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Alfonso Amas Ayala

Textos escogidos

DE Graciliano Afonso, un prérromántico español

La «Sana Filosofía»

Alfonso Armas redactó una monografía amplia y completa sobre el autor Graciliano Afonso y su época (Graciano Afonso, un prerromántico español) que fue publicando en números distintos de la Revista de Historia Canaria, de la Universidad de La Laguna y que acabó por constituir un amplio volumen. Presentamos dos epígrafes de una de las entregas de lo que llegó a ser una monografía completa sobre Graciliano Afonso.

Reproducimos dos fragmentos de lo publicado en la Revista de Historia Canaria, Tomo 23, Año 30, Números 119-120, julio-diciembre de 1957, pág. 19-21 y pp. 47-50.

Ya se ha dicho que en el Seminario comenzó primero Afonso a ejercer su docencia; para proseguirla, después, en la Universidad de Alcalá. He aquí, gracias a un manuscrito anónimo —cuyo autor debió de haber sido seminarista—, cuál era el ambiente que encontró Afonso al regresar de la Península, «terminados sus estudios en Derecho.

Por esos mismos días, un poco antes del rectorado del Sr. Hernández Rosado, apareció en Canarias, terminados sus estudios en Derecho, el Licenciado don Graciliano Afonso, hombre vivo, de índole traviesa, de facundia y fácil expresión, conoció el mundo bajo el prisma de sus aspiraciones. Lleno, decíase, de la Sana Filosofía [el subrayada es nuestro], empezó en la cátedra con que le agració el Sr. Berdugo, a influjo y recomendación del Licenciado don Andrés Arbelos, maestrescuela de esta Catedral y provisor y vicario general del Archipiélago, a proclamar el materialismo más indiscreto, so color de comentar a Montaigne, Montaset, con las ideas de Condillac, su Acates favorito: Dábase principio sobre el origen de las ideas, la certidumbre, los sofismas, el juicio, y el razocinio, desconcertar a Aristóteles y a todos los autores eclesiásticos que derramaron sus luces desde San Anselmo hasta la la reforma y a todos aquellos que siguieron sus huellas hasta nuestros días.

He aquí un retrato de Afonso, tal vez apasionado, pero no muy alejado de la verdad: viveza de carácter, facundia fácil. Su docencia, «llena de la Sana Filosofía», que venía a ser la filosofía sensualista y anti escolástica. Y todo, en el Seminario; un Seminario en donde ya había comenzado a entrar, solapadamente, la nueva semilla ideológica. Desde la época de don Antonio Lugo, rector del Seminario durante el obispado de Tavira, que permitió exponer doctrinas teológicas harto peligrosas, según la Inquisición, pasando por Vicente Ramírez, rector en el obispado de Verdugo, calificado por el anónimo diarista de y «desenfadado”, y llegando a Hernández Rosado, procesado por la Inquisición a causa de sus «ideas peligrosas».

Graciliano Afonso, en medio tan favorable, bien podía ejercer sus dotes persuasivas y docentes. A pesar de que «Encina, individuo capitular» —futuro obispo de Arequipa, Perú— y «don Domingo Huesterling» luchaban contra «la indiferencia con que el obispo Berdugo y sus comensales dejaban correr el error, que los autores de más sólida doctrina se falseasen … sustituyéndolos los heréticos y turbulentos», mientras que la «Inquisición, que estaba pared por medio con el Seminario, volvía los ojos para no querer ver, y esto daba más arrojo a los hombres de las nuevas luces». De un lado la Ilustración y del otro el tradicionalismo, que desembocaría en el absolutismo: ahí, en este cuadro, está claramente perfilada la fisonomía de una élite provinciana de principios de siglo (1804-1808), cuando Napoleón preparaba la invasión de España, y cuando los afrancesados empezaban a tomar posiciones, para acabar de hacer más complicado el mapa ideológico español. Para no faltar nada, la mención del Tribunal, cuya gravedad y autoridad iban en decadencia, según se irá viendo, y cuya relación con Afonso no dejó casi siempre de ser cordial, a pesar de las causas y procesos en que aquél se vio mezclado. Así, en 1806, poco antes de opositar a la canonjía doctoral, es procesado por proposiciones, al parecer vertidas en una reunión existente en la calle de Triana; el poeta Vento y Travieso, amigo de Afonso, es uno de los encartados. Tal vez fuese ésta otra reunión que, como «el sanedrín obscuro y silencioso capitaneado por el historiógrafo de las Canarias don Joseph Viera y Clavijo, en la plaza de Santa Ana», estaba concurrida de «abogados, médicos, canónigos, curas y ciudadanos padres de familia … para leer a Bolimboch [Bolinbrook], Malebranche, el varón de Holbach, la Enciclopedia metódica y todos aquellos libros que le apuntaban sus viejos camaradas de París». Como se ve, nombres de ecos familiares a todos los ilustrados; que, a la postre, esto es lo que estaban haciendo los contertulios de la calle de Triana, y los de la plaza de Santa Ana, y los del Marqués de Villanueva del Prado (en La Laguna), y los de tantas y tantas tertulias que van eslabonando el Siglo de las Luces: Ilustración. De una u otra manera, difundiendo las «novedades», leyendo los autores de moda, llenando aún más de inquietudes a los inquisidores.

(…)

EL DOCTORAL INFORMA «Un baile de candil»

Graciliano vivía en el Seminario Conciliar, y su hermano Roberto, que había estudiado también en el mismo Centro, se había casado con doña María Álvarez, «señorita única y vinculada, con quien ya tenía un hijo». Pero Roberto, a pesar de su estado y de «estas apreciables circunstancias» de su esposa, «era amigo de jaranas de vida alegra»; y en una de estas «jaranas».., Pero dejemos que refiera los sucesos un testigo de la época. El los referirá con mayor donaire que la más viva narración.

