wittgenstein que una palabra no tiene un significado dado, ni un poder independiente de nosotros, sino el significado que alguien le ha dado. Pero ese alguien no tiene el poder del cierre categorial y la palabra puede seguir acumulando sentidos en una sucesión quizás finita, aunque larga. Mi amigo Antonio lo sabía y hacía de ello un uso cabal, consciente de que cada palabra se convierte en concepto en tanto que no sirve exclusivamente a la experiencia particular con innumerables experiencias más o menos similares, aunque nunca idénticas. Esta reflexión es pertinente en el análisis de su obra poética, pero también en la periodística que condensa La Isla . Y no olvido la histórica y la investigadora, que con tanta solvencia expresan sus estudios sobre el padre Juan M. Otazu y un revelador tratado sobre los Templarios, lleno de material de primera mano, que cierra su bibliografía activa. En estos empeños se «cientifiza» la literatura por asumir el deber de la precisión «unisignificativa». En los textos breves pensados para el periodismo, y en los poemas, es donde Antonio jugaba deliberadamente con palabras y conceptos en recíproco feed back, generador de riqueza lingüística en aparente ligereza, la comunicatividad innata y la souplesse del estilo.»

Pasamos a la página 255 del libro en la que habla Antonio de la Nuez.

Posada Jamaica

«Las luces se apagaban y se encendían en las fraguas junto al mar,
mientras iba amaneciendo. El correíllo entraba pesadamente en puerto, rozando levemente el aire de la mañana, perro con un ruido de anclas que metía miedo.

El trasmundo de la marea empezaba a adormilarse en la vigilia de toda la noche, mientras la parte hermosa, llena de colorido, del puerto, se desperezaba; una esfera nocturna de mariposas gigantes y con forma de calavera se agitaba hacia poniente buscando el descanso. Es el mundo que rebulle detrás de esa línea estrecha y baja de casas con que el puerto separa a su calle, su vía de istmo, de la marea pululante de «clacas».

Atrás está esa zona que no ha dejado de ser del todo tierra firme para convertiré en mar y otra vez más casi disuelta en el ir y venir de las lanchas, donde el salitre, las cucas, las maderas podridas de las barcas, las redes y los cambulloneros, no se sabe dónde han dejado de ser peces ―los ojos siempre bien abiertos― para mezclarse en esta materia algosa que no es vegetal ni animal y que tampoco tiene ya inmovilidad del mundo mineral, si no más bien el temblor gelatinoso del primer plasma.»

Seguimos aquí en La Isla , página 447 donde hay una descripción de flora asombrosa.

Llano de las Brujas

«Es el Llano de las Brujas, entre el espaldón de Barranco Seco y las alturas de Pico Viento. Muchos años atrás era este lugar más inhóspito y desierto que ahora. Ya se había construido el depósito de agua que era el único abasto de la población de Las Palmas hasta hace muy pocos años. Pero las piedras grises, la tierra rojiza o blanca, el canto o los terrones profundos, la redondez de las lomas era idéntica a la de ahora, la vegetación natural, también: los tártagos, con sus hojas palmeadas y hendidas y sus racimos erguidos con bellotitas, como las del estramonio, de púas que no pinchan, guardando el grano de color lila con manchas parduzcas; todo de un color muy oscuro, menos cuando el rojo invade los troncos y da una variedad brillante a los matorrales; las tuneras de India, con sus palas amarillas y sus púas grandes manteadas de telas de arañas donde cuelgan a veces las bolsas repletas de aranillas recién nacidas de color rubio; las adultas suelen ser completamente negras o con varias manchas negras en el tórax; diversas euforbiáceas, lechetreznas o titímalos, toda clase de tabaibas. Viera describe la dulce, la tabaiba morisca, la tabaiba salvaje y a todas ellas las pone como naturales de los terrenos fronterizos al mar. Sin embargo, este Llano de las Brujas es uno de los paisajes isleños donde el mar no entra para nada…, y que, sin embargo, estuvo bajo el mar.»

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