En este día, Domingo a la noche, 8 de Abril de 1804, mataron un estudiante de Fuerteventura que llamaban Velázquez, habiendo concurrido con otros estudiantes a un baile que se hizo en casa de las Morenas Patricias en la calle de la Carnicería, junto al callejón de Botas, y según declaraciones empesando en la calle de la Pelota, enfrente del maestro José Magas, asta medio callejón de Botas, que lo pusieron los mismos del delito, y su muerte fue una puñalada que le dieron por la parte de los compañones, que le llegó asta medio estómago. El tal muerto se llamaba Basilio; se enterró a las treinta horas de su desgracia en la Hermita de San Antonio Abad, haviendo salido el entierro del ospital. Su edad hera de 21 años, su asistencia hera en el combento Agustino». Hasta aquí, la narración de los hechos; pero no se contentaba don Antonio Béthencourt —tal es el narrador- con referir, sino que completaba la información, como el más meticuloso periodista; y no otra cosa estaba haciendo, sino la crónica viva de la ciudad. «De pronto –continúa- se puso preso un estudiante Sosa de Lanzarote, y otro Cabrerita, de Lanzarote también, y Roverto Masías, seglar, que estos tres son los primeros agresores a que se le acumularon de pronto; estos estuvieron sueltos en la cárcel 7 días, y a los 8 les pusieron grillos y se pasaron a Sosa en el calaboso, y a los otros cada uno en su quarto, y en el día 15 de Agosto de este mismo año [1804], a la noche, se salieron de la cársel el dicho Roverto y Sosa, llevándose los cofres y colchones consigo, de quias resultas le pusieron preso al Alcalde y Alcaides, a Juan el barbero, porque consistió en aquella noche que ellos hiciesen un ponche, en que al parecer fue motibo para embriagarse el calselero y calseleros para que ellos tuvieran la liberta de salir. Y, al final, una última noticia, de un gran interés: «A resultas de esto, pusieron preso a don Brasiliano, hermano del don Roverto, y a don Antonio Hermosilla, casado con la Bacharela, en la cársel. Estos dos salieron debajo de fianza al cabo de quatro meses más o menos. Y el calselero fue desterrado a un presidio por 6ª ños». Efectivamente, páginas adelante, consigna Béthencourt: «Diziembre de 1804.—Nota.—En este día 4, día de Sta. Bárbara, salió de la cársel don Brasiliano Afonso y don Antonio Hermosilla, casado con la Bacharela».

Alvarez Rixo, que escuchó la relación del suceso de boca del propio Afonso, añade algún detalle, no digno de despreciar.

Suscitóse —dice Alvarez Rixo— contrapunteo entre éste y los tres llegados [Cabrera, Afonso y Sosa]: salió a la calle Velázquez, y parece que se le oyó decir a Roberto dirigiéndose a Sosa, dame acá el puñal, y a poco Velázquez, bamboleándose y derramando torrente de sangre, cayó junto a la pared en la cual dejó fijado el molde de su mano ensangrentada. ¡Su herida fue mortal!

Y aquí viene la explicación de don Graciliano en el suceso; ¡explicación que, al decir de Álvarez Rixo, la hacía en presencia de dos amigos suyos, don Carlos Huguenaire, suizo, y don Miguel Arroyo, a quienes Afonso refería «lances apurados e ingeniosos, dignos de recuerdo».

Aconteció —continúa Alvarez Rixo— que D. Graciliano se quejaba de falta de salud. Al efecto, le recetaba el médico, y en unos de los días que tomó un purgante y que a varias horas, hasta las 9 y 10 de la noche, entraban y salían en su cuarto distintas personas para saber qué tal se hallaba, dejándole recogido en su cama cerrado por fuera, le encontraron en ella dormido al amanecer del siguiente día, al venir a abrir la puerta de su cuarto los fámulos del Colegio: sucedió que en aquella misma noche habían desaparecido los reos de la Cárcel, cuyos grillos se hallaron limados en la prisión». Los oyentes desearon saber más detalles de fuga tan espectacular, pero don Graciliano tuvo mucho cuidado de no dar nombres propios; aunque «yo —dice Alvarez Rixo— ya de algunos años antes estaba bien impuesto del partícular.

Y éstos fueron los detalles que silenció don Graciliano: de la casa del Sr. Navarro —en aquellos años alumno de Afonso y más tarde beneficiado de la Catedral—«se habían remitido las limas a la cárcel, introducidas en el pan, y que por Triana se embarcaron los reos». Sosa, después de salir de «una pipa de vino, en la cual verificó su escape», desembarcó en el Puerto de La Orotava en el buque «anglo-americano donde habían verificado la huida; Cabrera residió en Estados Unidos hasta 1815, fecha en que regresó a Canaria por no recaer sobre él culpabilidad; de don Roberto, el presunto asesino, nada dice Álvarez Rixo, aunque sí es seguro que no volvió a Canaria.

Como se ve, casi un capítulo de novela de aventuras; en la cual don Graciliano fue protagonista a la fuerza. Y, precisamente, en los momentos para él menos oportunos. Tres años después, luego de haber hecho viaje a la Península a proseguir la carrera de leyes, «a su vuelta, cuando hacía pretenciones para oponerse a la Canongía doctoral (año 1807) no faltó capitular (el señor Romero he oído decir) que reconvino al Cabildo» porque «admitía a su seno a uno que había estado Preso en la cárcel Real de Canaria». Sin embargo, «el mérito personal del sugeto y lucimiento de la oposición sobresalió a las diatribas de sus detractores», concluye Álvarez Rixo. La verdad fue muy otra, como se va a ver a continuación. Don Gracilano, a poco de presentar su instancia para concursar a la oposición de la doctoralía, añade certificación del tribunal competente por la que se demostraba su inculpabilidad en el suceso de la fuga. Porque en la oposición a la canonjía doctoral, ¡vaya que si tuvo detractores! Ya se conocerán en su momento oportuno; por ahora, volvamos a la sumaria del tribunal.

 

DE Crimen de Espinosa, cazador de mitos

En 1934, repetiría este intento mitológico. AI editar Crimen, relato fantástico, surrealista, en donde es más difícil encontrar la trama que las circunstancias que la rodeaban. Poco importa la suerte del viejo que arrojó una noche, al paso del tren, a su mujer asesinada por infiel; poco importa, pues en realidad Espinosa está relatando un sueño, incoherente, roto, fragmentario, iluminado más por el disparate que por la lógica.

Sueño o relato que divide en cuatro momentos, al modo valleinclanesco: primavera, verano, otoño e invierno. Hay en sus páginas una sombría, tristísima elegía en donde el escritor va volcando sus recuerdos, sus rinconeras infantiles. Bien es verdad que son estos recuerdos el primer plano de la novela, porque el otro —fantasía, disparate, esperpento— está urdido con el paño más visionario que puede darse: con el de la Mitología. En donde el azul del mar, el negror de las callejuelas marineras, la blancura de los barcos de vela, constituyen el trasfondo literario. Porque Mitología es ocultar a María Ana bajo un nombre ficticio, y al joven estudiante madrileño, y a los camaradas y compañeros de la vida estudiantil; como igualmente mitológico es conseguir un movimiento cinematográfico en cada una de las escenas descritas. Más que descritas, ensoñadas.

Descripciones hay —y es lo descriptivo siempre lo fundamental en Espinosa— que merecen la atención de un director cinematográfico; un director, claro está, que tuviese en sus manos un guion. Nótese el movimiento alcanzado por este hombre que pasa por delante del lector:

Anochecía, cuando apareció en una esquina un hombre destocado. Atravesó con presura la calle, y, al pasar junto al sombrero, se agachó disimuladamente, lo recogió del suelo y se lo ladeó sobre la oreja izquierda. Luego se perdió más abajo, entre la muchedumbre constituida a aquella hora exclusivamente por oficinistas y obreros recién salidos del trabajo.

O, ésta de «Ángelus», merecedora también de un encuadre. Debajo del pájaro blanco, de «la aguda roca solitaria», de la mujer, de los cigarrillos, del «joven moreno», está escondido el secreto del escritor: aislado, sin alas para el vuelo, incapaz de aleteos. Como aquel pájaro, cansado, viejo, contemplador.

El recuerdo que me queda de éste es, de todos modos, más vago, y no así del desmesurado tamaño, que me es aún hoy mismo muy fiel. Era o debía de ser por lo menos un buitre. Su cabeza, como la de un niño de dos años. Su estatura, de casi dos metros. Su pico hocico. Su cola, como la de un pavo real.

Porque a Espinosa sólo le interesaba la geografía, decoradora de un fondo borroso y difuminado. Nada le dicen «las masas de tierra parda bajo puñales curvos de cactus», nada «las higueras y las aulagas». Nada las “rocas y las garzas”; sí le dicen, y mucho, «dos ángeles revoloteadores·, la “calle del Muerto», «el ruido del mar cercano», «la plaza solitaria», «el mar adverso». Porque en cada uno de estos substantivos encerraba Espinosa lo más vivo, lo más querido, lo más íntimo y entrañable de su vida. Aunque pareciese caricaturizado, aunque fuese difícil de despojarlo de su realidad. ¿Puede darse nada más elocuente que «las alas maltrechas de sus remordimientos»? Ahí estaba el meollo, ahí la idea, ahí el andamiaje del relato. Lo demás, aulagas, rocas, garzas, geografía y costumbrismo, había quedado debajo de las cuartillas. De las blancas cuartillas del escritor que un día, en forma de alas, rompieron el azul marino. Aquel azul de su infancia portuense que se le escapa al escritor, porque está lleno de ternura y de verismo:

El mar sonaba tan próximo a la plaza, que la convertía en playa; que la limitaba con el mar. Era —no tuvo nunca fue— una playa abandonada, vestida con abalorios de plaza de provincia. Tenía la desolada desnudez fatal de la playa. Árboles y bancos, mirándose miedosos, llenábanla de una angustia muda, que se comunicaba a todo cuanto rozaba con ella.

Agustín Espinosa, amigado con su pasado, vuelve sus ojos atrás una vez, y otra, y otra. Viste su recuerdo con sedas o con «depauperados sacos vacíos», engulle las imágenes onírica o sensitivamente, colorea la prosa más con la emoción que con brochazo mejor o peor logrado. Al paisajista —paisajista ensoñador— no se le escapa nada; ni siquiera el alto y blanco velamen de las naves que un día arrullaron su quietud en las aguas del Puerto, esas naves que él hoy transubstanciaba en ligeros pájaros blancos.

 

DE Palabras y líneas

EVOCACIÓN

Cuando Don José de Viera y Clavijo, un clérigo ilustrado de Realejo, escribía sus cartas desde Francia y refería sus impresiones de viajero, estaba adelantándose unos cuantos años a otros viajeros que intentaron traer a España las «novedades europeas» tan solicitadas por la sociedad española culta. Y así, el abate Viera se quedaba deslumbrado asistiendo en París a las clases de Química, o haciendo experimentos de aerostación, o descubriendo la armonía y belleza de Versalles.

Al regresar a las islas para ocupar un sillón catedralicio como Arcediano de Fuerteventura, esta isla de Gran Canaria conoció mucho de lo bueno y de lo nuevo que la sabiduría y la docencia de Viera y Clavijo iban a dejar en sus folletos editados en formas de cartilla, en la cátedra de Química, en los versos bucólicos escritos, en las traducciones de idilios franceses o en el montaje de obras teatrales dieciochescas; y, sobre todo, en el afán culturizador que lo animó para traer nueva savia a sus compañeros de coro, para instaurar nuevas enseñanzas, para introducir nuevos libros en las bibliotecas de sus amigos; o para montar, magia de las magias, la primera imprenta existente en la isla. Una imprenta de donde brotarían libritos de Agricultura, de Botánica, de Poesía y hasta de Hidrología.

Sin duda alguna, al concluir con tanta brillantez, la Semana Cultura Francesa albergada en esta Casa de Colón, el Cabildo Insular fue consciente de la sensibilidad popular ante cualquier manifestación cultural proveniente de Francia; porque desde allí, de la Francia del XVIII o de la Francia del XIX, y aún de la del XX, habían llegado a nuestras islas muchas y muy variados productos: libros e ideas, estallidos políticos, ciencia y novedad. Y por eso, la magia de Teriade ha hecho el milagro de deslumbrar nuestros ojos con la borrachera de Luz de Chagall, o con la maestría de Matisse, o con el esperpento picassiano, o con la delicia de luz de Juan Gris; y por eso, la música magistralmente interpretada por unos solistas franceses la hemos escuchado con deleite; y por eso, las palabras de quienes han intervenido en durante la semana. nos han resultado familiares.

Porque Francia, es necesario repetirlo, ha sido raíz de muchos de nuestros ascendientes, venero de nuestra investigación -ahí quedan las salas llenas de historia científica francesa en El Museo Canario-, atmósfera grata para unas insulares que, en los años veinte, encontraban en aulas de Colegios la voz y la resonancia de Francia. Que, en años muy próximos y muy trágicos, fue símbolo de unos ideales en boca de nuestros mejores poetas, convertidos ya en lugares comunes de nuestros sentimientos. Ahí quedan las páginas y los versos de Saulo Torón, de Alonso Quesada, de Fernando González o de Tomás Morales, el más solemne y el más galófilo de nuestros líricos: Y muy hijo en un todo de la etapa naciente,

viendo el Cenit futuro tras la Aurora presente,

se descubre en un rapto de entusiasmo y de fe;

y saluda a los héroes de la hazaña inaudita

con el himno y la lengua de la Francia infinita:

«le jour de gloire est arrivé”.

Los últimos versos del «Canto Conmemorativo», fechados precisamente el 11 de noviembre de 1918, son, hoy, la evocación más entrañable que podríamos hacer en este revivir francés que se ha enseñoreado de la cultura insular durante unos días.

Como si flotase en nuestro aire el sigiloso hálito de aquellos ilustrados insulares del siglo XVIII -los Iriarte, los Clavijo, los Villanueva o los Franchy-, pioneros del enciclopedismo, maestros en novedades y europeístas ejemplares a los que hoy evocamos, con orgullo, con respeto y con emulación.

 

DE Galdós: Lectura de una vida, T. II

Capítulo X: Los modernistas

El vocablo Modernismo tiene en español unas connotaciones muy distintas a las que pudo haber tenido en francés el art nouveau o modern style, en inglés. El Modernismo en el mundo hispánico alcanzó unas dimensiones, una variedad y hasta una promiscuidad que no llegó a conocer en otros territorios de hablas y culturas no hispánicas. En España y en América, en América Hispánica, (en la América Iberoamericana, para decirlo mejor), el Modernismo representó una inclinación hacia todo lo moderno, pero mezclando esta inclinación con un radicalismo y. con un criticismo que ha hecho de los escritores de lengua española, de los nacidos especialmente en España, dos grupos perfectamente diferenciados (el Noventa y Ocho y El Modernismo), cuyas características, cuyas similitudes y cuyas diferencias han sido objeto de una amplia bibliografía.

Los historiadores literarios han señalado como notas más características de este fin de siglo las siguientes: el escritor adquiere primordialmente un carácter de intelectual; las corrientes políticas de carácter radical (republicanismo, anticlericalismo, anarquismo) se incrementan; el periodismo adquiere una calidad literaria mucho mayor que en las décadas anteriores; se acrecienta el antiburguesismo manifestado en criterios estéticos como políticos; el modernismo se convierte en el arte por el arte, nota común a todos los escritores de este siglo. El proletario adquiere en la literatura que le proporcionan las revistas y los periódicos, una parte de su formación política. Así, de una manera muy suscinta, siguiendo los criterios de historiadores como Mainer, Fox, Gullón, Morillas, Salinas, Sender, Ferreres, Guillermo de Torre (sólo por citar los nombres más significativos), podrían resumirse las notas más caracterizadoras de este movimiento finisecular.

La intelectualidad del escritor de fin de siglo está marcada por su dedicación política; unas veces manifestada en las páginas del periódico en que colabora, y otras veces, desde los mismos escaños parlamentarios. Porque siguiendo la tradición de sus antecesores de 1870, los escritores políticos de 1890 y 1900, fueron periodistas que se sentaron en el Congreso para representar a algún grupo parlamentario.

El auge republicano, anticlerical, y el incremento que tiene la clase obrera dentro de la sociedad española de fin de siglo, también son factores que hay que tener en cuenta. Recuérdese, como anécdota, la presencia de Galdós en una manifestación del Uno de Mayo a la cabeza de la misma, en compañía de Pablo Iglesias y de otros líderes socialistas. Los nombres de Maeztu, Azorín, Unamuno, sólo por citar algunos nombres más característicos, demuestran claramente esa calidad literaria que adquiere la prensa en estos años; complementadas por otras firmas, algunas de las cuales van a ser las de los corresponsales de Galdós. Más de uno de los corresponsales galdosianos manifestará su antiburguesismo en desplantes políticos, en protestas airadas o en las dificultades que las editoriales ponen a los neófitos en lides literarias para publicar su primer libro. Precisamente, este antiburguesismo se manifiesta de un modo más destacado en ese acrecentamiento que tiene la masa de lectores proletarios procedentes de las áreas más radicales y más izquierdistas; son fervorosos lectores de cualquiera de las publicaciones que en forma de folletín acogían las firmas de estos nuevos escritores, alguno de los cuales resultó ser precisamente protegido por la tutela de Galdós. Veía en los novelistas, en los cuentistas o en los periodistas modernistas -quiere decir revolucionarios- un apoyo a su ideal socialista. Por eso la caducidad del modernismo se prolongará en esta literatura exaltada.

El propio Galdós, en las páginas escritas dentro de los años comprendidos entre 1900 y 1918, exterioriza muy claramente sus nuevos ideales. Ideales que están en franca relación, en estrechísima relación, con el de sus jóvenes corresponsales. Los textos del Caballero Encantado, de Santa Juana de Castilla, de Casandra y de La Razón de la Sinrazón, sólo deben entenderse precisamente dentro de esta alineación ideológica. Galdós, pues, influido por unas ideas nuevas, de las que participaba y que exteriorizaba muy especialmente en la correspondencia sostenida con estos amigos que iban descubriéndole nuevos horizontes que él sabía plasmar de una manera muy particular en las páginas de sus novelas o de sus obras teatrales.

El radicalismo y la rebeldía juveniles, nota común de todos estos escritores, cundió por igual entre los que más tarde formarían el llamado grupo del 98 (calificado así por Azorín) o el del los estetas, más dentro de la línea calificada por los historiadores como modernistas. Unos y otros, amigos de Galdós, corresponsales y asiduos suyos, demostraron dos cosas con esta correspondencia: primero, que esta nueva juventud literaria se apartaba por completo de aquella otra que había denostado, arrinconado y negado el pan y la sal a todos los escritores de la generación anterior; segundo, su fervor galdosiano, manifestado en varias ocasiones. Era prueba de que el galdosianismo no solamente seguía cundiendo entre la intelectualidad española, sino que alcanzaba cada vez más altos niveles en los lectores de periódicos españoles.

Y son precisamente estos corresponsales de Galdós, los colaboradores de la prensa periódica, los que, junto con otros compañeros, van a ir creando este clima galdosiano que se irá extendiendo cada vez más entre esa masa de lectores proletarios, entre ese número indefinido de galdosianos que irán aumentando cada vez más dentro de los grupos políticos republicanos, socialistas y aún anarquistas.

Galdós, cada vez más comprometido con la situación de su España contemporánea; movido precisamente por estas inquietudes, por estos inquietos corresponsales juveniles.

 

1. INTELECTUALES Y BOHEMIOS.

Los escritores de fin de siglo, tanto los de un grupo como los de otro, tuvieron denominaciones muy variadas que caracterizaron la repulsa que la sociedad burguesa tenía hacia estos jóvenes revolucionarios. Su falta de aliño, sus actitudes radicales, los predispusieron enfrente del tono burgués, del rigor social, del orden establecido. La pugna entre unos y otros, entre esta minoría revolucionaria y la socíedad que todavía seguía mantenida en las bases morales más sólidas derivadas de la Restauración, se hizo cada vez más evidente. Y en esta pugna, en esta lucha, en este enfrentamiento, lo mismo figuraban los hombres del 98 que los modernistas rubenianos. Ambos ofrecían a los ojos de la media y de la alta burguesía el mismo aspecto que la de unos auténticos revolucionarios. Unamuno, Azorín, Baroja, Maeztu, nombres bien significativos dentro de la Generación, dejaron constancia de su aversión hacia Madrid, hacia el Madrid aburguesado, hacia el «poblachón madrileño», en el que tenían que vivir, al que tenían que adaptarse y dentro del cual tenían que defenderse, aún con resabios provincianos, una buena parte de ellos. Para Unamuno, Madrid es un conjunto de «vagabundos y atrae al estéril vagabundaje callejero… Madrid es el vasto campamento de un pueblo de instintos nómadas, del pueblo del picarismo». En Madrid, Antonio Azorín, el otro de José Martínez Ruiz, «ha sido periodista revolucionario y ha visto a los revolucionarios en secreta y provechosa concordia con los explotadores. Ha tenido luego la humorada de escribir en periódicos reaccionarios y ha visto que estos pobres reaccionarios tienen un horror invencible al arte y a la vida», a Baroja, al Baroja recién llegado a Madrid, le sorprendían aquellos «coches fúnebres que pasaban por la calle» o aquel «cuartucho oscuro y estrecho en el que hacía de maestro un hombre triste y tuberculoso»; o aquellos mendigos que «vestidos medio de soldado medio de vagabundos» pululaban por las calles madrileñas. Esta vida noctámbula, enriquecida con los chulos y con las chulas, con los rateros y con los matuteros, con los periodicuchos y los aguaduchos, con los patíbulos que se levantaban de vez en cuando para celebrar la gran feria del garrote. Tal era la imagen que Baroja, fiel novelista, ha ido dejando en las páginas de su genial creación literaria. Un Madrid arrabalero, sucio, dolorido, mugriento. Un Madrid, como lo vería Valle-Inclán, lleno de «Viva la bagatela!», de «paraguas rojos» de «¡Mueran los jesuitas!» y de alcohol bohemio e individualista. Bohemia dinamitadora de la sociedad, poesía revanchista, «paraíso del neologismo», «lengua con clave», histrionismo a lo Alejandro Sawa, perenne gallardía teatral. Así vió el mundo decadente de fin de siglo un historiador literario. Y en ese mundo es en el que vivieron los decadentes, los vanguardistas, los bohemios, los melenudos revolucionarios. Participando de algo de todo esto, alguno de los corresponsales de Galdós referirá al novelista retazos de su propia vida. Retazos de esa vida finisecular.

2. MANUEL REINA, MARTÍNEZ SIERRA, EDUARDO MARQUINA

Nacido en Puente Genil en 1856, MANUEL REINA tuvo una estrecha amistad con Galdós. Fue uno de los pocos corresponsales que se permitió tutearlo. Por otra parte, el tono de su correspondencia prueba la intimidad que los unía. Parnasiano fervoroso, lector y traductor de la literatura francesa, Reina demostró en su poesía ser un auténtico innovador. Por eso los historiadores señalan en él esa nota peculiar de predecesor de las corrientes rubenianas en España. Un rubenianismo que el propio Rubén supo valorar en alguna ocasión, ya que fue uno de los pocos poetas españoles conocido por el poeta nicaragüense. Precisamente, en una de las primeras cartas de Reina a Galdós le dice lo siguiente: «Mi muy querido D. Benito: no olvidaré el libro de Obligado, a quien elogia exageradamente Valera, sin duda porque el poeta argentino no es más que una medianía». En este párrafo de Reina, vale la pena señalar dos hechos: el desdén o poca simpatía que siente por Valera y el reconocimiento expresado hacia un poeta argentino (Obligado), fiel representante de la poesía gauchesca y del regionalismo costumbrista argentino. Valera no fue un hombre muy aceptado entre los escritores post-románticos ni entre los jóvenes escritores de fin de siglo; por eso Reina lo juzga de esta manera un tanto desdeñosa. Referirse a Obligado en estos términos, demuestra también un cierto prejuicio contra la literatura hispanoamericana, contra Rubén y los suyos que hubo entre los escritores peninsulares. Una actitud que se comunicó entre muchos de los escritores jóvenes de fin de siglo. La recomendación que seguramente le había hecho Galdós de leer a Obligado, fue quizás un pretexto para que el libro viniese a sus manos proporcionado tal vez por el propio Galdós. El19 de Junio de 1902, Manuel Reina le escribe de esta manera a su amigo: Mi muy querido don Benito: mil y mil gracias que no te doy de palabra por no distraerte de tus ocupaciones y trabajo; mil y mil gracias, repito por el precioso autógrafo, verdadero regalo regio con que tan liberalmente me obsequia tu bondadosa amistad. Y recibe con la expresión de mi agradecimiento, mi entusiasta felicitación por Las Tormentas del 48, cuyos fragmentos, publicados hoy por «El Liberal» y «El Imparcial», acabo de leer con gran deleite. Reina acababa de recibir el autógrafo y la fotografía de Galdós que tantas veces había solicitado. Se mostraba encantado y jubiloso, como tantos corresponsales que habían solicitado este mismo regalo. Aprovecha también la ocasión para felicitarlo por los últimos fragmentos de dos Episodios, leídos precisamente en las páginas de dos periódicos tan familiarizados con la colaboración galdosiana. Son los dos Episodios con los que Galdós inicia la Cuarta Serie. Reina, como tantos otros amigos galdosianos, sigue muy de cerca la salida de los libros de Galdós. El 4 de Octubre de 1902, en Villaharta, pueblecito muy próximo a Fuenteovejuna (Córdoba), Manuel Reina descansa a causa de sus padecimientos de diabético. Es curioso señalar que el papel lleva membrete del » Consulado de los Estados Unidos Mexicanos» y el nombre del titular es el de «Eduardo Alvarez Córdoba». Reina, algo distante de Puente Genil, su lugar de nacimiento, está pasando una breve temporada al pie de la Sierra Morena. Allí recibe dice «tu cariñosa carta acompañada del autógrafo del gran poeta Heredia. Mil y mil gracias por tan interesante y precioso obsequio». Galdós, una vez más, mediador valioso, consiguiendo para sus amigos, para sus íntimos amigos, los autógrafos que éstos le pedían. En este caso, seguramente se trataba de un autógrafo del poeta parnasiano Heredia, el cubano francés que vivió toda su vida en París. Para Reina, poeta parnasiano, impregnado de esencias modernistas, la posesión de este autógrafo tenía una doble significación. La diabetes de Reina, que seguramente originó su muerte en el año 1905, necesitaba de alivios y de medicinas naturales, las únicas que en aquellos tiempos podían favorecer en algo el tratamiento de la enfermedad. Estaba ilusionado Reina con que Galdós se decidiese a visitar los pueblos andaluces, especialmente Puente Genil; le anunciaba que en Madrid, cuando se volviesen a ver en fecha muy próxima, precisarían todos los detalles de este viaje que nunca se realizó. El 12 de Noviembre del mismo año, residiendo ya en Madrid, en el «Hotel del Universo (Puerta del Sol 14)»; Manuel Reina le dice lo siguiente a Galdós: «Mi muy querido don Benito: hace días me tienes en la villa de Aguilera y el Madroño, mejorando notablemente de salud y deseando que a últimos de Diciembre o principios de Enero me hagas en Puente Genil donde estaré para entonces tu anunciada y estimadísima visita. » Como se ve, Reina continuaba con la idea del viaje de Galdós a su Puente Genil. Y, con un rasgo de humor, hace alusión a ese otro madroño que era el Marqués de Cerralbo, en aquel año con gran actividad política y que, seguramente, estaba un tanto distanciada de la que empezaría a ejercer Galdós por aquellos mismas fechas y de las que participaba Manuel Reina. En la misma carta, añade el poeta modernista: «He dado con ese retrato tuyo que me parece uno de los mejores que te han hecho y deseo que me lo dediques. También te agradeceré me envíes al devolvérmelo, una hoja de papel escrita, por una sola cara, con uno o varios de los pensamientos hermosos y profundos que resplandecen en tus magistrales obras, dedicados a mí al frente de la referida hoja y con tu firma por supuesto, al pie. Tanto este autógrafo como el adjunto retrato, pienso colocarlo en el mismo marco, y serán la mejor gala de mi cuarto de estudio». Participaba Reina de la manía de autógrafos. Ya había conseguido uno meses antes; había obtenido también, gracias a Galdós, otro del poeta Heredía. Ahora insistía en un retrato con dedicatoria y en un pensamiento de Galdós. Reina participaba de la moda de la época, y no podía faltar esta insistencia amical suya para conseguir este autógrafo galdosiano que seguramente le sería enviado. «El diputado a Cortes por Lucena (Córdoba)», felicita con el mayor entusiasmo al incomparable y excelso escritor don Benito, por su brillantísimo triunfo teatral, el más apasionado de sus amigos y el más ferviente de sus admiradores, (Fdo.) Manuel Reina». Este texto tan breve, fechado el 15 de Febrero 1904, refleja la admiración y el entusiasmo del poeta Reina por el estreno de El Abuelo, precisamente ocurrido un día antes, el 14 de Febrero. No podía faltar esta felicitación de Reina, en todo momento fervoroso y entusiasta «admirador» de Galdós. Las dos últimas cartas de Reina tienen un signo dramático. No están escritas por su puño y letra, sino por un amanuense; el poeta estaba ya ciego. La diabetes le había hecho garra. Una carta es del 14 de Abril y otra del 29, del año 1905, el año de la muerte de Reina. En la primera le dice: «Te agradeceré muy vivamente me concedas tu valiosísimo apoyo en la vacante ocurrida en la Real Academia Española por fallecimiento de don Federico Balart». Y en la segunda: «Te suplico me prestes tu valiosísimo apoyo para la primera vacante que ocurra en la Real Academia Española. Una de las plazas por cubrir en tal elevado Cuerpo será -como tú sabes- para don Valentín Gómez y a la otra aspira, según aseguran, el insigne Ramón y Cajal». Como se ve, Reina, en los postreros meses de su vida, deseó, intentó llegar a la inmortalidad académica; pero Balart y Cajal se lo impidieron. El tono dramático que tienen estas dos cartas les dan un mayor contenido. Están fechadas, en Puente Genil, el mismo año de la muerte del poeta. Nacido en 1881 (muere en 1947), GREGORIO MARTINEZ SIERRA es un autor teatral que en todas las Historias de la Literatura figura dentro del ciclo de Benavente. Participa, como él, de ese espiritualismo femenino que convierte a la mujer protagonista de muchas de sus obras. Todos los historiadores del teatro español (Guerrero Zamora, Ruiz Ramón) coinciden en destacar, en especial, su papel como director escénico que lo convierte en verdadero adelantado de la renovación teatral que hubo en España a partir de los años veinte. No en vano, el propio Lorca aprendió de él algunos de sus juegos escénicos. La correspondencia con Galdós está centrada entre los años 1903-1907. Los membretes de Helios y Renacimiento recuerdan el papel primordial que Martínez Sierra tuvo dentro del espíritu de los hombres del 98; ya que en estas dos revistas las firmas de Maeztu, de Azorín, del propio Ortega -el joven Ortega- resultan hoy antológicas y fundamentales. Conocedor del teatro de Ibsen y de Maeterlink, Martínez Sierra puede ser considerado como un auténtico vanguardista en estos años iniciales del siglo en que, además, fue fundador y director de Renacimiento y Helios, publicaciones periódicas sin cuyo conocimiento no se tiene una visión completa del movimiento modernista en España. La primera carta de Martínez Sierra está fechada el 23 de Junio de 1903. En ella le comunica que «nuestro amigo Mauricio López Roberts nos comunicó la agradabilísima noticia de que estaba usted dispuesto a autorizar la publicación en Helios de algunos de sus fragmentos de su comedia nueva, Mariucha». Galdós, una vez más, promete… lo que no cumpliría. En la misma carta, Martínez Sierra le hace ver la importancia que tiene el poder adelantar un texto aún inédito (la obra se estrenaría en Barcelona en Julio de 1903), y para una revista que comenzaba en aquellos momentos; esta publicación tenía un doble valor: «por tratarse de un trabajo que siendo de usted tiene tanta importancia; como es además Helios una revista que nace y que necesita a toda costa dar testimonio de formalidad, sería altamente perjudicial dejar de publicar un trabajo anunciado previamente». No hay ninguna carta posterior que ratifique el envío de Galdós, ni la publicación del fragmento deseado. Un año después, el 6 de Febrero de 1904, Martínez Sierra le vuelve a escribir a Galdós: «Muy admirado amigo: supongo que el señor Betancort habrá anunciado a usted una visita mía. Gran deseo tengo, en efecto, de verle; pero Acebal me ha dicho que está usted atareadísimo con los ensayos de «El Abuelo» y la preparación de un nuevo libro. Esto me obliga a renunciar a mi propósito porque no quiero molestar a usted robándole tiempo; pero tampoco quiero dejar de decirle mi agradecimiento por el interés que mi comedia haya alcanzado de usted: ella y yo hemos logrado en su juicio más benevolencia de la que merecemos, y yo me complazco en reconocer por ella y por mí esta deuda de gratitud». Betancort era (José Betancort) «Angel Guerra», íntimo amigo de Galdós. Acebal, periodista asturiano, fundador de Lectura en el año 1900, colaboraba en Helios con Martínez Sierra. «Atareadísimo» Galdós con «los ensayos de El Abuelo»; quiere decir que la visita anunciada debió estar fechada entre los meses de Diciembre de 1903 o Enero de 1904; el estreno de El Abuelo tiene lugar el 14 de Febrero de 1904. El nuevo libro del que se hace eco Martínez Sierra, seguramente era «La Revolución de Julio», obra que saldría a la luz después del mes de Marzo de 1904. Galdós, como tantas veces, había leído una de las primeras comedias de Martínez Sierra; y, al parecer, le había comunicado su opinión, como siempre benévola. Se trataba de «La muy amada», obra que Martínez Sierra deseaba le fuese recomendada a Tirso Escudero, empresario teatral muy amigo de Galdós. «Perdóneme esta impertinencia -añade Martínez Sierra-, dándole por disculpas mi desaliento y mi impaciencia de autor de comedias inédito, y reconózcame una vez más como su amigo y sincero admirador». Martínez Sierra, cosa lógica, estaba ansioso por estrenar su primera obra teatral; y buscaba el apoyo de Galdós para conseguir el estreno en el teatro que regentaba Tirso Escudero. Al igual que en 1862, cuando Galdós le había entregado uno de sus primeros manuscritos teatrales a Catalina, ahora resultaba ser el joven Martínez Sierra el que lo hacía con Galdós para que mediase en favor suyo a fin de conseguir el primer estreno teatral. El joven comediógrafo repetía, con un intervalo de más de cuarenta años, la misma página que vivió el joven dramaturgo Galdós, un dramaturgo que como Martínez Sierra, tampoco vio estrenada su primera comedia. En un pequeño billete de Continental Express, una de las tantas agencias de mensajes utilizadas en Madrid frecuentemente por los escritores y periodistas, le dice a Galdós Martínez Sierra: «Acabo de llegar de Paris y veo anunciado para esta noche el estreno de su obra en la Comedia. ¿Quiere usted enviarme una butaca, si aún le queda alguna?». Con toda seguridad, se trataba de «Amor y Ciencia», obra estrenada por Galdós en el teatro de la Comedia el 17 de Noviembre de 1905. Martínez Sierra, recién llegado de París, no quería desaprovechar la ocasión de poder contemplar un estreno de Galdós. Le interesaba mucho estar presente en el teatro; y por eso solicitaba con tanta urgencia esa «butaca» para poder asistir al estreno de la obra. Las dos últimas cartas que se conservan de Martínez Sierra son de fechas muy distintas, conforme es el contenido de cada una de ellas. En una, adornada con emblemas muy propios del ámbito modernista (un pavo real, un árbol, una fuente), el remitente de la carta le comunica a Galdós sus propósitos de escenificar El Amigo Manso y Un Voluntario Realista. Dentro de los primeros años del siglo, Galdós tuvo en más de una ocasión propósitos, algunos de los cuales se cumplieron, de llevar al teatro una buena parte de su producción novelística. Concretamente, Un Voluntario Realista, uno de los Episodios Nacionales, había sido ya objeto de estudio por parte de Femandez Shaw, un propósito que nunca se llegaría a concluir. Por lo que toca a la novela, El Amigo Manso, pudo haber sido sin duda un atrevido ensayo en el que Galdós se hubiese adelantado en escena a los ensayos pirandelianos de Miguel de Unamuno o de Jacinto Grau. La otra carta tiene el membrete de Renacimiento, editorial en la que Martínez Sierra realizó una notable tarea de editor. Por ella pasaron los nombres más representativos de la generación del 98 y del grupo modernista; según refiere José Ruiz Castillo, hijo del fundador, con Gregorio Martinez Sierra, de la biblioteca Renacimiento. En dicha carta, Martínez Sierra le comunica a Galdós que el director de una revista alemana le había encargado un estudio sobre la obra galdosiana. Solicitaba un retrato del novelista para enviarlo a la publicación alemana; con objeto de que ésta realzase más el trabajo realizado por Sierra. El corresponsal de Galdós fue no tan sólo dramaturgo y poeta, sino un editor, un gran editor que, especialmente gracias a la editorial Renacimiento, se puso en relación con los círculos editoriales de París, de Berlin y de Buenos Aires y de América en general. En alguna ocasión, como refiere Ruiz Castillo en su libro mencionado, Martínez Sierra y su socio Castillo hacían viajes a París y a Berlín para ampliar su negocio y para canalizar mejor sus ventas comerciales. Fue, como se ve, Martínez Sierra un eficaz corresponsal de Galdós. No se redujo tan solo a solicitar alguna butaca o a pedir su mediación para el estreno de una comedia que nunca se estrenó. El joven autor teatral, primero poeta y simultáneamente editor, no sólo correspondió con Galdós en el propósito de escenificar algunas de sus novelas, sino que además se enfrentó con un primer estudio del escritor para que se publicase este breve ensayo en una revista literaria alemana. Un ejemplo más de los muchos que se podían aducir de fervor galdosiano. De amistad bien sentida con Galdós, reforzada además por el galdosianismo de su esposa, maestra, traductora del inglés y del francés, y colaboradora valiosa del comediógrafo y del editor. EDUARDO MARQUINA (1879-1946) poeta, dramaturgo y periodista, sobre todo en los primeros años de su carrera literaria, tuvo en Galdós un valioso tutelador. La correspondencia cruzada con Galdós abarca los años 1902-1903, que corresponde con la faceta de la vida literaria de Marquina en la que, además de empezar a publicar sus primeros versos y alguna de sus primeras obras teatrales, colaboraba en distintas publicaciones periódicas, como España Nueva. En ella, Marquina se dio a conocer especialmente por sus entrevistas, muy leídas, y luego por sus crónicas enviadas desde París. En 1902, Marquina estrena El Pastor, una pieza dramática de carácter poético no muy afortunada, a la que la crítica trató no con demasiada benevolencia y sí con bastante rigor. Por esta razón, Marquina se siente desanimado. Esta es la razón de la primera carta que escribe a Galdós el 5 de Marzo de este año del estreno: «Mi buen amigo: Aquí me tiene usted casi desde el día siguiente de mi estreno, procurando digerir los pocos halagüeños juicios (digámoslo así) de esa prensa, y sin olvidar, afortunadamente, las cariñosas bondades de usted para conmigo que me alientan a trabajar de nuevo». La carta está fechada en Barcelona, y Galdós, seguramente, o había asistido al estreno , o había ya leído la obra. Por esta razón, Marquina se siente un tanto confortado por los alientos que recibe del novelista. En la misma carta le comunica que un redactor francés, Charles Maurice, le pedía que consiguiese de distintos escritores ya consagrados (Perez Galdós, Echegaray, Menéndez Pelayo, Valera) la respuesta a una pregunta formulada por un periódico francés sobre si era conveniente o no abolir la pena de muerte. Marquina justifica la razones por las que Galdós debe de responder a este cuestionario; a pesar de que la respuesta de Galdós, bastante amplia, no resulta satisfactoria a los deseos de Marquina. Deseos que se completaban con una petición, con una petición más, para que Galdós escribiera «unas pocas líneas» para el prólogo de El Pastor, obra que Marquina quería imprimir y en la que quería en cierta manera contestar a la crítica dura que había recibido con motivo de su estreno. La respuesta de Galdós, como ya se ha dicho, fue negativa. Vale la pena entresacar algunos párrafos de esta carta, escrita con gran premura, con gran nerviosismo, reflejo del estado en que Galdós se encontraba: estaba escribiendo, terminando Alma y Vida, obra teatral, de la que Marquina se ocupará pocos meses después. «Mi cabeza, después de quince días de penoso ensayo y de trabajo rudo, sin abandonar otros trabajos, está en tan horrible confusión y desconcierto que buscar en ella una idea es como buscar una aguja en un pajar. Hállome en situación de completa ineptitud cercana a la idiotez. No me pida usted lo que no podría darle ni aún con las más rudas presiones sobre el entendimiento. Ni para nada necesita usted tal prólogo. Ya está usted pensando en otra obra; ya la tendrá usted en el telar, que de otro modo desmentiría su temperamento impetuoso, su convicción interna y la noble ambición de llegar a la cima. Olvide las pasadas amarguras y confíe en ser mejor comprendido y apreciado en otra tentativa, cuando usted a sus ricas dotes naturales, añada el fruto de la experiencia. Animo y a trabajar». Galdós, como le había ocurrido con tantos otros corresponsales, no se encuentra con tiempo de escribir ningún prólogo. Y mucho menos en las circunstancias en que en aquellos días se encontraba. Con gran premura, estaba terminando una obra teatral, salpicada de ensayos, de rectificaciones, de enfrentamientos con los actores, de dificultades sin número. Las razones que aduce son bastantes convincentes y prueba una vez más ese estado de efervescencia, de apasionamiento con que Galdós vivía los últimos momentos no ya del estreno sino de la preparación y ultimación de la obra para estrenarla. (…)

 

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